septiembre 20, 2021

Su miedo era perder masa muscular, pero perdía la vida en el intento de ser eternamente joven y guapo

Su miedo era perder masa muscular, pero perdía la vida en el intento de ser eternamente joven y guapo

 

Bolivar Hernandez*

Como he contado innumerables veces fui un vecino conocido del barrio bohemio de la Condesa, por muchos años. Y siempre he recorrido el barrio en bicicleta, por más de treinta años. Normalmente ruedo solo, y ocasionalmente lo hago con uno o varios amigos ciclistas.

 

Uno de los amigos con quien solía hacer grandes recorridos en bicicleta por toda la Ciudad dé México, fue con Juan Ignacio, un deportista que cuidaba mucho su cuerpo y tenía temor enorme por envejecer.

 

Él era un hombre delgado, muy alto, un metro y ochenta centímetros de altura. Además, era un asiduo asistente al gym más caro de la Condesa. Ése que estaba en Ámsterdam, donde se ejercitaban los actores y actrices de Televisa y Azteca TV.

De Juan Ignacio, me llamaba la atención su alimentación porque era excesivo su consumo de leche de vaca, bebía varios litros al día; pese a que yo le argumentaba que la leche era para los becerros o para los bebés, pero no para personas adultas.

Yo, por la intolerancia a la lactosa, nunca tomé leche.

 

Me parecía que Juan Ignacio se obsesionaba demasiado por mantener el cuerpo atlético y musculoso, por eso tantas horas invertidas en el gimnasio y las horas dedicadas al ciclismo conmigo, a veces.

 

Nunca se casó

Pero tuvo varias amantes, ya que era un hombre muy guapo. Las mujeres lo buscaban mucho. Y él, ¡se dejaba querer!

Con la condición de no hacer vida bajo un mismo techo, él discurrió que lo mejor era cada quien en su casa y todos felices.

 

Mi amigo era un poeta reconocido, fue Premio Nacional de Poesía 2002. Su rasgo obsesivo lo llevó a practicar la crítica dura hacia los jóvenes poetas que no sabían hacer versos del tipo endecasílabo.

Ese que es un verso de once sílabas, de origen italiano, que se adoptó en la poesía lírica española durante el primer tercio del siglo XVI, durante él Renacimiento.

 

Juan Ignacio se mofaba de los grandes poetas mexicanos; inclusive del premio Nobel Octavio Paz. Solo respetaba a Amado Nervo.

 

Él tenía varios libros de poesía publicados. Y costeados con sus propios recursos económicos. Libros que regalaba a sus amigos, pero no se vendían porque la poesía no vende, le decían los libreros del barrio. Él se conformaba con su salario de burócrata en una oficina de gobierno.

 

Un día, desayunando en el rico restaurante La Garufa

En la Condesa, por supuesto, mi amigo poeta me interrogó acerca de mis secretos para estar bien físicamente. A pesar de mi avanzada edad, según él, pues él era quince años menor que yo.

-Le hablé abundantemente del ayuno intermitente de 16 horas, y de los alimentos nutritivos para un hombre adulto.

-Y me dijo: Me es imposible seguir tu modelo, porque necesito comer a cada rato por mi metabolismo especial.

-Y le cambié el tema objeto de sus obsesiones, el cuerpo. Lo interrogué sobre su trabajo creativo en la poesía, sus musas, sus hábitos de escritura, sus horarios para darle rienda suelta a su poesía. Ya que era un extraordinario versificador a la antigua.

-Mira Boli, me dijo muy fastidiado por mi interrogatorio, te diré lo siguiente:

A mi sí me importa la poesía y la literatura, inclusive quiero escribir una novela de amor. Pero la mera verdad me interesa sobremanera el cuidado de mi cuerpo; no quiero envejecer, eso me atormenta y me causa insomnio.

Boli sufro mucho ahora, porque estoy perdiendo masa muscular. ¿Qué hago, queridísimo amigo?, ése es un grave problema.

Su miedo era perder masa muscular, y no el perder la vida en el intento de ser eternamente joven y guapo.

*La Vaca Filósofa

Fotos: Ryan McGuire/AberroCreative 

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