Rocky IV, un hermoso #caballodecarrera, un #purasangre

Confieso que no soy animalero, y nunca tuve ni quise tener mascotas, ni peces, ni pájaros , ni perros, y ni mucho menos gatos por que me asfixian hasta la muerte.
Sin embargo, en esta ocasión relataré la historia de Rocky IV, un hermoso caballo de carrera, un cuarto de milla, un pura sangre.
Rocky IV llegó a mi vida como muchas otras cosas por pura casualidad o por azares del destino, ¡vaya usted a saber!
Fui a una cena muy elegante con mis amigos funcionarios y exembajadores mexicanos, con los que establecí amistad durante mi paso fugaz en el cuerpo diplomático, al estar adscrito a la embajada de México en Chile en los años 90 del siglo pasado.
Durante esa cena donde comimos como virreyes, que me imagino comían de maravilla aunque no me conste, ahí salió a la conversación el tema de los caballos de carrera, tema del cual soy un ignorante absoluto. Nunca he ido, y ni iré, al Hipódromo de Las Américas. Quizás porque detesto las apuestas, quizás sea por eso.
El embajador mexicano en Argentina y su novia de entonces, comentaron que ya no deseaban seguir manteniendo su cuadra de caballos de carreras, porque salía muy caro eso. Y entonces me dijo la joven novia de mi amigo:
-Boli, te interesa tener un caballo de carrera muy joven aún? “Te lo regalo.
-Acepté ese regalo sin pensarlo dos veces.
El gran problema
Era como trasladar ese caballo desde El Ajusco, en Tlalpan, hasta la hacienda de la familia de mi esposa en ese entonces, situada en el estado de Hidalgo, adelante del mineral Real del Monte, antigua hacienda minera propiedad de los ingleses en el siglo XIX. La tierra de los Pastes.
A unos 250 kilómetros del establo de Rocky IV se encuentra la hacienda de mi exesposa.
Lo primero era conseguir un transporte especial para caballos, y luego un permiso de la policía metropolitana para poder atravesar la Ciudad de México entera, de sur a norte.
Fui por Rocky a su establo y lo metimos al transporte con dificultades.
El horario de transporte de animales por la ciudad de México es exclusivamente de las 12 de la noche a las 5 de la madrugada.
Llegué a la hacienda de mi exesposa a media mañana de un 28 de diciembre de 2005.
Rocky IV bajó muy nervioso, brioso el animal echó a correr a todo galope por la pista de carrera de la hacienda de mi exesposa. Llegó a un sitio privilegiado con muchos animales y otros caballos menos finos que él.
Rocky IV es un caballo de carreras de 400 metros , un cuarto de milla, es muy veloz. Es una pura sangre de raza, mide 1,70 de altura y pesa 500 kilos. Tiene amplio pecho, cabeza pequeña, orejas móviles y cortas. Requiere de una larga pista para correr, tal como la que existe en la hacienda de mi exesposa.
Los caballos llegan a vivir hasta 30 años. Rocky IV los vivió gozoso ahí.
Mis hijos se convirtieron en jinetes expertos montando a Rocky IV en las vacaciones de cada año. Y el resto de sus primos igualmente.
Nunca jamás monté a Rocky IV por miedoso. Solo mis hijos y nietos después.
Mi padre que era hijo de un finquero guatemalteco y que montaba caballos grandes, me obligó siendo yo un niño chico a montar un caballo que se encabritó y se paró de manos y me hizo volar por los aires, e inmediatamente mi Padre me obligó a montarme de nuevo en esa bestia. Y esa fue la primera y última vez en mi larga vida que monté un caballo.
Cuando íbamos a la finca del abuelo yo prudentemente desaparecía de la mirada ruda de mi padre, para no tener que treparme a ninguna bestia.
Quizás algún día me suba al carrusel de los caballitos en una feria, aunque no lo creo porque me mareo fácilmente dando vueltas en redondo.
Sigo siendo un caballero sin caballo… caballero urbano y cosmopolita.
*La vaca filósofa.
Foto: Especial