octubre 19, 2021

Sobre una Tercera Guerra Fría

Sobre una Tercera Guerra Fría

Serguéi A. Karaganov*

En los últimos seis meses, finalmente, la mayoría de los comentaristas dejó de afirmar que la relación entre Rusia y Estados Unidos se encuentra “en el peor momento desde el fin de la Guerra fría” y comenzó a reconocer lo que es obvio: se está desarrollando una nueva Guerra fría. La situación actual recuerda cada vez más a la década de 1950, naturalmente, con los ajustes necesarios correspondientes a la nueva coyuntura internacional. Personalmente, como he dicho antes, creo que Rusia puede salir vencedora del actual agravamiento.

Para ello basta hacer la elección correcta de su política interior y exterior y, lo más importante, evitar envolverse en una gran guerra, que podría transformarse en un Armagedón termonuclear mundial y en ciberespacio.

Hasta el momento estamos en una posición victoriosa en la nueva ronda de la Guerra fría, pero podemos perderla nuevamente. Es cierto, a lo largo de la Historia, muchas veces, Rusia “arrancó una derrota de las manos de la victoria”.

Las dos primeras rondas

Millones de páginas se han escrito sobre la historia y la teoría de la Guerra fría. Pues aquí les va una interpretación más. La “guerra fría” constituye uno de los tipos de competencia internacional por recursos (territorio, población y potencial económico per se) que ha acompañado a la humanidad a lo largo de su trayectoria. Y esa rivalidad continuará, a menos que la naturaleza humana cambie, mental o físicamente. Esa lucha, causada principalmente por razones geoeconómicas y geopolíticas, siempre tuvo un componente ideológico pronunciado que, frecuentemente, sale a la luz.

El inicio de los que hoy llamamos Guerra fría se remonta, esencialmente, a la Revolución de octubre de 1917. En aquella época, los elementos geoeconómicos y geopolíticos eran mucho más fuertes que nunca y se combinaban con la ideología comunista, que rechazaba totalmente la propiedad privada. El ejemplo de la Rusia Soviética -la URSS- mostró a los detentores del poder de todo el mundo que los activos económicos, como tierras, fábricas o finanzas, se podían confiscar de sus propietarios, lo que era visto como una gran amenaza.

La ideología comunista, con su énfasis en la justicia, en la igualdad de las personas, en especial los géneros, y la libertad de las naciones, era muy atractiva. Occidente trató de ahogar a la Rusia comunista durante la guerra civil (1917-1922) y se negó a reconocerla después de ella. La situación cambió ligeramente debido a la Gran depresión, cuando la técnica y los especialistas llegaron a la Unión Soviética. Pero los intentos de estrangular al país prosiguieron. El capital monopolista alemán, como se le llamaba comúnmente, apoyó a Adolf Hitler contra los comunistas alemanes. Entonces, la élite gobernante de Occidente, persistentemente, empujó contra la URSS. Había un componente ideológico sincero en esa lucha: los comunistas negaban no sólo la propiedad privada, sino también algunos de los principios humanos elementales, en especial la fe, la familia y la historia.

Esa guerra fría terminó cuando llegó la Segunda guerra mundial (1939-1945), aunque no haya sido esa la causa principal. La guerra mundial se desencadenó inicialmente en Occidente por una Alemania humillada y espoliada con su ideología monstruosa. La guerra se libró por recursos, aunque disfrazada de consignas ideológicas -la lucha contra el comunismo, democracias podridas y así sucesivamente. Sin embargo, la primera Guerra fría fue principalmente ideológica, después geoeconómica y, finalmente, geopolítica.

La segunda Guerra fría, más familiar para nosotros, fue también, sin duda, librada por el dominio de los recursos, aunque en menor grado por parte de la URSS. Buscamos garantizar la seguridad y también había vestigios del internacionalismo comunista en forma de apoyo a los movimientos de liberación nacional, en lugar de la revolución socialista mundial. La unión Soviética luchó la Guerra fría más por razones geoestratégicas y menos por razones ideológicas. Occidente justificó la competencia con la necesidad de combatir el “comunismo sin Dios” y proteger la democracia, pero las principales fuerzas motrices fueron geoeconómicas y geopolíticas, es decir, preservar una zona cada vez menor de dominio y el dominio de los recursos. Los motivos geoestratégicos, con el inicio de la carrera armamentista -el deseo de evitar un Armagedón nuclear-, gradualmente comenzaron a prevalecer en los dos lados.

El final de los años 1940 y la década de 1950 son, en general, considerados el clímax de la Guerra fría. La intensidad de la propaganda hostil, de hecho, semejante a una guerra, de la cacería de brujas en aquellos días son semejantes a lo que vemos hoy. Ese enfrentamiento feroz, con toda seguridad, habría conducido a la Tercera guerra mundial, si el Todo Poderoso, por pena de la humanidad, no le hubiese dado armas nucleares, por intermedio del trabajo de Sajarov, Kurchatov, Oppenheimer, Fermi y sus colegas, lo que hizo impensable, teóricamente, una guerra, que podía llevar a la destrucción de todo.

Como sabemos, la Unión Soviética, perdió la segunda ronda de la Guerra fría. En la década de 1960, el liderato comunista se mostró incapaz de abandonar el sistema económico socialista (no mercantil), que resultaba cada vez más ineficiente (el plan de reforma de (el primer ministro Alexéi) Kosygin fue rechazado). Obcecados en la seguridad y por los resquicios de la ideología comunista, que comenzaba a marchitarse, perdimos nuestro “momento Deng Xiaoping”. Esta fue, en gran medida, la principal razón por la que la ideología comunista, que sostenía al Estado soviético, comenzó a perder fuerza rápidamente en la sociedad, pues no era capaz de atender las necesidades elementales de las personas. Por si fuera poco, la URSS invirtió en defensa más allá de cualquier medida razonable.

La situación se agravó por la disputa con China, la que, a finales de los años sesentas, puso a la Unión Soviética en una situación que necesitaba movilizar recursos para estar lista para luchar en dos frentes, militarizando todavía más su economía.

Subsidiar la expansión fundamentada en ideología del Tercer mundo y sostener el campo socialista exigía cada vez más dinero. Los aliados eran costosos, pero, principalmente, no confiables. La generosa ideología del internacionalismo comunista creo una situación en la que Rusia (dentro de sus fronteras actuales) fue forzada a inyectar enormes recursos a las otras repúblicas soviéticas (como es sabido, en términos per cápita, Ucrania y Georgia recibieron la mayor parte del total).

Nadie nunca fue capaz -y tal vez nunca lo sea- de calcular cuánto exactamente la URSS (Rusia) pagó para mantener su colosal maquinaria militar y subsidiar a las repúblicas soviéticas, a los países socialistas y a los estados de orientación social del Tercer mundo-aproximadamente, cerca del 35-40 por ciento del PIB, es decir, seis o siete veces más que el costo actual de la defensa y de la política exterior.

La costosa invasión de Afganistán, que costó miles de vidas soviéticas, acabó con el país. Cuando estudié sus causas, llegué a la conclusión de que no había motivos económicos entre ellos, sino una obsesión por la seguridad, una sensación de acorralamiento y de amenazas por todas partes -y todo eso en el auge del poderío militar soviético. Los factores ideológicos desempeñaron un papel insignificante de “disfraz”.

Como resultado del derrumbe de la URSS y del campo socialista y de la transición de China a una economía de mercado, Occidente recibió enormes recursos nuevos -mercados y centenas de millones de trabajadores de bajo costo -y restauró su dominio en las esferas política, económica y cultural mundiales. Ahora bien, Occidente, que había desviado el PIB mundial durante cuatro o cinco siglos, por medio del robo colonial directo, podría hacerlo de una forma más refinada.

El dominio obtenido por Europa y por Occidente hace cerca de cinco siglos dependía, principalmente, de la superioridad militar, y se equilibró cuando la Rusia soviética salió del sistema. Pero comenzó a naufragar de verdad en las décadas de 1950 y 1960, cuando la Unión Soviética y China crearon sus propias armas nucleares, con lo que privaron a la supremacía occidental de su principal soporte, el poder militar. Occidente comenzó a perder -primero en la guerra de Vietnam y, en seguida, cuando enfrentó el embargo petrolero impuesto por los árabes disgustados.

En la década de 1990 Occidente parecía haber recuperado su dominio, cuando una Rusia debilitada internamente había perdido la capacidad de contraponerse a él con eficacia. Occidente, entonces, imaginó una victoria ideológica, principalmente en los valores liberales -derechos humanos, Estado de derecho, democracia (interpretada de forma bastante modesta en aquella época). Ellos parecían particularmente atractivos, debido a una comodidad y tren de vida mucho mejores en Occidente, en comparación con los bajos patrones de vida del socialismo real.

El segmento militar y de seguridad de la élite estadounidense alegaban que los soviéticos se habían rendido, debido a la amenaza de una nueva carrera armamentista. Pero sabemos que no fue así. En la época de la “falsa” amenaza de la Guerra de las estrellas (el programa Iniciativa de Defensa Estratégica del presidente Ronald Reagan), la URSS ya estaba derrotada de hecho, a causa de la erosión de la idea comunista subyacente a su economía ineficaz, exacerbada por la expansión imperial. Si no fuese por esta última, la URSS habría durado más y el fin, tal vez, no hubiese sido tan doloroso.

En el pánico de la derrota (la URSS) y en la euforia de la victoria aparente final (Occidente), los dos lados comenzaron a cometer errores estratégicos.

La URSS, y luego Rusia, perjudicada intelectualmente por muchas décadas de unanimidad comunista, procedió con una liberalización política suicida, antes y simultáneamente con las reformas de mercado, que pueden ser eficaces tan sólo en regímenes autoritarios, como ocurrió básicamente en casi todos los casos, durante la modernización y el desarrollo activo del capitalismo. La excepción relativa son Estados Unidos: a pesar de toda semejanza externa con Europa, Estados Unidos son una civilización única, nacida como una república, que nunca fue seriamente amenazada por nadie.

Otro error que resultó del mismo pensamiento de túnel intelectual de décadas fue la creencia generalizada de que “Occidente nos ayudará”. Ahora está claro que no.

La segunda Guerra fría fue, sin embargo, geoestratégica principalmente, después geopolítica y geoeconómica, por parte de Occidente. El cuarto factor fue ideológico, muchas veces usado para encubrir y justificar los tres primeros. Su papel fue mayor en las décadas de 1940-1950, mero, en la década de 1960, comenzó a notarse en segundo plano, para convertirse en un instrumento (derechos humanos) más que una fuerza motriz. Incluso, la mayoría de los analistas cree que la ideología fue el principal motivador. No estoy de acuerdo.

Luego del fin de la segunda ronda de la Guerra fría, Rusia fue puesta de lado y sometida a un trato injusto, pero no abiertamente hostil. Fue considerada irremediablemente débil, y algunos llegaron a pensar que podría integrarse a las condiciones occidentales, como el camino para obtener el dominio de sus recursos más importantes -petróleo y gas natural. Pero esas esperanzas se desbarataron, luego del escándalo Yukos. Algunos observadores argumentan que la Guerra fría nunca acabó. Pero, a mi parecer, la política de la década de 1990 y de mediados de los 2000 no se puede llamar una Guerra fría completa.

Desde mediados de la década de 1990, preso por la euforia de la victoria aparentemente final, Occidente comenzó a cometer errores. En Europa la mayoría de los países (excepto los del Noroeste) abandonó las reformas económicas excesivamente maduras y provocó el alargamiento impensado de la Unión Europea y la introducción del euro sin un liderato político único, al mismo tiempo que perseguía una política exterior unificada, con lo que amarraba así las manos de las grandes potencias europeas. Esto abrió el camino a la actual crisis desesperada de la UE.

Los estadounidenses, llevados por la victoria temporal, creían en la idea obviamente absurda de que, al iniciar las reformas capitalistas, China, una civilización inmensa y profundamente enraizada, renacería de una forma “democrática” (es decir, debilitada) y que acabaría por seguir el curso occidental.

Sólo a finales de la década de 2000, Estados Unidos comenzó a percibir su error, cuando ya habían ayudado a China a ganar poder económico e impulso de desarrollo.

En la década de 1990, Occidente cometió otro error de cálculo estratégico casi comparable en significado histórico. La mayor parte de la élite y de la sociedad rusa buscaba la integración a Occidente. Pero, nuevamente, en la euforia y en el olvido de la Historia, ese impulso fue rechazado. En lugar de esto, comenzó la expansión de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), seguida por agresiones contra Yugoslavia e Irak y, finalmente, por la retirada del Tratado AMB (de proyectiles contra proyectiles balísticos), lo que ahogó por completo aquellas esperanzas.

La occidentalización se volvió rápidamente marginal entre las élites, a medida que Moscú buscaba recuperar su capacidad militar y su estatus quo de gran potencia, pero, esta vez, como un país del “no Occidente”. Esto fue seguido por giro a Oriente, lo que alteró todavía más el equilibrio de las relaciones con Europa y dentro de la élite rusas.

La guerra actual

Occidente comenzó a percibir a mediados de los años 2000 que sus ganancias históricas se estaban transformando en pérdidas estratégicas y, posteriormente, geoeconómicas. Y comenzó a trabar batallas de retaguardia. En la segunda mitad de la década comenzó a aumentar la presión, primero sobre Rusia, después sobre China, que no era tan fuerte al principio (debido a la profunda interdependencia económica), pero se fue haciendo cada vez más fuerte.

El siguiente gran error estratégico fue que Rusia y China, que ya se estaban aproximando, debido a la sobreposición de objetivos e intereses naturales, fueran empujadas a una unión estratégica de facto, y Moscú fue incitada a asumir una orientación política, geopolítica y económica antioccidental, no sólo “no occidental”. Las ideas de los dos últimos grandes pensadores estratégicos estadounidenses, Henry Kissinger y Zbignew Brzesinski, sobre la utilidad de crear una comunidad del Pacífico con base en un condominio Estados Unidos-China fueron descartadas. Ante la presión creciente del Este (Estados Unidos), China se encaminó al Oeste (Iniciativa cinturón y ruta) económica y políticamente, pasó a profundizar su sociedad estratégica con Rusia y se concentró en el mercado interno (política de “doble circulación”). La reorientación de Pequín, con Moscú yendo hacia el Este y Turquía apartándose de Occidente, puso las bases para la recuperación política y económica de Eurasia.

Rusia comenzó a fortalecer su potencial político-militar a mediados de la década de 2000 a un bajo costo, pero de forma muy eficaz y, al final de la década siguiente, todo indica que consiguió neutralizar los cimientos de dominio secular mantenido por Europa u Occidente. Esta pérdida de hegemonía es la causa de la nueva ronda de la Guerra fría. Como resultado, en lugar de expandirse, Occidente asiste la reducción de su esfera de dominio y control, su base de recursos externos.

La rusia postsoviética no buscó minar las bases de dominio de Occidente, sino tan sólo garantizar su propia seguridad y soberanía y detener la expansión occidental, iniciada en la década de 1990, en regiones que considera críticas para su seguridad. Esa política también garantizó una mayor libertad para la mayoría de los países del dominio occidental anterior, lo que vino como un efecto concomitante.

Rusia es demonizada y acusada de todos los pecados. La gran mayoría de esas acusaciones (no todas, al final de cuentas no somos ángeles) son necedades maldosas. Pero también existe alguna verdad en eso -nosotros destruimos la base del orden mundial con el que Occidente dominaba y recibió grandes dividendos.

La actual ronda de la Guerra fría, así como todas las ondas anteriores de intensa rivalidad entre las naciones significa la lucha de Occidente contra la redistribución de recursos económicos, humanos y naturales, que no lo beneficia.

Hasta hace poco tiempo, el elemento ideológico en esta ronda de la Guerra fría era más débil que en las dos primeras. Rusia, China y otros “nuevos” eran acusados habitualmente (y todavía lo son) de autoritarismo comunista, aunque las democracias occidentales (o mejor, este tipo de gestión de la oligarquía, relativamente cómoda para la mayoría) se estén desmoronando a sí mismas. Esta pérdida se debe a la entropía, al relajamiento actual del éxito y a la degradación de las élites gobernantes, lo que es inevitable en la democracia (los elegidos no son los mejores, sino los más convenientes y con pensamientos semejantes). Fue así como las democracias dejaron de existir en el pasado, ante los desafíos externos o de la incapacidad de dos círculos dirigentes para garantizar un gobierno efectivo. Ya describí eso varias veces.

Las democracias occidentales modernas, todo lo indica, tampoco son inmortales. Las democracias mueren para volver a erguirse un día, como siempre, de una forma diferente y, posiblemente, en otras regiones. Pero el proceso de muerte es extremadamente doloroso.

Eso, claro está, no significa que cualquier tipo de autoritarismo, mucho menos o totalitarismo, sea más eficaz que la democracia. Existen ejemplos más que suficientes de sistemas autoritarios fracasados. La misma Rusia todavía tiene que probar que su actual régimen político está modernizando de hecho el autoritarismo.

Para justificar contraataques cada vez más duros, a principios de siglo, Occidente salió con un concepto de confrontación entre el capitalismo autoritario y el capitalismo democrático. Este componente ideológico todavía no tiene lugar. En los últimos años se complementó de manera inerte con la necesidad de proteger los valores liberales -l misma democracia, los derechos humanos, el Estado de derecho y el pluralismo político. Pero la compleja crisis de Occidente hace esos argumentos menos convincentes. Las elecciones, muchas veces, se transforman en una farsa y en una mentalidad semejante a la del final de la era soviética se impone a las personas, en lugar del pluralismo ideológico. Los derechos y los intereses de la mayoría, insatisfecha con el deterioro de su situación, se colocan en segundo lugar, en pro de los derechos de las minorías o de los individuos.

Hasta el momento, el componente ideológico viene desempeñando un papel puramente instrumental en la nueva ronda de la Guerra fría, encubriendo la lucha por recursos geoeconómicos y geopolíticos. El “no occidente” (Rusia y China) casi no está involucrado en esta batalla ideológica. Las acusaciones sobre “minar las democracias” son ridículas. Pero es mucho más probable que ese enfrentamiento inducido artificialmente entre “democracia y autoritarismo” pueda ser exacerbado por un componente ideológico mucho más poderoso.

La erosión de los principios humanos elementales se está acelerando debido a una serie de razones culturales objetivas y a normas parcialmente conscientes seguidas por los círculos dominantes transnacionales (liberales) de Estados Unidos y de muchos países europeos, que están perdiendo posiciones. De ahí parten todas las manifestaciones de “LGBTismos”, multisexualidad y ultra feminismo, negación de la Historia, de las raíces y de la fe y el apoyo al racismo negro, en particular a su anticristianismo y su antisemitismo. La lista también incluye la democracia como una religión y no sencillamente como una forma de gobernar, y puede continuar indefinidamente.

Si la mayoría de los países occidentales no interrumpen esa evolución (hasta ahora la resistencia ha sido débil), podemos enfrentar un nuevo enfrentamiento ideológico más profundo que la dicotomía “capitalismo-comunismo” o “democracia-autoritarismo”. Las nuevas pseudo ideologías, de hecho, llevan a la negación del carácter humano de los humanos.

En cuanto a Rusia, tenemos que decidir si debemos tan sólo aislarnos de esa epidemia ideológica o ir a la ofensiva y tratar de liderar a la gran mayoría de la humanidad, inclusive en países que están seriamente dañados por esos virus morales y éticos. Si la opción fuere por una estrategia ofensiva, esto agravaría todavía más la confrontación. Pero también se puede usar para hacerlo un triunfo, o por lo menos un instrumento de disuasión política para evitar su escalada.

La estrategia de victoria

Así pues, la primera ronda de la Guerra fría terminó con una guerra caliente, la segunda con la derrota del comunismo y de la URSS. ¿Cuáles son las oportunidades de la nueva ronda, trabada contra China y Rusia? Contemos los recursos. Como resultado del derrumbe de la Unión Soviética perdimos una parte significativa de territorio y de población. Las reformas sin éxito causaron daños significativos a la élite meritocrática, al capital humano, a la ciencia y a la alta tecnología. El campo de la seguridad occidental se encogió. La pérdida de influencia mundial y del imperio fue un golpe doloroso para muchos.

Luego de un rápido crecimiento, en la década de 2000, la economía está estancada, lo que reduce un poco la base de influencia internacional. Pero, lo más importante, a largo plazo, esto acarreará la erosión de la estabilidad interna y la perdida de apoyo público activo a las autoridades. La debilidad fundamental del país es no tener una ideología orientada al futuro, en lugar de las anteriores: la comunista, ahora muerta; las ideas de “retornar” a Europa, de los años 1990; la de “levantarse de nuevo” de la década de 2000; y la de la recuperación del estatus de una gran potencia de primera clase, en la década de 2010. Las grandes naciones entran en declive sin tales ideologías o luego de perderlas. La decisión de los círculos dominantes de evitar la tan esperada “nueva idea rusa”, que uniría a la mayoría, es bastante intrigante. Es necesaria una tecnocracia de alta calidad, pero esto no garantizará una victoria en la lucha por el futuro. En los estadios iniciales de la Guerra fría anterior, el país tenía una idea, aunque comunista, y una economía en crecimiento.

Sin embargo, existen también algunos aspectos positivos. Era necesario pagar por la grandeza. El precio que la Unión Soviética tuvo que pagar por apoyar a los países del Tercer mundo de “orientación socialista”, los vasallos de Europa Oriental y de las exrepúblicas soviéticas, y la gigantesca maquinaria militar, fue enorme. Antes de la derrota de 1990-91, teníamos la oposición de la civilización occidental, que comenzaba a perder, pero que todavía era poderosa. Ahora, ella se está desintegrando política y moralmente y debilitándose económicamente (aunque su potencial económico, militar, cultural y de información cumulado, accionado por medio de sanciones y guerras de información, todavía es bastante fuerte).

Los sistemas políticos de la mayoría de los países que decidieran desafiarnos y a China no están adaptados para un enfrentamiento largo y extremo. Si tuviésemos la oposición de Occidente gobernado por gobiernos más autoritarios y eficaces, la situación podría ser mucho más complicada.

Las tendencias autoritarias en Occidente, inevitablemente, aumentarán, así como en todos los otros lugares (con el uso de la pandemia activamente para tal transición).  Pero cambiar los sistemas políticos establecidos a lo largo del último medio siglo será doloroso y tomará décadas.

Al final de la Guerra fría anterior, el estado intelectual de Occidente era su gran triunfo. Ahora la situación es radicalmente diferente. Occidente se enfrenta a turbulencias y no define ya las tendencias. Este es otro motivo de su pánico, de su hostilidad y de su deseo de desligarse de los otros, En el pasado fue la Unión Soviética la que se mantuvo aislada del mundo, mientras que Occidente se jactaba legítimamente de su apertura para atraer a otros. Otra analogía sorprendente con la Unión Soviética -el despliegue enfermizo de las fuerzas terrestres de la OTAN en Afganistán y su previsible derrota luego de casi veinte años de combates -parece una farsa.

No estamos muy opulentos, pero no falta todo lo que tuvimos en el pasado (que, además de la declinación de la idea comunista, fue la razón más importante del colapso). Rusia reconstruyó su maquinaria militar -un recurso de primera clase en un mundo de caos creciente y de competición feroz (en la dicotomía de la espada de oro, la última prevalece notablemente)-, por una fracción pequeña del costo anterior. Está otra cuestión, ella debe ser un tipo especial de espada. Pero con la última generación de armas, mostramos que podemos liderar donde fuese necesario a un costo bajo. Al reequilibrar los lazos económicos con Oriente y reducir la dependencia económica aplastante de Occidente, tendencia iniciada hace 15 años, obtuvimos más espacio de maniobra.

Ningún patriota de nuestro país puede dejar de lamentar la pérdida de tierras ancestrales. Pero la mayoría de esos territorios devoró los recursos de Rusia. Ahora, esos territorios nos brindan una fuerza de trabajo barata. Sin ella, la declinación demográfica que comenzó en los tiempos soviéticos sería mucho más doloroso. El comercio se realiza a precios de mercado y no subsidiados. Esta es una de las razones por las que casi todas las exrepúblicas soviéticas se hicieron pobres de forma relativamente acentuada. El problema de Ucrania, creado en gran parte por nuestra inercia en el pasado, persiste, pero el país está caminando rápidamente a la insolvencia total. La ayuda a los países en desarrollo se ha reducido relativamente. Pero los más importante es que conservamos Siberia -una base fundamental para el desarrollo en el futuro cercano.

Un factor significativo en el cálculo del equilibrio de poder es la disminución de la participación de Occidente en el PIB mundial y la crecente dependencia del “no Occidente”, que ofrece más espacio para maniobras geoeconómicas y geopolíticas. Rusia tiene todavía otra ventaja importante -la experiencia de la derrota en la Guerra fría anterior y la ausencia de ilusiones y antojos ideológicos. Hasta ahora, evitamos repetir los errores soviéticos: súper extensión imperial y la imitación de los actos de un oponente más rico en el campo militar, además de abandonar el extraño concepto de la necesaria igualdad numérica (paridad) en armamentos.

Nuestra ventaja más importante es que la mayoría de la población y de la élite rusa creen en su rectitud moral. Este sentimiento no existía en la sociedad soviética tardía, lo que se convirtió en uno de los principales motivos de la desintegración del país.

Es necesario sustentar ese sentimiento con una estrategia y con una ideología volcados al futuro y salir del estancamiento económico que agota nuestro espíritu y vigor.

Un cambio fundamental en la posición geopolítica de Rusia ocurrió debido a la transformación de China, de un estado enemigo a uno amigo, casi un aliado. Es el recurso extremo más importante para el desarrollo y la economía con la reducción de los gastos militares. China está reconstruyendo sus Fuerzas Armadas y redirigiendo su estrategia militar de la tierra al mar. Pequín todavía no nos amenazará. Una China fuerte está atrayendo cada vez más recursos políticos y militares de Estados Unidos. Rusia está haciendo lo mismo por China. Rusia es un pilar estratégico en la esfera político militar y una fuente segura de los recursos naturales más críticos para China.

La Historia atrajo a nuestros países. Y esto es una gran ganancia en la situación actual. Es necesario no sólo profundizar la cooperación y llevarla al grado de una unión informal en la siguiente década, sino también planear nuestra política en China para las décadas siguientes, cuando la buena vecindad incuestionable pudiera tener que ser complementada con elementos más fuertes de equilibrio, si China se lleva la mejor parte sobre Estados Unidos (con muchas oportunidades de hacerlo) y sufre el vértigo imperial con el éxito. En este punto, la derrota relativa de Pequín no parece probable, pero si sucediera, Rusia tendrá que reequilibrar su política a su favor. No se debe permitir que Occidente asuma el control. Ya demostró de lo que es capaz cuando piensa que está ganando -una serie de actos agresivos y revoluciones de colores que hundieron a países y regiones enteras en el caos y en la pobreza.

Debemos evaluar la posibilidad de que, en caso de que Estados Unidos sufra una derrota relativa, en una década, pudieran optar por un condominio con China, como propusieron Kissinger y Brzezinski. Sospecho que los que decidieron iniciar otra Guerra fría contra nosotros, China, y la otra “nueva”, ya perdieron la fe en su propia legitimidad. En debates personales con colegas occidentales, ahora bastante raros, yo sencillamente les dije más de una vez: “Dejen de mentir”. Y lo hicieron. Nosotros, soviéticos, éramos tan tímidos. Pero eso no significa, sin embargo, que nuestros oponentes desistirán rápidamente. Al contrario, se están tratando de consolidar.

No mencionaré los pasos que considero que haya que dar para desarrollar y fortalecer efectivamente nuestras posiciones en el mundo. Escribí sobre eso más de una vez en mis artículos publicados en los últimos años. Tan sólo resumiré las reflexiones descritas arriba.

Tenemos una buena oportunidad de vencer en esa nueva Guerra fría. Pero la lucha exigirá que emprendamos muchos esfuerzos nacionales y elaboremos una ideología volcada al futuro.

No debe partir únicamente de las tradiciones que dan vida, sino que debe conducir al futuro. Sus contornos son bastante obvios. Mis colegas y yo los describimos repetidamente. Muchos otros rusos pensantes también han presentado ideas fructíferas.

Para crear esa ideología y hacerla efectiva, es necesario mantener la apertura intelectual y el pluralismo. Creo que eso se puede hacer, aunque no sea fácil, en medio del enfrentamiento en curso. Si esa libertad fuese restringida, esto hará no sólo que se pierda la ventaja competitiva, sino que conducirá también a errores inevitables en la política (como prueba la experiencia soviética). Después de la “victoria”, la Historia continuará y nuestros esfuerzos serán necesarios para mejorar nuestro país y encontrar el equilibrio ideal en el mundo. Perdimos la ronda anterior de la Guerra fría, al asumir un fardo avasallador, entre otras cosas. Ahora Rusia tiene la oportunidad de convertirse en un factor de equilibrio en la rivalidad Estados Unidos-China (más amigable con China) y en el futuro sistema de la Gran Eurasia.

Para concluir, repetiré lo que ya dije muchas veces: el peligro de una nueva guerra mundial es extremadamente alto. El mundo se está equilibrando en el límite. Una política de paz activa es un imperativo. Si la línea se cruza, la Historia terminará y no habrá una cuarta Guerra fría ni ninguna otra cosa.

Quedé enojado con la Guerra fría anterior, que la viví, y estoy harto de la actual, pero me gustaría que los analistas de las generaciones futuras pudiesen escribir artículos semejantes, argumentar y vivir.

*MSIa Informa: El artículo que a continuación presentamos, es representativo de un grupo de figuras del pensamiento estratégico de Rusia. Fue publicado en el número correspondiente a julio-septiembre del año en curso, de la revista Russia in Global Affairs. El autor es historiador, miembro del Consejo de Política Exterior y de Defensa de la Federación Rusa y decano de la Facultad de Economía Mundial y Asuntos Internacionales de la Universidad Nacional de Investigaciones de Moscú.

Foto: sjr4x4

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