septiembre 21, 2021

Soy un hombre dividido en mis afectos, soy binacional; tengo patria y matria

Soy un hombre dividido en mis afectos, soy binacional; tengo patria y matria

 

Bolivar Hernandez*

Llegamos mi familia y yo exiliados a México en 1954, después del golpe de estado propiciado por los Estados Unidos en contra de Jacobo Arbenz Guzmán.  Era el segundo presidente liberal después de una larga dictadura en Guatemala.

 

Era un niño de 10 años con mi primer exilio al extranjero por razones políticas, ya que éramos “comunistas”, y tuve que ser arrancado violentamente de mi país sin ninguna posibilidad de despedirme de nadie y tampoco de llevar nada de equipaje, salvo lo que traía puesto.

Por muchos años el viajar me producía terror y malestares físicos. Era por el recuerdo infantil de salir huyendo para salvar nuestras vidas.

 

Ya en México, país de acogida por la nacionalidad de nuestra madre, nos ubicamos en la colonia de clase media baja, la colonia de los Doctores, en una privada de 10 casitas de interés social. Con un patio central y cinco departamentos a cada lado.

 

Nuestra casa de unos 60 metros cuadrados, tenía dos recamaras, baño chico, cocina chica y sala comedor chicos.

 

Mi  padre como exiliado

Fue de inmediato contratado por el gobierno mexicano en el área de salud. Él había estudiado Medicina en su juventud; solo que las plazas disponibles se ubicaban en lejanas ciudades pequeñas del interior, de la provincia. Así fue a parar a Sinaloa y Sonora y no lo volvimos a ver por mucho tiempo.

 

La familia era mi madre, yo el hijo mayor (10 años), y mis cuatro hermanitos, y la más chica tenia dos años.

Por muchos años fui cabeza de familia, el hombre de la casa. Compañero fiel de mi abnegada madre.

 

En México tuvimos el apoyo moral y económico de mi abuela materna y de mi tía materna, la única hermana de mi madre, la menor.

 

Mi madre de inmediato buscó la manera de mantener una familia numerosa. Se pudo conseguir una beca en una academia de belleza, y aprendió a teñir cabellos, y hacer permanentes.

El olor de esos químicos lo sigo teniendo en la punta de la nariz. También arreglaba uñas, manicure y pedicura eran muy demandados por sus clientas. Además, zurcía medias de nylon.

 

Me desesperaba observar las penurias económicas de mi casa

Y no podía encontrar un oficio de ayudante de lo que fuera para ayudar a mi madre. En la privada donde vivíamos, había una familia que fabricaba unos porta documentos de plástico tamaños carta y licencia; y me ofrecí ir a venderlos a La Merced.

La central de abastos más grande de la ciudad, donde acudían cientos de transportistas de frutas y verduras, y a ellos les vendía esos porta documentos y me ganaba unos cuantos pesos para la casa.

 

En algún momento dispusimos de los desayunos escolares gratuitos.

Contenían un sándwich de mantequilla de cacahuate, un plátano, y una cajita con leche.

 

Después de la escuela

Por la tarde, mi madre me mandaba a comprar el pan acompañado de mis hermanitos; en esos tiempos uno entraba a la panadería y tomaba una bandeja de metal y unas pinzas, y uno se servía solo.

Por instrucciones mías, mis hermanitos se comían a escondidas del dueño, todos los panes dulces que pudieran. Y yo llevaba al mostrador la charola con unos cuantos bolillos, el pan más barato, que degustábamos en familia.

 

El colmo era que a la hora de cenar, mis hermanitos suplicaban, a su hermano mayor, el préstamo de un pan de él. Yo me sacrificaba y donaba mis dos panes asignados por mi madre.

 

Llegó la navidad y el día de Reyes…

Que para los mexicanos era la fecha más importante para sus hijos. Y para nosotros no había juguetes, por las ideas políticas de mi padre, ateo y comunista. Y recibíamos, a cambio, ropa y zapatos nuevos.

Yo, un niño de 10 años, salía en la noche previa al 6 de enero, a ver los miles de juguetes que vendían en la avenida del Niño Perdido, hoy el eje central Lázaro Cárdenas, y observar a los Reyes Magos, acarreando muchos obsequios para sus hijitos.

 

Me amanecía en las calles del centro histórico viendo la locura por los juguetes y los pobres padres, esperando que los comerciantes bajaran los precios y pudieran vender todo el inventario en oferta .

 

El 6 de enero, todos los niños de mi barrio traían juguetes nuevos, y los disfrutaban muchísimo.

Aprendimos a tolerar la frustración de no poder tener algún juguete, uno siquiera.

 

El niño chico que yo era entonces, aprendió rápidamente a no pedir nada al padre, y menos a mi madre.

Un par de años después aparece mi padre, y nos dice fui indultado y ya puedo volver a Guatemala. ¡Nos vamos ya!

 

Otra vez arrancado

De nuevo sin despedirme de nadie, sin poder llevar casi nada de mis pertenencias, libros, etcétera.

Yo quise negociar con mi padre el permanecer en México con mi abuela materna, y su respuesta directa fue: ¡NOOOOO!

 

Volví a Guatemala casi de 13 años. Y me prometí volver a México algún día y ser libre.

Cuando cumplí 20 años partí a mi destino, dejando atrás un mundo, el de mi infancia. Hice mi vida de joven y adulto en México, país  al que le debo tanto.

 

Soy un hombre dividido en mis afectos, soy binacional; ¡tengo patria y matria!

Foto: marcoreyes /Jill Wellington

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