Las calificadoras atacan de nuevo

 

Mario Lettieri y Paolo Raimondi

Los recientes boletines de las agencias calificadoras de riesgo sobre Italia están de plácemes. La mayoría de la prensa y medos políticos están felices como niños con zapatos nuevos.

 

Finalmente, nos enteraremos que nuestros títulos se aproximan cada vez más al nivel de “basura” y eso parece agradar a muchos.

 

Ya habíamos alertado anteriormente sobre estos “ataques” de las agencias. Lo hicimos cuando gobernaba Berlusconi y la oposición utilizaba las evaluaciones para comprobar que todo estaba mal. Lo hicimos durante los varios gobiernos de centro-izquierda y la oposición agitaba con boletines negativos. Y, ahora, también lo hacemos con el nuevo gobierno y la nueva oposición.

 

Las calificaciones de Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch no son evaluaciones hechas por organismos independientes y éticamente impolutos. Las agencias son empresas privadas con sede en EUA y una pretensión de “calificar” las economías del resto del mundo. En los Estados Unidos, por otro lado, se mantienen bajo la vista de instituciones oficiales de control, para detectar cualesquier conflictos de intereses, y no son propiamente apreciadas por las autoridades gubernamentales.

 

No testifican a su favor, y su nefasto papel y corresponsabilidad en la gran crisis de 2007-08, su pasado y sus nexos con los grandes bancos y con la alta finanza especulativa.

 

Fitch está controlada por el coloso de las comunicaciones Hearst, la cual tiene participación en cientos de diversas empresas privadas. Entre sus directores se alinean ejecutivos que han trabajo con bancos e instituciones financieras del calibre de Merril Lynch, Lehman Brothers, Goldman Sachs, Lloyd’s, Beneficial Corporation, etc.

 

La Moody’s Corporation factura anualmente 4 200 millones de dólares. Sus grandes accionistas son gestores de inversiones y grandes bancos. Sus ejecutivos son oriundos de la Reserva Federal, Citigroup, JP Morgan Chase y multinacionales farmacéuticas y petroleras como la ExxonMobil.

 

La S&P Global es la controladora de la agencia del mismo nombre. Inicialmente, era dirigida por el conglomerado McGraw Hill Financial, una multinacional de servicios financieros que cambió su nombre. Sus grandes accionistas son gestores de inversiones BlackRock y Vanguard. Sus ejecutivos vienen de megabancos como Citigroup, JP Morgan Chase, el holandés ING, el francés Crédit Agricole, el suizo Crédit Suisse y de megaempresas como PepsiCo, Lockheed Martin y otras.

 

Una breve visita a sus sitios electrónicos sería suficiente para tener una idea clara de estos numerosos intercambios de puestos, entre el mundo de la alta finanza y de la especulación y las grandes corporaciones quienes dominan los mercados y viceversa.

 

Por tanto, es más que apropiado recordar lo que dijeron de ellas las más altas autoridades de los EUA. El “Informe de investigación de la crisis financiera” (The Financial Crisis Inquiry Report), preparado por una comisión bipartidista del Congreso y publicado por el gobierno estadounidense, en 2011, destaca sus acciones negativas en más de 650 páginas muy detalladas, antes y durante la gran crisis financiera 2007-08.

 

Sintetiza. “Afirmamos que los fracasos de las agencias de calificación de riesgo fueron causas esenciales de destrucción financiera. Las tres agencias fueron las principales provocadoras del colapso financiero. Los títulos vinculados a las hipotecas inmobiliarias, las cuales fueron cruciales para el desencadenamiento de la crisis, no podían ser evaluados y vendidos sin el sello de aprobación de las agencias.

 

Los investigadores confiaron en sus evaluaciones, muchas veces, ciegamente. En algunos casos, incluso fueron obligados a comprar esos títulos, bajo la pena de agravar las normas relativas a las reglas de capital que les eran impuestas. La crisis no podría haber acontecido sin estas agencias. Sus calificaciones, primero, subiendo rápidamente y, súbitamente, bajando, desequilibraron los mercados y las empresas”.  

Así, no debería sorprender el hecho de que, en 2015, apenas la S&P había pagado multas por 1500 millones de dólares, por irregularidades y fraudes similares –no obstante, una sanción monetaria bastante conveniente, tanto por su modesto valor, como por el hecho de que la agencia había evitado que las investigaciones fueran más profundas, haciendo posible que surgieran consecuencias más escabrosas y criminalmente no susceptibles de castigo.

 

Hicimos evidentes estos hechos, es obvio, no para esconder los evidentes problemas económicos de los diversos países. Sin embargo, es intolerable la falta de críticas a las agencias mencionadas, las cuales, después de haber contribuido sobremanera a provocar la mayor crisis financiera de la Historia, cuyos efectos todavía se resienten e Italia y en el resto del mundo, siguen siendo reverenciadas y no molestadas en sus actividades de “evaluar” gobiernos y empresas de todo el planeta.

 

Si las calificaciones de ellas fueran inocuos ejercicios de hacer evaluaciones no solicitadas, no haría problema en dejarlas operar libremente. Por desgracia, sus calificaciones son tomadas en consideración por los mercados, para juzgar a las varias economía nacionales y, consecuentemente, también para definir las tasas de interés de la deuda pública. En Europa, el Banco Central Europeo (BCE) también las utiliza para definir la confiabilidad de los títulos públicos de los países miembros de la Unión Europea y decidir si acepta o no estos títulos como garantías para operaciones de crédito y financiamiento.

 

En verdad, esto parece ser algo totalmente “indigesto”.

*MSIA INFORMA / Foto: Reuters