abril 14, 2021

Mi #idilio con las gemelas canadienses duró un año; pero tuve que decirles #Bye, #bambinas

Mi #idilio con las gemelas canadienses duró un año; pero tuve que decirles #Bye, #bambinas

 

Esta es la breve historia de unas gemelas canadienses con las que compartí un año de mi vida. Fue difícil convivir con ellas y adaptarnos a todo. Yo las elegí entre otras gemelas disponibles.

 

En esa época, los años del principio de este siglo XXI, vivía en la bella Ciudad colonial de Querétaro por razones de trabajo, yo era el director de la carrera de psicología en la universidad de Londres.

 

En el 2008 sucedieron muchas cosas importantes en mi vida

Primero, mi esposa de entonces me abandonó sin más motivo que el de mi precaria salud.

Segundo, me descubrieron un cáncer agresivo.

Tercero, me quedo inválido, no puedo caminar, mis piernas no me sostienen.

 

En esa época descubrí que tengo alma de guerrero y no me rendí, sino que luché con mi vida por mi vida. Lo di todo.

 

Escribí mi experiencia de vida, que eran largas historias de dolor y sufrimiento físico, además de elaborar el duelo del abandono del “amor de vida” en ese entonces.

Escribir me salvó la vida y me apartó de la locura,  y también la pintura de mis retratos femeninos, fueron procesos terapéuticos ambos.

 

Frente a mi discapacidad motriz evidente

Una congregación de evangélicos me donaron una silla de ruedas, y tuve que asistir al culto dominical a recibir el obsequio y ofrecer mi testimonio de vida frente al cáncer. Todos lloraron, y yo también.

 

Acepté la silla de ruedas, pero no la idea de sentarme y moverme en ella. Nunca la usé, me resistía a aceptar mi discapacidad temporal. Y en cuanto pude, dos semanas después, en otro culto dominical, devolví la silla de ruedas y me volví a dirigir a los feligreses, indicando que seguramente habría otras personas más necesitadas de ese auxilio que yo.

Y agradecido por el gesto de esos buenos cristianos, me despedí de ellos con otro conmovedor discurso. Lloraron todos, y yo también.

 

Para ese entonces yo ya andaba por todos lados con mis gemelas canadienses. Muy orondo y seguro de mi mismo.

 

Muchas anécdotas sucedieron al caminar con ellas por las empedradas calles de Querétaro. Los perros me ladraban agresivamente por andar con las canadienses.  Nunca camino por las aceras o banquetas, siempre lo hago en la calle, no a media calle. Y los automovilistas o me mentaban la madre por mi atrevimiento o me saludaban o me ofrecían llevarme en sus autos a mi casa.

No acepté favores de traslados motorizados por dignidad, yo podía caminar con dificultades pero era un reto personal hacer eso.

 

Un año entero me moví con mis gemelas canadienses por cualquier sitio de la Ciudad. Inclusive, acepté una invitación a comer en casa de una amiga que habitaba un suburbio de Querétaro, en la punta de un cerro, literalmente. Subí con trabajos y apoyado en las gemelas canadienses.

 

Nunca me rendí, y siempre luché con toda mi alma por superar mi discapacidad temporal.

Cómo no las voy a querer!,  les decía constantemente a mis gemelas canadienses.

 

Al cumplir nuestro primer aniversario, las gemelas canadienses y yo, nos despedimos amorosamente. ¡Bye, bambinas!

Las gemelas canadienses son de aluminio liviano, y no se apoyan en las axilas sino sobre los bíceps.

 

Hoy en el 2021

Muchos años después de aquellos años, camino despacio y cojeó un poco.

 

Pero como ya no llevo ninguna prisa en la vida, hoy todo lo hago despacio: tanto en el comer, en el caminar, y en el amor también.

*La Vaca Filósofa

Gif: tenor.com

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