septiembre 18, 2021

Las vicisitudes de un vegetariano y las travesuras del aguardiente

Las vicisitudes de un vegetariano y las travesuras del aguardiente

 

Bolivar Hernandez*

Desde muy joven decidí convertirme en un ser vegetariano, y lo sigo siendo. Quizá un hecho de mi infancia marcó mi vida posterior con respecto a los pollos; fue que mi madre me encargó cuidar un pollo con esmero. Lo hice como soy siempre con responsabilidad. Pero un día entro a mi casa paterna y me percato que el pollo está dentro de una olla hirviente.

Nunca jamás volví a comer pollo o ave alguna. De eso ya han pasado 60 años.

 

Como antropólogo he tenido que convivir con grupos de campesinos, indígenas o con mestizos del agro, del México profundo, el medio rural. Y aplicando el método de investigación denominado observación participante, de mi maestro Malinowsky. Que consiste en vivir la cotidianidad con los agricultores, hacer lo mismo que ellos, y eso implica comer lo mismo, y trabajar el campo con la yunta de bueyes.

 

En los años 70

Fui a Chiapas a trabajar en el proyecto hidroeléctrico La Angostura, por espacio de dos años. El proyecto consistía en construir una presa sobre el río Grijalva, y desalojar a muchas comunidades y poblaciones asentadas en lo que sería el embalse de la presa; un lago artificial de 100 km de largo y 40 km de ancho.

Y el equipo de antropólogos teníamos qué estudiar a las comunidades que iban a ser desalojadas, y construir sus nuevas viviendas de acuerdo a sus tradiciones en otros sitios, lejanos del pueblo original.

 

Conviví con pobladores de diversos pueblos campesinos, y tuve que comer de todo: peces de ríos, pollos a mi pesar, armadillos, tepezcuintles, monos, y hasta víboras. El agua que bebía era extraída de los ríos, agua cargada de lodo que dejaba asentar toda las noches.

 

Por estas precarias condiciones de vida rural, enfermé gravemente de disentería. Y estaba en esa ocasión viviendo en una aldea aislada por la crecida de los ríos circundantes; los víveres escaseaban y padecimos mucha hambruna todos.

Y fue ahí que acepté comer una rica culebra, una mazacuata. Tenía mucho apetito, pero mi mente no soportó que tuviera en mi estómago un repugnante reptil, y vomité todo lo que había comido.

 

Muy debilitado ya por la infección estomacal y sintiendo morir, tenía un cuerpo esquelético como faquir, y de pronto escucho el motor de un helicóptero y desde tierra pido auxilio, bajó y me llevaron directo al hospital en Tuxtla Gutiérrez. ¡Y así salvé la vida!

 

Siendo empleado de la CFE

De la Comisión Federal de Electricidad, me puse al frente en defensa de la población afectada. Fui despedido por ese acto de rebeldía institucional; y permanecí en Chiapas litigando por los derechos de los afectados por la presa La Angostura.

Las mejores tierras de cultivo y los viejos poblados quedaron bajo las aguas del embalse; los pobladores viejos se resistían dejar sus casas y tuvieron que salir empujados por el ejército, con violencia.

 

Los terrenos de los nuevos asentamientos humanos eran rocosos, inservibles para la agricultura. Y todo tenía que ser removido con dinamita, hasta las nuevas tumbas del panteón.

Un desastre total, y yo me opuse a esos desatinos y no gustó al gobierno.

 

Como despedida

Tras años de lucha por la población campesina chiapaneca, el cacique de un pueblo grande, don Carmen Orantes, me ofreció una comida de despedida y de agradecimiento.

 

Se reunió una gran cantidad de pobladores y yo presidí la mesa acompañado de Orantes.

El banquete consistió en una enorme cabeza de buey, a la cual los invitados le iban cortando trozos de carne, incluyendo los ojos.

 

No comí absolutamente nada pretextando un malestar estomacal, solo tuve que beber enormes cantidades de aguardiente, siendo abstemio, sufrí los rigores de una borrachera monumental.

*La Vaca Filósofa

Foto: Christine Sponchia/Pixabay 

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