septiembre 21, 2021

Volver con la frente marchita… ¡que cincuenta años no es nada!

Volver con la frente marchita… ¡que cincuenta años no es nada!

 

Bolivar Hernandez*
Parafraseando el viejo tango de Carlos Gardel, Volver, cuya letra dice así: Volver con la frente marchita. Las nieves del tiempo platearon mi sien. Sentir. Que es un soplo la vida. Que veinte años no es nada. Que febril la mirada…
Este viaje mío a la bella Ciudad de México tiene un efecto de gran nostalgia por una urbe que me acogió con alegría y con penurias estudiantiles. He caminado por los barrios antiguos de mi juventud, y suspiro por los tiempos pasados.
He contado en repetidas ocasiones mi viaje de Juventud, a los 20 años, a la Ciudad de México, en 1964. Lleno de ilusiones por conquistar el mundo desconocido que me recibía con esperanzas y sorpresas.
En esta ocasión la bella señora poblana me solicitó conocer el Museo de Antropología en el bosque de Chapultepec. Accedí a llevarla a conocer este magnifico museo, después de muchos años de no pararme por ahí.
Llegamos hasta la puerta del recinto en un elegante Metrobús de dos pisos como aquellos buses londinenses. Ella arriba y yo abajo, porque es una novedad para ella la vista desde arriba.
Al aproximarnos a la entrada
Cientos de turistas regordetes con sus cámaras fotográficas al hombro, hacían una larga fila. Nos formamos disciplinados en esa hilera mientras unas mujeres policías nos revisaban el cuerpo con un detector de metales, y otras nos lo rociaban con algún desinfectante, y luego nos hicieron pasar debajo de un arco detector de metales, otra vez.
Yo procuro decirles que tengo un marcapaso en el pecho y por ello no paso debajo de ninguno de estos aparatos.
Dentro del enorme vestíbulo otras largas filas de turistas extranjeros para comprar los boletos de ingreso. Un policía me pregunta: ¿Ustedes son mexicanos?
Sí, respondí muy orondo.
Agregó el policía: Entonces ustedes no pagan porque son adultos mayores; solo digan en la puerta que la dama tiene 60 años. Aunque la bella dama poblana tiene escasos 50.
No hicimos ninguna fila y no pagamos nada.
Quise fotografiarme bajo el gigantesco paraguas sin mascarilla, y de pronto la policía no me lo permitió.
Las salas del museo tienen pocos cambios museográficos, según recuerdo mis años de trabajador y estudiante en ese museo, que los cambios son mínimos. En fin, pienso que hay necesidad de renovar muchos cosas en todo el museo.
Como el recorrido del Museo de Antropología es extenso, decidí visitar pocas salas: La Mexica, La Maya, La Tolteca y La Zapoteca.
Nos entretuvimos más en la sala Mexica, la principal del museo. Ahí está la piedra del sol, más conocida como el calendario azteca. Y diversas obras escultóricas de gran belleza.
También la sala Mexica alberga unas piezas hermosas que fueron robadas durante una navidad, y que yo identifico plenamente porque yo trabajaba en el INAH, en aquel fatídico año.
Después de un agotador recorrido por cuatro salas
Fuimos al restaurante del museo, para indagar algo sobre el menú. Nos lo mostraron con un lector de códigos QR. Que no puedo entender. Un mesero de ahí sacó su teléfono celular y nos hizo el favor de leer ese código y mostrarnos el menú.
Era un menú de desayunos, nada sofisticado, pero eso sí muy caros todos los platillos. Por ejemplo, un par de huevos revueltos costaban 120 pesos, aparte el jugo y el café. Dice la bella señora poblana que con el precio de esos huevos revueltos, ella compraría 4 kilos de huevos en Puebla.
Salimos huyendo de ahí, despavoridos.
En este museo estuvo la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la famosa ENAH. Que inició labores académicas en el año de 1964. El mismo año de la inauguración de este recinto. Tenía 20 años y muchas ganas de ser un antropólogo famoso.
Trabajé como ayudante de investigación en la sección de etnografía del propio museo, y ahí estudiaba y trabajaba, así que mi vida transcurrió ahí durante cinco felices años.
Mi renta mensual de la casa de huéspedes era de 500 pesos
Y mi sueldo mensual en el museo era de 575 pesos. Tenía entonces un pequeño remanente económico para comprar ropa, zapatos, libros, y alguna ida al cine.
Salgo a la explanada del museo y me tomo unas fotografías. Luego voy hacia Tláloc, el dios de la lluvia, y también me fotografío ahí.
Durante muchos años estuvo en la explanada de este lugar, un fotógrafo profesional trabajando con una cámara Polaroid, que sacaba fotos al instante. Nunca supe su nombre.
Muchas fotos mías las tomó ese señor con su Polaroid, mis compañeros deben recordarlo, porque padecía vitiligo, su piel era bicolor.
Salgo de mi vieja escuela de antropología, porque ahora la ENAH esta en el profundo sur de la Ciudad de México, en el sitio arqueológico de Cuicuilco, y nos dirigimos al lago de Chapultepec en la primera sección, a caminar y disfrutar del día soleado.
Le comento a la bella señora de Puebla, al ver el lago y las lanchas de remos con jóvenes estudiantes muertos de la risa gozando que se fueron de pinta, porque se escaparon de las clases:
Que yo nunca maté clases, para disfrutar del lago y las lanchas.
Caminamos por la calzada del bosque de Chapultepec
Observamos cientos de vendedores ambulantes, y hoy ocurre lo mismo como cuando yo era estudiante en la ENAH. Vendedores pobres vendiendo chucherías o otros pobres.
Antes todo costaba cinco pesos, ahora todo a diez pesos: tortas, vasos de frutas, chicharrones, jugosos, frituras, golosinas, llaveros, recuerdos típicos, tatuajes con henna, etcétera, etcétera .
Cada domingo, el bosque de Chapultepec recibía un millón de visitantes que arribaban en el metro o en peseros.
Quisimos tomar nuevamente el Metrobús de dos pisos, para volver al Centro Histórico y ya no se pudo, porque había una marcha de protesta y un bloqueo que impedían el paso por avenida Reforma.
No hubo más remedio que intentar abordar el metro en la estación Sevilla para llegar a la estación de Isabel la Católica.
El andén atiborrado de pasajeros y los vagones igualmente. Nosotros evitando las multitudes y no pudimos lograrlo. Es imposible en esta urbe tan populosamente poblada.
Esta es la crónica de un viaje al pasado, cincuenta años después, en la cual mucho ha cambiado la Ciudad, y yo también.
¡Hasta pronto chilangos que soportan todo y siguen aquí! Los admiro por valientes.
*La Vaca Filósofa
Foto: paula_mondragon

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

Related posts