Plagio, la más reciente novela de Héctor Aguilar Camín

 

El lunes anunciaron que se había ganado un premio literario. El martes lo acusaron de haberse plagiado unos artículos periodísticos. El jueves lo acusaron de haberse plagiado también el tema de la novela premiada. El lunes siguiente setenta y nueve escritores firmaron una carta exigiendo que devolviera el premio y que renunciara a su puesto en la universidad, un pequeño imperio. El miércoles renunció al premio y al puesto. El mismo miércoles supo que su mujer tenía tratos con el instigador de la campaña en su contra. El lunes de la siguiente semana le llevaron la grabación de una llamada entre su mujer y su rival. El jueves su rival amaneció acuchillado. El viernes lo visitó la policía. Todo esto requiere una explicación.

 

La explicación es esta novela: un juego de espejos sobre el plagio, la admiración, la envidia, los celos, el azar, la muerte. Y la policía.

 

Plagio es un thriller cargado de humor negro que relata la caída en desgracia de un escritor maduro y funcionario universitario, quien es descubierto y denunciado como plagiario. La novela comienza cuando al narrador y protagonista del relato le conceden el premio Martín Luis Guzmán, de escritores para escritores, el galardón literario más prestigioso y el de mayor monto económico de México. Sin embargo, al día siguiente de darse a conocer esta noticia, es acusado en las páginas de El Imparcial —un diario de izquierda y el de mayor impacto en los círculos culturales del país— de haberse plagiado numerosos artículos periodísticos.

 

El denunciante es un tal Voltaire, un joven y talentoso escritor, a quien nuestro protagonista admira en secreto. Tras diversas conversaciones con el rector de la Universidad, amigo suyo, y un intento más o menos fallido de solventar la crisis mediática derivada de esta primera acusación, el escritor y funcionario recibe un segundo golpe: es acusado ahora de robarse el tema de la novela premiada.

 

A partir de este momento los acontecimientos se precipitan: setenta y nueve escritores firman una carta pidiendo su renuncia al premio y a su puesto en la Universidad Nacional, como coordinador de difusión cultural, el rector pone en tela de juicio su amistad, y el protagonista descubre que Dalia, su pareja y titular del noticiero universitario, es amante de Voltaire. Loco de celos, decide espiar a la pareja de amantes. Al confrontar a Dalia y reprocharle su traición, el protagonista jura que asesinará a Voltaire, a cuchilladas. A los pocos días, el joven y talentoso escritor, aparece muerto, acuchillado, en su departamento. Por supuesto, el exfuncionario universitario caído en desgracia es el principal sospechoso.

 

Pero ¿y si fuera inocente? ¿Y si esta vez la realidad lo estuviera plagiando a él? Un detective con cierta perspicacia literaria quizá pueda resolver el misterio.

 

FRAGMENTO:

“…La admiración es una forma noble de la envidia. De hecho, es envidia al revés, aunque la envidia al revés puede llevar al desdén y al desprecio. Mientras transcribía los pasajes de autores que me habían deslumbrado, de la luz misma que irradiaban los textos iba naciendo en mí la vanidad de descubrir sus imperfecciones y la tentación de cambiar lo que copiaba. Lo cambiaba aquí y allá, tímidamente al principio, desfachatadamente después, hasta tener al final un texto que era el que admiraba, pero deshecho y rehecho por mí. Ahí donde el autor o el traductor había escrito: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”, yo ponía: “Me duermo temprano hace algún tiempo, desde que empecé a soñar”, y seguía copiando, corrigiendo y deshaciendo el pasaje de mis amores, haciéndolo mío conforme lo traicionaba, al punto de perder en el camino toda posibilidad de saber qué había escrito en ese pasaje el escritor que admiraba y qué había puesto yo.

 

Fue así como me hice escritor, copiando con humildad y reescribiendo con soberbia las cosas que admiraba.

 

Nunca me deslumbró el Quijote, pero copié muchas veces su principio para contagiarme de su reputada grandeza. Luego de varias copias entendí que esa grandeza se debía sobre todo a su consistencia rítmica. La primera página del Quijote, como tal, era léxicamente inentendible, al menos para mí: me perdía por completo en la significación de las palabras. Pero su música era pegajosa y risueña, como una rumba flamenca. Aquello de que el personaje tenía duelos y quebrantos, traducido a su verdadero significado, quiere decir que comía huevos con tocino, pero no suena igual, no tiene el misterio sonoro y melancólico de los duelos y los quebrantos.

 

Conforme entendía esas cosas de los textos que copiaba, los textos iban perdiendo o adquiriendo grandeza ante mí, a menudo las dos cosas. Y me los iba apropiando sin recato, haciéndolos míos en mi propia versión alterada, sin tener respeto alguno, al final, por lo que había leído de rodillas, al principio. Me iba haciendo descreído ante los milagros del idioma, irrespetuoso primero, luego infractor, luego ladrón, pero no idiota.

 

Cambié la primera página del Quijote lo suficiente para volverla un capítulo de la primera novela mía que ganó un premio: la historia de un hombre venido a menos, aficionado a las telenovelas y enloquecido por ellas al punto de que un día decidía empezar una vida de galán de telenovela, a sus cincuenta y cinco años. Se ponía los trajes y los afeites que veía en la tele y se iba por la ciudad donde vivía asumiendo el papel de galán ante las mujeres hermosas que encontraba en las calles o en los restaurantes de moda de los que era echado sin consideración y donde pronunciaba, sin embargo, largas parrafadas sobre el amor, aprendidas en las telenovelas, que hacían reír a los meseros y despertaban la curiosidad de cuantos lo oían, que eran muchos y variados, y de fantasiosa condición, como la suya.

 

Todos pudieron entender que mi novela derivaba del Quijote pero nadie distinguió nunca, al final ni yo mismo, las incontables frases literales que robé de Cervantes y las otras, incontables también, que añadí deformando las frases originales, trayéndolas, como dicen los economistas, a valor presente, de modo que donde hubo novelas de caballerías, había ahora telenovelas, donde hubo ventas y mesones había hoteles de cinco y dos estrellas, y donde hubo la añoranza de la caballería, había ahora las nostalgias del amor osado más allá de la muerte.

 

Podría poner aquí un pasaje de aquella novela para ilustrar el procedimiento y poner comillas en las tomas literales que nadie descubrió, pero mi oficio no consiste en poner comillas, sino en borrarlas…”

 

Héctor Aguilar Carmín (Chetumal, 1946) es una figura clave del mundo intelectual de México. Escritor, historiador y periodista, su obra de ficción incluye las novelas Morir en el Golfo (1985), La guerra de Galio (1991), El error de la luna (1994), Un soplo en el río (1998), El resplandor de la madera (2000), Las mujeres de Adriano (2002), Mandatos del corazón (2003), La tragedia de Colosio (2004), La conspiración de la fortuna (2005), La provincia perdida (2007), Adiós a los padres (Literatura Random House, 2015) y Toda la vida (Literatura Random House, 2017). Es autor de un libro de historia clásico sobre la Revolución Mexicana: La frontera nómada. Sonora y la Revolución Mexicana (1977) y de varios libros de reflexión y crítica sobre el camino de México hacia la modernidad: Saldos de la revolución (1982), Después del milagro (1988), Subversiones silenciosas (1994), La ceniza y la semilla (2000), Pensando en la izquierda (2008) y, en coautoría con Jorge G. Castañeda, los influyentes ensayos Un futuro para México (2010), Regreso al futuro (2011), Una agenda para México (2012). Coordinó junto con la Universidad de Guadalajara el libro ¿Y ahora qué? México ante 2018 (Debate, 2017). Fue fundador de la revista Nexos (1978), decana de la prensa cultural de México, de la que es actualmente director.