octubre 19, 2021

Regina, ¡un amor imposible!

Regina, ¡un amor imposible!

 

Bolivar Hernandez
Hace una década decidí ir a vivir al centro histórico de la Ciudad de México, después de haber sido vecino de Coyoacán y la Condesa. Ambos, barrios bohemios y muy agradables para vivir. El centro histórico es diferente, es un barrio decadente habitado por un sector de la población perteneciente a los estratos socioeconómicos bajos, y con una actividad comercial importante. Además, en el centro histórico están los edificios y monumentos prehispánicos y coloniales más significativos para los capitalinos.
Habitar el centro histórico de la CDDMX
Es algo especialmente singular, porque tiene mala fama entre muchos capitalinos y lo consideran peligroso y arriesgado transitar sus calles y avenidas, debido a la delincuencia organizada en mafias poderosas, que atracan comercios y transeúntes a plena luz del día.
Sin embargo, el centro histórico es un foco de atracción para la vida cotidiana de esta mega urbe de orden mundial. Se sabe que diariamente esta zona recibe una afluencia de un millón y medio de personas, que acuden a realizar ahí diversas actividades. Ésta considerable invasión de personas consumen agua, energía eléctrica, saturan los transportes colectivos, degustan alimentos en los puestos callejeros y en los miles de restaurantes existentes, y producen también cientos de toneladas de basura al día.
Pues yo quería experimentar, como antropólogo, una vida activa en una zona decadente, con una imagen urbana decadente. Y me integré plenamente a la vida urbana del centro histórico con gran satisfacción, trabajé ahí como terapeuta aunque los pacientes provenían de otras zonas de la CDMX.
Recorrí de madrugada todos los días del año sus calles y avenidas en la bicicleta, asistí a casi todos los sitios que ofrecen comidas baratas y caras, me hice amigo de los policías de barrio, de los barrenderos, de los cuidadores de autos en la vía pública, los viene viene, de los comerciantes de los dos mercados populares existentes, ambos se llaman Mercado de San Juan.
La calle donde viví y pude disfrutar siempre se llama Regina
Es una arteria peatonal que tiene una extensión de unas diez cuadras, que arranca desde la avenida Bolívar y desemboca en la avenida Pino Suárez. Es paralela a la avenida Izazaga, y a la calle de Mesones.
En la calle de Regina existe una magnífica iglesia que se llama Regina Coeli, y junto está un asilo de ancianos privado, de la fundación Concepción Béistegui.
Enfrente de estos sitios mencionados hay un edificio que en el siglo pasado fue un hospital o clínica medica, el sanatorio Regina, y que actualmente es ocupado por inquilinos y por artistas con sus respectivos talleres de arte.
La planta baja es ocupada por el famoso café Regina, el sitio predilecto de los turistas extranjeros por tener un cierto aire parisino, y que cuenta con una terraza al aire libre. Y ofrece un menú europeo y nada mexicano típico.
Un joven francés, artista gráfico, y un grupo de amigos fundaron el Café Regina con mucho éxito en sus actividades culinarias y artísticas. Es también una galería de arte, y centro de reunión para actividades culturales como fue en su momento La Tertulia de los poetas vivos, iniciativa mía y de otros colegas poetas.
El joven francés se llama Ichaso, palabra de origen vasco, ya que su padre es español, y su madre francesa.
Desde que llegué a vivir al centro histórico de la Ciudad de México, busqué un buen café y lo encontré en la calle de Regina, se llama el Jekemir, un excelente café, ubicado en Regina esquina con Isabel La Católica, y posteriormente se tuvo que reubicar en el edificio del asilo de ancianos del que ya hice mención.
Un día, caminando por Regina…
Con el diario El País bajo el brazo, observé que había un nuevo café en esa calle, y entré y pregunté al joven francés, ¿Cómo está tu café? Y el me respondió: Entra, te invito un café americano. Y desde ese día no dejé de frecuentar el café Regina. Me conmovió el trato afable de Ichaso.
En el Café Regina tuve la fortuna de tener una exposición de mis pinturas de acuarela , de mis mujeres, con mucho éxito. Ese día de la inauguración sopló un viento huracanado en toda la ciudad, que hizo volar mis obras por los aires, fue muy divertido recoger mi obra del suelo y volver a montarlas.
Mucho tiempo después discurrí organizar en el café Regina una tertulia literaria al estilo de España, y obtuve una sala interior para reunirnos los poetas y otros artistas una vez por semana ahí.
Me entero que el edificio de la antigua clínica de Regina fue vendido y los nuevos dueños del inmueble quieren sacar a todos los inquilinos de ahí.
Se va el Café Regina, donde tomé café todos los días varios años, ahí trabajaba pintando, dibujando e inclusive atendiendo pacientes que no querían estar en el consultorio.
¡Cómo no te voy a querer Café Regina!, !Cómo te voy a olvidar!…
¡Hasta pronto clientes del café Regina!, principalmente aquellos profesores y alumnos de la Universidad del Claustro de Sor Juana, situada enfrente.
*La Vaca Filósofa
Fotos: Bolivar Hernandez

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Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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