Las porristas norcoreanas cuentan con una disciplina militar y las supervisan hasta cuando van al baño

 

Un murmullo colectivo se dio a la tarea de extenderse por las gradas del Centro de Hockey Kwandong el pasado lunes por la noche. Los asistentes mantenían en alto sus teléfonos para tomar fotografías.

Habían llegado las animadoras norcoreanas.

“Se ven muy bonitas”, dijo Hyun Myeong-Hwa, de 58 años, proveniente de Cheongju, Corea del Sur, quien se dio a la tarea de grabar a las mujeres mientras tomaban sus asientos treinta minutos antes de que el equipo olímpico unificado de Corea jugara contra Suecia. Aunque la misma Hyun indica tener sentimientos encontrados sobre la presencia de las porristas.

“Entiendo las críticas negativas por su asistencia”, señalo. “Pero creo que debemos ser positivos y de mente abierta hacia ellas. Somos el mismo pueblo”.

La presencia del equipo –conformado por 229 mujeres, integrantes de la delegación de Corea del Norte para los Juegos Olímpicos de Invierno en Pieonchang— ha obtenido una carga política y ha causado reacciones divididas entre los espectadores.

Las animadoras han sido escogidas como parte de una ofrenda de paz, una forma preliminar de aliviar las tensiones en estos momentos de crisis nucleares en la península, dividida desde 1953. Empero, también han sido criticadas y calificadas como los componentes que cantan y bailan de una campaña de propaganda norcoreana en los juegos.

Se encuentra bajo un estricto control: entran y salen de las arenas olímpicas en las que dan su espectáculo con guardaespaldas que las protegen de cualquier interacción con extraños. En esta esfera tan pública han sido fuente de una intensa e incesante curiosidad. Dado que son tantas y con ello han sido parte de escenas algo surreales, han conseguido un nivel de atención —en las mismas sedes deportivas y por parte de los medios— que despertaría la envidia de la mayoría de los atletas olímpicos.

“Es una parte más de su ofensiva de paz y encanto”, dijo Duyeon Kim, investigador sénior visitante en el Foro para el Futuro de la Península de Corea.

A pesar de todo el escrutinio del que han sido objeto, es poco lo que se sabe sobre las porristas.

El grupo de animación se hospeda en 108 unidades de condominio en un alejado centro turístico en Inje Speedium, un complejo de pistas de carreras en el condado Inje localizado a lo largo de las laderas del monte Sorak. Ahí, en la mayoría de los casos, hay dos personas en una misma habitación, según Kim Tae-eun, vocero de Inje Speedium. Hay veintiún reporteros norcoreanos que también se quedan en habitaciones ahí. Según Kim, la mayoría de las unidades tienen dos televisiones con canales locales y satelitales disponibles (lo que pondría en entredicho la idea de que los norcoreanos no pueden tener acceso a información sobre cómo se vive fuera del régimen de su país).

Kim indicó que las animadoras comen en uno de los salones del hotel adyacente, a donde llegan en grupos escalonados de aproximadamente treinta personas acompañadas por dos chaperones masculinos de mayor edad. Entran al salón en filas dobles y bien alineadas. Cuando terminan de comer, se forman de nuevo para la caminata de dos minutos de regreso a sus habitaciones.

Esa precisión militar ha sido uno de los distintivos visuales de su visita. El 12 de febrero, en el estadio de hockey, las norcoreanas llevaban bolsas idénticas en las que tenían todo su equipo para hacer porras, incluyendo la bandera blanca y azul de una Corea unificada. Vestían trajes de nieve de color rojo —cuyo material hacía un fuerte ruido cuando caminaban en grupos— y tenis blancos que se parecían un poco a unos Adidas. Gritaban lemas sobre la unidad y cantaban viejas tonadas folclóricas coreanas.

Las norcoreanas no se mueven si no las acompaña al menos un compatriota más y un monitor del gobierno de Corea del Sur. Las idas al baño antes y después del partido de hockey, por ejemplo, fueron en grupo. Cuando los hombres mayores norcoreanos que fungen como chaperones del equipo salieron del estadio durante el partido para fumar lo hicieron en grupos de tres.

En algunos momentos las animadoras parecían muy involucradas con su entorno, asomándose con anticipación cada que el equipo coreano estaba cerca de meter un gol y a veces respondiendo un saludo de los curiosos que pasaban por ahí. En ningún momento hubo tanto ruido en la arena como cuando las suecas metieron el primero de ocho goles y el equipo de animadoras, mientras todas ondeaban las banderas, lanzó un entusiasta cántico de “¡Ánimo!” al que se unieron prácticamente todos en el estadio.

Empero, otras veces parecían extremadamente ajenas o indiferentes a lo que las rodeaba. En el segundo periodo, un estadounidense le propuso matrimonio a su novia en la pantalla de video de la arena, lo que generó ovaciones estridentes y luego una larga y cálida ronda de aplausos de la encantada multitud. Todo ese tiempo las norcoreanas siguieron cantando “¡Somos uno!” con la vista fija al frente.

Después, durante una interrupción en el partido, cuando cuatro animadoras surcoreanas con muy poca ropa dieron volteretas al ritmo de la canción “Girlfriend”, de Avril Lavigne, las norcoreanas se mecieron, aplaudieron y cantaron… pero al ritmo de su propia canción de porra.

Han Seo-hee, de 35 años, una desertora norcoreana que se fue a Corea del Sur y a quien escogieron para ser animadora hace dieciséis años, dijo que el equipo es conformado por porristas de varios grupos de espectáculos de la capital, Pionyang. Dijo que muchas, incluida ella misma, pertenecían a una banda asociada con el Ministerio de Seguridad Pública, una agencia nacional de procuración de justicia a la que ella se unió terminando el colegio. Han dijo que no es un trabajo que dure todo el año, pero que usualmente reunían a las mujeres durante varios meses para un entrenamiento de tiempo completo antes de un evento importante.

Han expuso los criterios de selección: “Quienes están bien asimiladas al régimen norcoreano, quienes trabajan ejemplarmente en equipo, quienes provienen de las familias adecuadas y, por supuesto, quienes cumplen con los estándares de estatura y edad”, comentó.

Las animadoras, dijo, tienen que tener alrededor de 20 años y medir más de 1,60 metros. Mencionó que cinco de sus compañeras en la banda del Ministerio de Seguridad Pública, después de haber pasado por todas las rondas previas de aceptación, fueron rechazadas en una entrevista final con miembros centrales del partido gobernante porque tenían parientes en Japón. Dijo que a las animadoras no se les paga, pero que muchas ven la oportunidad de viajar al extranjero como un privilegio.

El aura general de misterio solo ha intensificado la fascinación de la gente con ellas.

“Los países han estado divididos durante tanto tiempo que es la primera vez que veo a gente de Corea del Norte y es genial”, indicó Yoon Jin-ha, de 16 años, una estudiante de Seúl que asistió al juego de hockey con su madre. Refiriéndose a una creciente indiferencia hacia la reunificación entre los surcoreanos jóvenes, añadió: “Creemos que la unificación no es tan importante, pero estar tan cerca de ellas esta noche me hizo comprender realmente que somos el mismo pueblo”. Fuente: NYTimes