septiembre 21, 2021

París, Mon Amour, aunque la policía francesa pensara que era un inmigrante indocumentado procedente del norte de África

París, Mon Amour, aunque la policía francesa pensara que era un inmigrante indocumentado procedente del norte de África

 

Francia, y concretamente la Ciudad de Paris, la Ciudad Luz, es la cuna de la civilización occidental. Desde muy niño anhelé conocer París y por fin pude lograrlo muchos años después.

 

Siendo por tradición familiar un enciclopedista al estilo de los franceses, deseaba estar en ese sitio cargado de historia, y conocer al dedillo los puntos de interés:

La Torre Eiffel, La Bastilla, Palacio de Versalles El Museo del Hombre, El Museo de los Impresionistas, El Museo Rodin, Notre Dame, Montmart, El Museo Pompidou, El Museo de Louvre y La Sorbona.

Además de El Arco del Triunfo, los campos Elíseos, el Sena, el barrio latino, el cabaré Molino Rojo, Pigalle, entre otros atractivos.

 

Llegar a Paris

Y desembarcar en el aeropuerto Charles de Gaulle es toda una experiencia para alguien como yo, con rostro de argelino, africano, al que la policía francesa habrá de interrogar y solicitar los documentos de identidad a cada rato. Y desconfiar de la autenticad de mi pasaporte que piensan es una falsificación, y que soy un inmigrante indocumentado procedente del norte de África, del Magreb. 

 

Llegué directamente en el metro desde el aeropuerto hasta la Ciudad Universitaria, y de inmediato ubiqué La Casa de México, y ahí me instalé en un cuarto individual. Durante mi estancia en la Ciudad Universitaria tomaba mis alimentos en el comedor universitario, atestado de estudiantes de todo el mundo. El menú era sencillo y abundante: papas, verduras, poca carne y mucho pan blanco.

 

Como me quedaba con hambre, salía al barrio latino y en el súper compraba una baguette, queso, yogur y alguna fruta tropical.

 

Evitaba usar el transporte público, mucho menos el metro porque la policía me detenía de inmediato, pese a traer consigo la famosa Carta Naranja, que me permitía viajar en cualquier medio de transporte público. Y decidí sabiamente solo caminar por la superficie parisina. Admiraba la arquitectura francesa tan de moda en el México del porfiriato del siglo XIX.

 

Nunca subí a la Torre Eiffel que aparte de ser muy caro el boleto para ingresar hasta la cúspide, a mí me producen vértigos las alturas. Estuve, eso sí, en todos los museos de arte de París.

Como uno más de los 10 millones de turistas que visitan anualmente el museo más importante del mundo, El Louvre, me formé en largas filas para poder ingresar, pagando 15 euros.

 

Junto con miles de turistas japoneses que en esa época descubren París y lo invaden masivamente, conviví horas con esos simpáticos asiáticos, que traían una cámara fotográfica Canon o Nikon, Minolta, colgada de su cuello.

 

Ingresamos todos por la pirámide de vidrio colocada estratégicamente en La Cour (Corte) Napoleón. Pirámide del escándalo público por su construcción vanguardista encargada por el presidente Francois Miterrand al arquitecto chino estadounidense Leoh Ming Pei, en 1985.

 

Entramos por fin al recinto hermoso del Louvre

Junto con miles de asiáticos, bajitos, sonrientes, de edades indefinibles, con ojos de alcancía. Codo a codo, hombro con hombro. Avanzando lentamente por el ala izquierda para dirigirnos hacia donde se encuentra La Mona Lisa, La Gioconda, ese mundialmente conocido retrato de Leonardo da Vinci, pintado en el el siglo XVI, y que mide escasos 77 cm X 53 cm.

 

La fila muy apretada con los turistas asiáticos, se acercan al famoso cuadro de da Vinci, con la cámara fotográfica lista para disparar cientos de veces al cuadro. No había selfies en esa época, afortunadamente. Avanzamos paso a paso y nos detenemos exactamente 30 segundos ante la Mona Lisa, y ella nos sonríe con ese gesto misterioso, y seguimos paso a paso.

 

Lo hemos logrado, fuimos afortunados en haber visto de cerca a la Gioconda, que después de sufrir varios atentadas con una navaja a cargo de los desquiciados de siempre, ahora está a tres metros de distancia con un vidrio grueso en su frente.

El Louvre es inmenso e imposible de recorrerlo todo en calma durante un solo día, eso es imposible. Existe en su interior alrededor de 7 mil cuadros de pintores famosos.

 

Todos los museos europeos son recintos donde se congregan los patrimonios culturales de Asia, África, Oceanía y América, objetos del saqueo de las metrópolis de sus colonias. Por ejemplo, en el Louvre hay un número mayor importante de piezas procedentes de Egipto que en el museo del Cairo.

 

Permanecí muchas horas en el Louvre, vagando sin rumbo fijo, viendo las magníficas piezas de culturas tan diversas. Lejos de la multitud de turistas que ya vieron a la Gioconda y se retiraron a fotografiar París. Misión cumplida para ellos, según indica su guía sobre el Louvre.

 

De cualquier manera, hay piezas significativas dentro del Louvre qué hay que admirar:

  • La Mona Lisa.
  • Victoria de Samotracia.
  • Las bodas de Canaá.
  • La libertad guiando al pueblo.
  • La consagración de Napoleón.
  • La Gamodalisca.
  • La Venus de Milo.
  • Él escriba sentado.
  • El código de Hammurabi.
  • Gabrielle d’Estreés y su hermana la duquesa de Villars.

 

Al salir del Louvre

Aturdido con tanta belleza y culturas magníficas, me fui en busca de unas crepas callejeras deliciosas, y luego encontré un carro de castañas calientes como carros de camotes de México.

Me senté en una banca de un mini jardín y devoré las crepas y las castañas asadas. Y luego fui por un café capuchino.

 

Para rematar mi estancia en París, decidí volver a Roma, y pues pasar a decirle abur a la Ciudad Luz.

Los franceses jamás durante mi estancia ahí se dignaron dirigirme la palabra ante una pregunta mía. No sé si son pedantes o peor aún si no hablas francés, pues estás muy jodido.

 

Me encamino a la Gare de Lyon, la estación del tren, para adquirir un boleto de ida a Roma. Pues ustedes van creer que no pude comprar un boleto a Roma, porque la señorita de la taquilla no entendía mi pronunciación francesa de los días de la semana y mucho menos mi pregunta sobre el costo del boleto.

 

Yo había practicado un día entero como se dicen los días de la semana.  Yo deseaba un boleto para el domingo por la noche. Y no pude pronunciar correctamente la palabra:  Dimanche.

 

No tuve éxito alguno en la estación del tren, y salí a buscar a alguien con cara de latino o sudaca. Y por fin encontré uno, un chico peruano, estudiante de antropología, y él me hizo el favor de comprar mi boleto a Roma, segunda clase, para el domingo en la noche de un cinco de febrero de algún año de fines del siglo pasado.

De todos modos:  Paris, ¡mon amour!

*La Vaca Filósofa

Foto: philriley427

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Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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