abril 17, 2021

Tras un #DivorcioNecesario, terminé como #inquilino del #hotel Waldorf-Astoria, no de #NuevaYork, sino en la #CDMX

Tras un #DivorcioNecesario, terminé como #inquilino del #hotel Waldorf-Astoria, no de #NuevaYork, sino en la #CDMX

Después de un divorcio necesario me quedé de la noche a la mañana sin hogar, y por eso  tuve que ir a refugiarme a un hotel. Quedaba atrás una corta historia fallida, ya que me era muy  difícil convivir con una mujer enferma de celos. Era ella una especie de “Dóberman”, un sabueso que olfateaba toda mi ropa en busca de aromas u olores de leña de otro hogar, o bien con lupa buscaba ansiosamente en mis camisas o sacos,  rastros de cabellos femeninos, rubios, negros o pelirrojos.

 

Lo que imaginé como un refugio temporal, de corto plazo, se convirtió en mi hogar durante largos siete años. Nunca planeé vivir en un hotel como si lo han hecho grandes escritores gringos o europeos. Ellos son la visión romántica de tener una habitación fija en un hotel.

 

Y como lo he dicho en anteriores historias personales, siempre vivo de manera provisional y para ello basta una maleta con algunos enseres, trapos y zapatos. Voy y vengo por el mundo con una sola valija, nada me ata y mucho menos los bienes materiales. De los libros prescindí después de la pérdida de dos grandes  bibliotecas a manos de mis exesposas.

Voy muy ligero por la vida. Así me agrada hacerlo. Siempre dispuesto para partir de inmediato. Tengo el síndrome del exilio en mis espaldas.

 

El hotel donde viví tantos años en la Ciudad de México

Era de cuatro pisos, un piso, el primero, para eventuales turistas de paso, y los otros tres pisos para residentes permanentes como yo.

 

El servicio era de hotel, había varias camareras que aseaban las habitaciones y cambiaban regularmente las sábanas y las toallas. El lavado de la ropa se hacía en una sala especial con lavadoras que funcionaban con monedas por cierto tiempo.

 

No había restaurante pero si una cocina integral donde los huéspedes cocinaban por turnos, y ahí almacenaban sus víveres y otros insumos de cocina en los refrigeradores. Como la mayoría de los huéspedes eran estudiantes, jóvenes hambrientos, pues los víveres desaparecían de la cocina por arte de magia.

 

El hotel contaba con un gimnasio con aparatos en mal estado y con espejos rotos para desalentar a los vanidosos. Sin embargo, yo todos los días hacia un poco de ejercicio con pesas para mujeres, de poco peso. Y el verdadero ejercicio lo realizaba con una bicicleta llamada “Soledad “, y con ella efectuaba un recorrido por toda la Ciudad de México de aproximadamente 10 kilómetros.

Todos los días sobre la bicicleta con frío, lluvia o mucho sol, yo en las calles del centro histórico rodando, muy feliz.

 

En ese hotel había un elevador casi siempre descompuesto, y era obligatorio usar las escaleras, muchos escalones hasta el cuarto piso. Él drama era cuando sonaba la alarma sísmica, y había que desalojar con prontitud el hotel. Yo permanecía en mi habitación y solo escuchaba el tropel de todos bajando atropelladamente por las escaleras.

 

En el hotel el 99 por ciento eran jóvenes estudiantes y yo el único adulto mayor, yo era muy respetado por todos ellos, pero ellos eran los mismos que sustraían mis víveres de la cocina.

 

En el lugar, habitaba una fauna urbana muy peculiar:

Artistas callejeros, travestís, varias parejas homosexuales, matrimonios con niños pequeños, prostitutas de mala muerte, comerciantes, gerentes de empresas, etcétera.

 

En el lobby del hotel había una gran televisión encendida de día y de noche, y los huéspedes peleaban por ver sus programas favoritas, y eran muy fuertes las alegatas por la TV.  Yo dejé voluntariamente de  ver televisión hace ya casi 20 años, por salud mental, y no me arrepiento por eso…

 

En ese hotel cobraban mucho por la renta de las habitaciones a los huéspedes permanentes, y eran muy abusivos los incrementos a las rentas cada seis meses. No lo ameritaba por la mala calidad del servicio en general.

Yo encabecé varios motines e insurrecciones de protesta en la defensa de nuestros derechos como inquilinos ahí.

 

Este hotel obviamente no es el Waldorf-Astoria de Nueva York, sino el hotel Señorial, ubicado en el centro histórico de la Ciudad de México, en un sector de la Ciudad considerado como zona roja, no por sus prostitutas sino por lo peligroso que es por sus rateros y maleantes al por mayor que merodean la zona.

-¿Fui feliz ahí? … ¡Sí!

*La Vaca Filósofa

Imagen: pinterest.es

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