septiembre 21, 2021

Siempre he dicho que los civiles nos podemos militarizar, pero los militares no se pueden civilizar

Siempre he dicho que los civiles nos podemos militarizar, pero los militares no se pueden civilizar

Bolivar Hernandez*
La vida me tiene reservadas muchas sorpresas, por ejemplo, todos los domingos asisto a desayunar a un restaurante dizque mexicano, y una familia sentada a pocos metros de mi mesa reservada, me observan detenidamente; pero ignoro quiénes son ellos, y al parecer me conocen.
Es un señor mayor, su esposa y su hijo. Ellos llaman a la chica que hace funciones de recepcionista del restaurante, Elsita, y le preguntan:
-¿Quién es ese señor tan trajeado que desayuna solo todos los domingos?
-Ella responde: Es don Bolivar, un cliente frecuente de nosotros.
-Pregúntenle, ¿si vivió de joven en Quetzaltenango?
-Viene conmigo Elsita y me interroga sobre mi juventud en Guatemala. Y le digo que es correcto, que sí viví en Quetzaltenango, en los años 60.
Luego entonces esa familia de Quetzaltenango me aborda y me interrogan directamente sobre mi juventud en aquella linda y fría ciudad de Guatemala.
Resulta que este señor cuyo nombre había olvidado absolutamente, sí fue mi compañero de estudios en el famoso Instituto Nacional para Varones de Occidente, INVO, cuando teníamos 16 años.
¿No te acordás de mi?
-¡Soy Baltazar Berneond Crispín!
-Le dije que sí me recordaba de él, para no hacerlo pasar un mal momento.
Debo confesar que mis primeros 20 años en Guatemala, y que corresponden a mi niñez y juventud, los he olvidado por completo, y por excepción guardo algunos pocos recuerdos de esas dos décadas, muy pocos.
Cuando llegué a México hice un corte histórico rotundo, entre mi vida pasada en Guatemala y mi nueva vida en México.
En mi mente quedaron algunas anécdotas de mis años estudiantiles en Guatemala, por ejemplo los apodos o motes que puse a mis condiscípulos. De eso se acordaba muy bien el compañero que encontré en el restaurante Los Cebollines.
En Guatemala todo el mundo tiene un apodo que, como segunda piel, se impregna en las personas. Incluso, al morir en las esquelas ponen el nombre del difunto y entre paréntesis el apodo.
Mi compañero Baltazar, que reconocí hoy en el restaurante, me hizo recordar todos los apodos de nuestros compañeros que yo bauticé, y algunas anécdotas mías ya olvidadas.
Como por ejemplo mis pleitos constantes con los militares que ocuparon la escuela por algunos pocos años.
Siempre he dicho que los civiles nos podemos militarizar, pero los militares no se pueden civilizar; y se los decía en sus caras a los castrenses que usurparon a los maestros y autoridades escolares con total impunidad.
Mi compañero Baltazar lleno de júbilo y regocijo por este casual encuentro, me hizo un repaso minucioso de los compañeros de generación de los años 60, y tuve que poner cara de: ¡Sí me acuerdo de ellos!
Un manto de olvido cubre aquellos rostros y apodos de mis compañeros de entonces.
Luego me hizo el recuento obligado de los compañeros fallecidos, no recordé a ninguno de esos muertos. ¡Qué pena me da!
Vivo escindido entre mis vidas en ambos países
Tengo el pasado muy viejo y olvidado y el presente muy vivo, a flor de piel.
Lo he dicho en otra parte, los exiliados somos seres apátridas, no somos ni de aquí ni de allá, somos ciudadanos del mundo. Somos ese ser extranjero que lo es en todas partes donde vamos o donde vivimos.
Concluyo con esto, finalmente soy un vagabundo ilustrado, con un país portátil que llevo siempre en la mochila, en la espalda.
¡Hasta pronto condiscípulos míos, perdonadme mis olvidos que son involuntarios aunque no lo parezcan!
Foto: tprzem

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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