septiembre 20, 2021

Rusia, ¿una crisis de purificación?

Rusia, ¿una crisis de purificación?

Serguéi A. Karaganov* 

Este ensayo publicado en el número de marzo de la revista Russia in Global Affairs, analiza las lecciones que Rusia debe sacar de la crisis actual. El autor refleja en este escrito su desencanto por la forma en que Europa y Estados Unidos lidian con la actual debacle mundial.

 

En su evaluación, a la luz de la decadencia de la civilización europea, no se debe esperar ninguna mejoría significativa de las relaciones en deterioro con la Unión Europea, al tiempo que la ampliación del conflicto multifacético con Occidente deja a Rusia virtualmente sin opciones, como no sea la de continuar su aproximación con Asia y fortalecer la sociedad y alianza con China, también en el campo tecnológico.

En el campo de las Relaciones exteriores, el autor, aconseja que Rusia debe reducir la actividad para evitar grandes pérdidas, ejercer un neo aislacionismo temporal y trabajar por una perspectiva estratégica. Al mismo tiempo, usar sus energías para movilizar su fuerza económica y concebir e introducir una nueva ideología viable parar la mayoría de la población rusa.

 

A principios de 2020 y durante la primera cuarentena impuesta por la pandemia del covid-19, funcionarios del gobierno y muchos economistas previeron la probabilidad del reinicio de las actividades económicas para finales de ese año o, de cualquier forma, en 2021. Partamos, sin embargo, de expectativas más pesimistas -o bastante realistas. La crisis será larga, severa, peligrosa y comparable a la Gran depresión iniciada en 1930, que el mundo no pudo superar sino hasta después de la Segunda guerra mundial. Esperemos que la humanidad venza el cataclismo actual sin una gran guerra, que podría convertirse en el fin de su historia.

 

¿Qué está sucediendo?

En este artículo trataré de describir la crisis actual, en la medida en que atravesamos su epicentro. Una descripción completa difícilmente sería posible, no sólo porque la crisis todavía se está desenvolviendo, sino también por la falta de información real sobre lo que está sucediendo o, para ser más preciso, porque hay un torrente de información falsa o muchas veces manipulada. Sus productores están confusos (y hay más de ellos, en varias órdenes de magnitud, que en cualquier periodo anterior). Así que tendré que confiar no en el conocimiento, sino en la intuición, que puede ser engañosa. No obstante, arriesgaré mi reputación. La verdad es que no es la primera vez que los hago y el momento en que vivimos es arriesgado, de cualquier forma.

 

Cualesquiera que sean los paralelos con las crisis anteriores, la actual es bastante peculiar, principalmente por la simultaneidad de varios hechos: el sunami económico causado por la pandemia; el derrumbe final de los órdenes político y económico internacionales establecidos después de la Segunda guerra mundial y de la (aparente) “victoria” de Occidente en la Guerra fría; elementos de una crisis civilizatoria de Occidente, que dominó el mundo durante siglos; la rápida disminución de la estabilidad política y estratégica internacional; la multiplicación de conflictos y el crecimiento de la amenaza de su escalada hacia una gran guerra; y la visible reducción de la credibilidad de los conceptos concebidos antes de esta crisis compleja. Hay, igualmente, una deficiencia intelectual, y, naturalmente, hay una pandemia propiamente dicha y la incapacidad de los países pobres y de muchos otros estados para lidiar con ella. Pero, a pesar de todos los peligros para la vida y para la salud humanas, es difícil compararlo con las terribles plagas que la humanidad ya experimentó.

 

Su importancia fue exagerada por la ofensiva informativa que se salió de control y, también, por los intentos de las élites gobernantes de un número considerable de países de desviar la atención de sus fracasos pasados y retener el poder. La pandemia se ha usado como un sustituto de la guerra, para distraer y justificar.

 

La situación es, de facto, en muchos aspectos, semejante a una gran guerra. Como si se tratara de una situación de guerra, es necesario actuar según el principio de “à la guerre comme à la guerre” (literalmente a la guerra como en la guerra, en francés en el original, n.e), es decir, hacer lo que no tuvimos coraje de hacer hasta ahora.

 

Así pues, eso crea el marco de una crisis casi general, sistémica y multidimensional, con consecuencias imprevisibles. Déjenme comenzar con los aspectos económicos que están más cercanos a la superficie.

 

La crisis irá exacerbando radicalmente la creciente desigualdad y el sentido de injusticia arraigado en el sistema económico moderno y reducirá todavía más la ya encogida clase media de los países desarrollados. Todos quedarán más pobres, pero, en particular, los países pobres.

 

Una de las contradicciones, si no es que uno de los vicios fundamentales del mundo, se está volviendo bastante obvia: el actual modelo de capitalismo, fincado en crecimiento infinito y en el estímulo del consumo, ya superó sus límites. Incluso si (y cuando) la preocupación actual en el cambio climático produzca resultados reales, esto no resolverá el problema subyacente. En los países ricos y en aquellos que aspiran unirse a ellos, la gente consume irreflexivamente y de forma irracional muy por encima de las necesidades normales. Pero ¿Cómo limitar el crecimiento del consumo, cuando miles de millones de personas son pobres y, lo más importante, cuando ven, gracias a la prensa como viven las personas y los países ricos? Además, ellos también ven una imagen que es embellecida por razones comerciales o políticas. Esta cuestión también es bastante aguda en Rusia.

 

Todo indica que el problema de la contaminación ambiental se está ahogando en conversaciones vacías. La verdad es que Europa, el principal portavoz de este problema, está sencillamente tratando de pasar el fardo a otros con la imposición de tarifas sobre bienes con gran consumo de energía, aunque, objetivamente, los principales contaminadores sean los consumidores excesivos, es decir, los países y los individuos ricos.  Por desgracia, a finales de 2020, cuando se escribió este artículo, no se apreciaba ningún intento de repensar seriamente el modelo de desarrollo, en nuestro país y en el mundo, lo que muchos, entre ellos yo, esperábamos que ocurriese con la interrupción de la pandemia.

 

La democracia y sus problemas

China y Asia en su conjunto están venciendo la feroz competencia, pero, de un modo general, todos están perdiendo. Los resultados preliminares de la crisis están aumentando las tensiones sociales en las sociedades y se ven nuevos casos de hambre en masa en varias regiones. Y, como resultado, la inestabilidad está creciendo, tanto dentro como entre muchos estados, entre ellos algunos cercanos a nuestras fronteras. Muchos gobiernos caerán. La humanidad está dando un paso atrás en cuanto a los ideales de paz eterna y gobierno mundial con sentido de la responsabilidad. Y nos es nada reconfortante que el “orden económico liberal” creado en Bretton Woods, que se extendió por todo el mundo después de 1991 y que dio grandes ventajas a sus iniciadores, por medio de un mecanismo de regímenes económicos e instituciones como la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y otras, se esté desintegrando rápidamente.

 

Ese orden está siendo sustituido por la ley de la selva económica y política (hablaremos de eso más adelante). No hay señales de un nuevo sistema equilibrado y justo. Y tenemos ante nosotros una década de caos de por lo menos una década.

 

La crisis estimulará, probablemente, una serie de tendencias sociopolíticas emergentes. Los estados autoritarios eficientes son mejores para lidiar con la epidemia (aunque, para ser justos, también hay muchos estados autoritarios ineficientes). La verdad, cuidadosamente escondida por la “corrección política” liberal predominante por muchas décadas, está saliendo a la luz.

 

La democracia es tan sólo una forma de administrar sociedades ricas y tan sólo en ausencia de tensiones externas grandes.

 

Todas las democracias perecieron siempre. Las repúblicas griegas dieron paso al despotismo, la República Romana se convirtió en un imperio, las repúblicas medievales se transformaron en monarquías, la República de Novgorod cayó y la francesa fue sustituida por un imperio. La revolución democrática de febrero de 1917, en Rusia, condujo al surgimiento de un sistema totalitario. Casi todas las democracias de Europa se rindieron a Hitler. Tal destino, evidentemente, aguardaba también a Gran Bretaña, de no haber sido por la ayuda de Estados Unidos, protegidos a lo largo de su historia por océanos y vecinos débiles, y por el hecho de que Alemania atacó a la URSS, cuyo pueblo, dominado por un rígido sistema totalitario, mostró una disposición única para sacrificarse.

 

Los actuales regímenes democráticos, transformados en estados relativamente pobres, se están desmoronando, con el fracaso y cediendo su lugar a regímenes autoritarios, a menos que sus estructuras democráticas tengan el respaldo del exterior, como sucede con los países periféricos de la Unión Europea. Pero la crisis económica reducirá la posibilidad de hacerse de apoyo y de subsidios. Por si fuera poco, en los mismos países centrales, inclusive los relativamente ricos, las crecientes protestas sociales son reprimidas cada vez más con métodos policiales que siempre estuvieron asociados a las formas más duras de autoritarismo. Esos métodos se justifican, tal vez con bastante sinceridad, con la necesidad de proteger la democracia. En realidad, sin embargo, no pasan de intentos de proteger la política anterior y las élites fracasadas. En condiciones de calma, los ciudadanos democráticos eligen a sus iguales, convenientes para ellos, razón por la que las élites se degradaron en las últimas décadas en casi todas partes en las viejas democracias. Basta comparar a los líderes de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado con los de los de la década de 2010. Pero debemos admitir que, aun bajo tensión, raramente se elige a individuos como Churchill o Roosevelt.

 

Los populistas de derecha o de izquierda llegan al poder con más frecuencia. Así que ese nuevo y, tal vez, históricamente temporal retroceso de la democracia, exacerbado por la crisis, presenta dos dificultades para la clase política rusa. Una es la revisión de la convicción, profundamente enraizada desde la declinación del sistema soviético, de que la democracia es siempre buena, libre y satisfactoria. Es libre, pero no siempre: los estados democráticos, formalmente, son gobernados muchas veces por oligarquías. Y esto, ciertamente, no es satisfactorio.

 

La democracia es el resultado del bienestar material, no su causa

El otro problema es todavía más complejo: encontrar la combinación ideal de formas de gobierno autoritarias, populistas y democráticas, para el desarrollo efectivo del país y del bienestar espiritual y material de la mayoría de la población. Las recetas de siempre no son las adecuadas para una gran potencia genéticamente soberana. Tenemos que seguir nuestro propio camino. Las crecientes tendencias autoritarias del gobierno, que son inevitables en cualquier crisis, son consistentes con las tradiciones rusas y las demandas actuales, aunque no respondan a todos los ciudadanos de la Rusia moderna; ni la expansión de las libertades -municipales, económicas e intelectuales. La libertad política ilimitada de Rusia es mortal, en especial en tiempos de crisis. Sin embargo, no puede haber un impulso ruso sin voluntad. Y, sin ella, no tendrá éxito. La verdad es que, al vencer guerras y conquistar espacios gigantescos, los rusos fueron guiados no sólo por la “voluntad del soberano”, sino también por su aspiración de libertad, un impulso espiritual. El actual pesimismo de casi la totalidad de las élites internas (aunque no compartido por las autoridades) es sencillamente destructivo.

 

Todo mundo, claramente, está cansado. Pero lo jóvenes tiene que ser empujados al frente. Sin embargo, los jóvenes dignos no querrán sumirse en el tedio y en la falta de libertad.

 

Es necesario reconsiderar la actitud no sólo respecto a la democracia moderna, sino también respecto a otros conceptos y teorías que vinieron de Europa, el Occidente, más productivo, libre y rico. La crisis de la pandemia mostró que ellos son ineficaces. El “no Occidente” se está volviendo más rico, mientras que en Occidente la “corrección política liberal” moderna está destruyendo la libertad de pensamiento y de expresión. Todavía hay un gran número de economistas y científicos políticos que predica y enseñan teorías y conceptos que nacieron en el mundo occidental para sus propias necesidades y que, en última instancia, reflejan, con todo el relativo pluralismo (que disminuye rápidamente), los intereses de sus élites. Muchas de esas teorías no son sólo egoístas, sino inadecuadas para nosotros o completamente desactualizadas. La dificultad mayor, en general, expuesta por la crisis actual es la erosión acelerada de la civilización europea, la que la mayoría de nuestro pueblo y hasta muchos antioccidentales políticos consideran como suya.

 

La prolongada paz relativa generada, sobre todo, por la disuasión nuclear, y el crecimiento del bienestar, interrumpido recientemente, salvaron a los países desarrollados de la tensión característica de toda la historia de la humanidad: la necesidad de luchar por lo que realmente es vital: vida, pan, techo y patria. Hubo un cambio en la conciencia de una parte significativa de las élites y de las sociedades occidentales (y de una pequeña parte de las no occidentales). Las pseudo ideologías comenzaron a ganar fuerza: el “democratismo” como un tabú semi totalitario: el “climatismo” como religión (no confundir con la necesaria preocupación con la protección ambiental); los derechos individuales de las minorías, pero no de las sociedades o de la mayoría; el feminismo (no debe ser confundido con los derechos de las mujeres), las personas LGTB, “Black Lives Matter”, “Me Too” y así sucesivamente. Una parte significativa de las sociedades está perdiendo los fundamentos ideológicos y espirituales sobre los que la humanidad siempre se apoyó: patriotismo, principios familiares, fe.

 

Estos cambios fueron animados por élites interesadas en conservar el statu quo que ellos crearon y que las creó. Las pseudo ideologías distraen la atención de problemas no resueltos (como la creciente injusticia social), atomizan las sociedades, sustituyen emociones y principios normales, transforman a las personas en autómatas con reacciones programables y las deshumanizan. Cambios sociales semejantes, aunque no tan profundos, precedieron la caída del Imperio Romano y de la República de Venecia, además de la catástrofe china de los siglos XVIII y XIX.

 

La “declinación” de Europa se comenta desde hace un siglo. Lo cierto es que Europa dentro de la Unión Europea está por abandonar muchos de los principios europeos fundamentales, los que se convirtieron en parte de la identidad de Rusia y que buscamos recuperar, después de haber estado parcialmente separados de ellos durante gran parte del siglo XX. El nuevo conjunto de valores y de ideologías post europeos mencionado es venenoso, pero ellos están tratando de exportarlo.

 

El vuelco de Rusia para el Este, para Asia, iniciado en 2010 fue bastante racional: sus mercados son más dinámicos y la atmósfera ahí es menos hostil. La crisis del coronavirus demostró que Asia, autoritaria o aparentemente democrática, es mucho más eficiente. La combinación de valores post europeos insidiosos y la desilusión con la eficacia del potencial modernizador de Europa/Occidente cuestiona la identidad-clave, principalmente europea, de la mayoría de los rusos. Al comprobar el cambio hacia Oriente, sus defensores, inclusive yo, quedamos felices al descubrir características orientales en las tradiciones sociales y políticas rusas. Pero, ahora, también podemos hablar de cómo cuestionar la orientación general cultural y espiritual respecto a Europa y a nuestras raíces europeas.

*MSIa Informa

*Doctor en Historia, profesor de la Universidad Nacional de Investigación y de la Escuela Superior de Economía de Moscú; decano de la Facultad Economía Mundial y Asuntos Internacionales y miembro del Consejo de Política Externa y de Defensa de Rusia.
Foto: apreklama

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