Miedo: Trump en la Casa Blanca (reseña del libro de Bob Woodward)

 

Elisabeth Hellenbroich*

El conocido periodista subdirector del Washington Post, Bob Woodward, célebre por su participación en el escándalo Watergate, acaba de publicar un libro sobre la política de Washington, Miedo: Trump en la Casa blanca. El libro describe el mapa mental del presidente “errático” Donald Trump, quien, en palabras atribuidas al secretario de Defensa, James Matis, tiene el pensamiento de un alumno de quinto año de primaria. No le gusta que lo instruyan ni los profesores ni los generales, ni tampoco estudia a profundidad las minutas que recibe todas las noches de su jefe de gabinete de la Casa blanca; prefiere ver durante horas los noticieros de televisión, de preferencia los de la Fox News, o trasmitir sus opiniones y comentarios a través de Twitter, con el argumento de que, de otra forma, serían distorsionados.

El libro relata reuniones ejecutivas del Salón oval, las que, muestran que la mayoría de las veces suceden peleas entre funcionarios del que su ex asesor Steve Bannon llama el “Estado profundo” (integrado, principalmente, por la CIA, el FBI y el Pentágono) y un presidente egocéntrico y “errático,” que sólo sigue sus instintos, adora “improvisar,” y un día sale con una cosa y otro con otra.

El libro tiene por fuente centenares de horas de entrevistas con fuentes de primera mano y de reuniones, anotaciones, diarios personales, documentos, tanto personales como oficiales, pero no fue escrito siguiendo un plan sistemático y metodológico. Es tan sólo parcialmente cronológico, con varias idas y venidas en el tiempo abarcando desde los meses anteriores a la elección de noviembre de 2016 hasta junio de este año.

El título fue escogido por Woodward para ilustrar lo que Trump llama la esencia del poder, como afirmó en un discurso de campaña de marzo de 2016 en Washington: “El poder real es – no quiero usar la palabra miedo.” En otro pasaje, Woodward menciona un consejo de Trump a un amigo que había observado su mal comportamiento con las mujeres: El poder real es el miedo, Es todo sobre fuerza. Nunca mostré debilidad. Tienes que ser fuerte siempre. Que no te intimiden. No hay elección. Tienes que negar, negar, negar y pasar encima de esas mujeres. Si admites cualquier cosa y cualquier culpa, estás muerto. Ese fue el error que cometiste. Tienes que ser fuerte. Tienes que ser agresivo. Tienes que replicar. Tienes que negar todo lo se dice de ti, nunca confesar.”

El libro de Woodward se lee en ocasiones como un guión cinematográfico, a la manera de las películas de Holywood sobre el comportamiento de los representantes de la élite financiera mundial, como la pelicula El lobo de Wall Street, que abusan de un lenguaje degenerado y vulgar. Pero esta es la dura realidad que Woodward intenta trasmitir al lector. El mensaje es que no existe una oposición u opción efectiva dentro de Estados Unidos y, sobre todo, la pregunta queda abierta: ¿Qué hará la polarizada población estadounidense?

 

Mundo de tinieblas

Si quisiésemos entender mejor como, en estos tiempos de tuiter, redes sociales y lavado de cerebro televisivo, los espectaculares procesos en marcha en Estados Unidos y en todo el mundo están amenazando la paz mundial, sería necesario volver en la Historia, volver al periodo de la decadencia de la Roma antigua, descrita en el siglo IV por San Agustín, como un “periodo de tiniebla” dominado por bandas de ladrones.

Woodward expone algunas disputas esenciales sobre cuestiones de la política exterior estadounidense que resultan ser un cuadro muy complejo de “caos” total y, en la mayoría de los casos, al borde de un “colapso nervioso.” Vemos al mismo tiempo los actos del “Estado profundo” que, desde el inicio de la campaña de Trump, aliado a una prensa muy hostil, comenzó a denunciar una intromisión de Rusia en las elecciones, con relatos públicos sobre una supuesta relación de Trump con prostitutas rusas, en 2013, además de otras acusaciones (hasta ahora no probadas).

Luego se abrió una investigación judicial encabezada por el procurador especial Robert Mueller, cuyo foco son las supuestas conexiones rusas de Trump, proceso que lo convierte en rehén de una campaña permanente de acoso.

 

Una luz sobre las intrigas del gobierno: ¿Guerra con Corea del Norte?

En el prólogo del libro, Woodward dice algo del modus operandi de un gobierno que siempre está en el límite. Relata cómo, a principios de septiembre de 2017, Gary Cohn, ex presidente del mega banco Goldman Sachs y principal consultor del presidente de la Casa Blanca, tenía libre acceso al Salón oval. Sobre la mesa estaba el borrador de una carta para el presidente de Corea del Sur, la cual comentaba el Acuerdo de Libre Comercio Corea-EEUU, conocido como KORUS. Trump reiteró durante meses la amenaza de retirarse del acuerdo, uno de los pilares de la relación económica, de la alianza militar y de la mayoría de las operaciones y capacidades de espionaje secreto, escribe Woodward. Con un acuerdo que se remonta a los años cincuentas, Estados Unidos tiene 28 militares estacionados en Corea del Sur.

La presencia en el país asiático representa la esencia de la seguridad nacional de Estados Unidos, según Woodward. Trump, sin embargo, enfureció porque Estados Unidos tenía un déficit comercial anual de 18 mil millones de dólares con Corea del Sur y estaban gastando 3 500 millones de dólares al año para mantener allí las tropas estadounidenses. La carta que vio Cohn representaba un potencial gatillo para iniciar una catástrofe de seguridad nacional. A Cohn le preocupaba que Trump firmara la carta si la viese. Según Woodward, Cohn tomó la carta y la escondió. “La robé de la mesa de él. No le dejaría ver eso. Él nunca va a ver ese documento. Fue para proteger al país,” dijo a un amigo. “En la anarquía y en el desorden de la Casa blanca, escribe Woodward, y en la mente de Trump, el presidente nunca notó la ausencia de la carta, parecía que estábamos caminando perpetuamente al borde del peñasco.”

Por otro lado, dice Woodward, los tuits del presidente podrían haber llegado a iniciar una guerra con Corea del Norte a principios de 2018. El líder norcoreano, Kim Jong-Un dijo el día de Año nuevo: “No es una mera amenaza, sino una realidad, tengo un botón nuclear en la mesa de mi escritorio. Todo el continente de Estados Unidos está dentro del alcance de un ataque nuclear.” Trump respondió vía Twitter: “Por favor, que alguien de su agotado y hambriento régimen le informe que yo también tengo un botón nuclear, pero mucho mayor y más poderoso que el de él, y mi botón funciona.” Trump propuso en privado ordenar que todos los familiares y dependientes de los militares estadounidenses estacionados en Corea del Sur dejasen el país.

El tuit no salió. El secretario de Defensa, Mattis, se mostró particularmente alarmado y exasperado cuando dijo a sus colaboradores cercanos que el presidente actuaba y tenía el entendimiento de “un alumno de quinto o sexto año.” También el secretario de Estado, Rex Tillerson, trató de calmar la situación y terminó sin empleo, en marzo, cuando los sustituyó el director de la CIA, Mike Pompeo.

 

Steve Bannon: “Yo soy el director y él es el actor”

Steve Bannon, director del sitio de internet de la derecha Breitbart News, fue el estratega jefe de Trump en el gobierno durante algunos meses, hasta su renuncia, en agosto de 2017. De acuerdo con Woodward, fue él quien le enseñó a Trump la esencia del “populismo” y de la política de “Los Estados Unidos primero.” Bannon es un fervoroso nacionalista, además de enemigo de cualquier cosa que parezca una política global y, en especial, del acuerdo nuclear con Irán.

Durante la campaña, una de las principales donadoras del Partido republicano, Rebekah Mercer, sugirió que Trump debería contratar a Bannon en calidad de asesor de campaña, en sustitución de Paul Manafort. Bannon aconsejó a Trump diciéndole que la “élites del país se sienten cómodas con administrar el declive. Los trabajadores no se sienten así. Ellos quieren hacer grande a Estados Unidos de nuevo. Vamos a simplificar esta campaña. Hillary Clinton es la tribuna de una status quo corrupto e incompetente de la élite que siente la voluntad de administrar el declive. Usted es la tribuna del hombre olvidado que quiere hacer a Estados Unidos grande de nuevo. Y vamos a hacerlo en algunos temas… Número uno, vamos a parar la migración ilegal en masa y a comenzar a limitar la migración legal, para recuperar nuestra soberanía. Número dos, usted va a traer los empleos manufactureros de vuelta al país. Y número tres, vamos a salir de las injustificadas guerra extranjeras.”

 

Política exterior: luchas constantes y humillación

Durante una reunión del Consejo de Seguridad Nacional, en julio de 2017, dedicada a Afganistán, Trump estalló interrumpiendo al consejero de Seguridad Nacional, general McMaster: “He escuchado esa bobería sobre Afganistán durante 17 años sin éxito. (…) No podemos continuar con la misma estrategia. El mejor informe que recibí fue de un par de soldados de línea (con los que almorzó la noche anterior, en presencia de McMaster y del vicepresidente Mike Pence), no de los generales.”

“No me importa ese personal,” dijo a Mattis, a McMaster y al jefe del Estado Mayor, James Dunford. “Afganistán es un desastre. Nuestros aliados no están ayudando… La OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) es un infortunio y un desperdicio. (…) Los soldados del frente pueden administrar las cosas mejor que ustedes,” dijo el presidente a sus generales y asesores. “Ellos podrían hace un trabajo mucho mejor. No sé qué diablos estamos haciendo. “En las palabras de Woodward, “fue una regañada de 25 minutos para los generales u los altos funcionarios.”

Para Mattis y Cihn (que presidió la asesoría económica del presidente hasta marzo de 2018), Trump no entiende la importancia de los aliados en el exterior, ni el valor de la diplomacia o de las relaciones entre los militares, ni la economía ni los servicios de espionaje, ni de las sociedades con los gobiernos extranjeros. Ellos querían convencerlo de que el déficit comercial de 500 mil millones de dólares no estaba perjudicando a la economía estadounidense. En junio de 2017, ellos organizaron una presentación para Trump sobre la arquitectura internacional del mundo. Tillerson y Mattis explicaron que la participación de Estados Unidos en todo el mundo mantuvo 70 años de paz. Para Bannon esto era tan sólo una “viejo orden mundial, compromisos ilimitados y caros.” Woodward describe que Trump balanceaba la cabeza a tiempo en todo desacuerdo. Para él todo eso eran “babosadas.”

 

La salida del acuerdo con Irán

En la reunión, Bannon intervino para afirmar que hablaría de un problema real: “El presidente quiere anular el acuerdo iraní y ustedes van lentos. Es un acuerdo terrible. Una de las cosas que quiere hacer es imponer sanciones a Irán. ¿Algunas de esas mierdas de grandes aliados de la Unión Europea va a apoyar al presidente? Toda esa conversación sobre como ellos son nuestros socios. ¡Denme uno que apoye al presidente en las sanciones!”

Tillerson respondió: “Lo mejor que podemos decir es que ellos (Irán) no está violando nada. Todas las agencias de espionaje están de acuerdo en ello. Fue el punto crítico. ¿Cómo podrían imponer nuevas sanciones si no hubiese violación del acuerdo?”

Trump volvió a la carga: “Todos ellos están ganando dinero,” y agregó que la UE estaba negociando y haciendo grandes acuerdos con Irán.  ¿Y cuándo vamos a ganar alguna guerra? Por qué me quieren hacer tragar eso?” –preguntó, en referencia a Afganistán. Le tocó responder a Dunford: “Sr. Presidente, no hay mandato para vencer.” Matis y Dunford estaban proponiendo nuevas reglas de participación para las tropas de Estados Unidos en Afganistán. Mattis trató nuevamente de intervenir y Trump afirmó: “La razón por la que estamos en esos lugares es porque ustedes han recomendado esas actividades.”

De vuelta a Irán, dijo Tillerson: “Ellos están cumpliendo (el acuerdo), a usted puede no gustarle.” Trump replicó: “Eso es mucho stablishment.”

Sus subordinados estaban argumentando que todas esas cosas encajaban –el acuerdo comercial con China, con México, el acuerdo nuclear con Irán, la movilización de tropas y la ayuda externa. Trump dijo no a todo lo que se presentó. Bannon, entonces, preguntó al secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, sobre los aliados europeos: “Esos grandes socios, los europeos, ¿qué van a hacer con las sanciones? ¿Están dentro o afuera?” “Ellos nunca van a apoyar eso,” dijo Mnuchin. Bannon concluyó: “No tengo más argumentos. Ahí están sus aliados.”

Trump intervino: “Las empresas europeas son una punta de inútiles. Simens, Peugeot, Volkswagen y otros nombres europeos conocidos de todos estaban invirtiendo activamente en Irán.” Volteando hacia Tillerson, lo llamó “debilucho”, porque no quiere descalificar a Irán para, luego, volver a sus problemas favoritos. Quería imponer tarifas al acero, al aluminio y a los automóviles importados. “Gastamos 3.5 mil millones de dólares al año para mantener tropas en Corea del Sur,” dijo rabiosamente. “Ellos no podían decidir si ellos querían el sistema contra proyectiles THAAD y si ellos lo van a pagar o no… Mande al diablo eso, yo no doy nada por eso.” En seguida, se levantó y se fue. Más tarde Tillerson dijo a Cohn que Trump era “un idiota de mierda”.

 

La investigación especial de Mueller

En mayo de 2017 se le pidió a John Dowd, uno de los abogados de Washington más capacitados para tratar delitos de cuello blanco, que fuera asesor de Trump en la investigación de Mueller. Como Woodward observó. Dowd nunca había visto a nadie como el procurador especial, con tan amplia autoridad para investigar la cuestión rusa.

En su equipo había muchos demócratas. Dowd no encontró ninguna colusión con los rusos ni ninguna obstrucción de la justicia por parte de Trump. Más preocupante fue la renuncia del jefe del FBI, James Comey, a quien Trump le había pedido que la “llevase tranquilo” con el general Mike Flynn, su primer señalado para el Consejo de Seguridad Nacional, obligado a renunciar con menos de un mes en el cargo, por haber sostenido conversaciones privadas con el embajador ruso en Washington. Dowd le aseguró al presidente que su estrategia para lidiar con Mueller era “cooperar y exprimirlos hasta que no tengamos una idea de lo que estaba pasando por sus cabezas.”

A partir de esa imagen y en la cooperación de 37 testigos y de toda la documentación entregada, repitió varias veces: “No veo un caso aquí.” Pero le dijo a Trump que no debería testimoniar personalmente. Dowd estaba convencido de que Trump no conseguiría lidiar con algunas preguntas, pero no dijo que creyera que “él era un mentiroso.” Dowd terminó por renunciar en marzo de 2018. Al final del libro, Woodward afirma que “Dowd permaneció convencido de que Mueller nunca tuvo un caso ruso o un caso de obstrucción de la justicia. Estaba buscando una “trampa de perjurio.” Creía que el presidente no tenía ni complicidad con Rusia ni había obstruido la justicia.”

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