La República exige que los compulsivos parlanchines guarden sus lenguas de madera

 

Mouris Salloum George*

Vienen los obligados días de retiro de fin de año. En la noche vieja, no pocos mexicanos hacen votos y compromisos para el Año Nuevo.

 

El voto nuestro, es porque a los beligerantes políticos les caiga el veinte y tomen nota de que la histórica jornada electoral culminó cuando las instancias jurisdiccionales validaron los resultados del 1 de julio.

 

Presidente de la República habemus. Primera gobernadora de la Ciudad de México, la tenemos. En tiempo y forma, los Congresos federal y citadino se instalaron en la sede de los tres Poderes de la Unión.

 

La Majestad de la República exige que los compulsivos parlantes y parlanchines saquen del ropero los estuches, los limpien, les coloquen unas bolas de naftalina y guarden sus lenguas de madera.

 

La sociedad civil está harta de tanta verborrea: Demanda dar el salto del inane efectismo a la gracia de la acción y la eficacia.

 

Para eso, y no para otra cosa, se contrató a la inmensa legión de funcionarios, que lo son públicos, aunque en los últimos sexenios hayan privatizado sus servicios.

 

En reclamo de la eucaristía presupuestal

La democracia, dice el clásico, es la sociedad misma en acción. La vimos, ora entusiasta, ora colérica, en el prolongado periodo de precampañas y campañas. Fue claro su mandato el 1 de julio,

 

Dudosos de haber sido escuchados en tiempos de proselitismo electoral, todavía la semana observamos enormes contingentes en movilizaciones multitudinarias en las calles y plazas de todo el país.

 

En el mismo Zócalo capitalino confluyeron ríos humanos que llegaron desde El México profundo a decir aquí estamos. El 1 de diciembre fue de apoteosis.

 

El signo más transparente lo vemos en las explanadas y corredores del Palacio Legislativo de San Lázaro en la Ciudad de México.

 

Como si desearan a recibir la eucaristía, cientos de alcaldes, síndicos y regidores de los municipios más excluidos de México, acompañados por sus gobernados, hacen largas filas para exponer su reclamo de un real federalismo fiscal en el que se conjugue la regla de oro: De cada quien, según capacidades; a cada cual, según sus necesidades.

 

El jinete de “La Divina Providencia”

Retomamos una pintoresca estampa de hace unas cuantas legislaturas federales: Las escalinatas y encristalados recogieron las figuras de un jinete y su cabalgadura irrumpiendo la más alta tribuna de la nación.

 

Aquel audaz centauro era entonces activista del Movimiento de Deudores El Barzón. No pedía más que justicia presupuestal.

 

El jinete se bajó del caballo: Ahora en sus tarjetas de presentación dice: Diputado a la LXIV Legislatura federal.

 

Se trata del zacatecano Alfonso Ramírez Cuéllar: Ahora está del otro lado del escritorio donde un personalizador lo identifica: Presidente de la Comisión de Presupuesto.

 

Veremos si a su condición de peticionario corresponde hoy la de dispensador. Tiene su oportunidad que se vence eventualmente el 15 de diciembre: Ese día debe estar etiquetado el gasto federal, si es que no lo está ya.

 

A ver si como roncan, duermen

Es obvio, que no proponemos un arrebato de voluntarismo personal, como el de la cabalgata. Dicha comisión es un órgano colegiado, pero es mayoriteado por los diputados del Movimiento Regeneración Nacional, que a la vez ejerce mayoría en el pleno. Según dice la raza: A ver si como roncan, duermen.

 

Repetimos, es la hora de pasar del efectismo a la eficacia. Es sentencia universalmente aceptada: Obras son amores… y no buenas razones. ¡Vale!

*Director General del Club de Periodistas de México, A.C.