La post verdad de una guerra que no terminó

 

Lorenzo Carrasco y Luis Nava Lara*

“El 8 de mayo de 1945, América y Gran Bretaña vencieron la guerra contra los nazis”. Así definió la Casa Blanca la victoria de los Aliados en la Segunda guerra mundial, atribuyéndole a las potencias angloamericanas la exclusividad de la victoria contra Hitler. Tal manifestación de “excepcionalismo fake”, para usar la expresión de moda, provocó, como era de esperarse, una fuerte protesta del canciller ruso, Serguei Lavrov, y un extenso artículo del Presidente Vladímir Putin contra el torpe y ultrajante intento de negar el papel protagonista central del Ejército Soviético en la derrota del nazismo.

 

Tres cuartos de siglo luego del fin de la Alemania nazi, se podría decir que, en aquel momento, terminaba un conflicto armado que, de hecho, comenzara en 1914 y que fue perpetuado por los siniestros acuerdos de Versalles, que, con las dolorosas reparaciones de guerra cobradas de la derrotada Alemania, aseguraban la diseminación de un agudo resentimiento en el pueblo alemán, el cual allanó el camino para conducir a Adolf Hitler al poder en 1933.

 

La declaración de la Casa Blanca evidencia que todavía no se ha puesto fin a la geopolítica británica, empeñada  en evitar la cooperación de Rusia con las potencias de Europa continental, eje que, al igual que Hitler, lo reconoce un “espacio vital” para dominar.

 

Al final de la guerra, la presencia del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt habría garantizado el nuevo orden mundial que él imaginaba, cooperativo, fundado en las famosas cuatro libertades –de expresión, religiosa, de vivir sin dificultades (derecho a un patrón de vida digna) y de vivir sin miedo. Aunque esos principios hayan influenciado la Carta de las Naciones Unidas, proclamada el 26 de junio de 1945 y, más directamente, a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, el legado de Roosevelt, prematuramente fallecido en abril de 1945, no logró revocar la era colonial, como él pretendía.

 

En realidad, aunque se haya dado inicio a la descolonización formal, la Guerra fría mantuvo una forma de colonialismo dividida en dos zonas de influencia, una comunista y otra liberal, controlado por lo que el presidente Dwight Eisenhower llamó el “complejo industrial-militar”, fortalecido por sus apéndices financieros, núcleo que se volvió hegemónico luego del asesinato del sucesor de Eisenhower, John F. Kennedy, en 1963.

 

Más tarde, la caída del muro de Berlín, en 1989, y la disolución del Imperio Soviético, a finales de 1991, presentaron una nueva oportunidad para la recuperación del proyecto de un mundo de cooperación. Sin embargo, esta no era la intención de las potencias angloamericanas, que engañaron (y luego atraparon) al presidente soviético Mijaíl Gorbachov con el interés de imponer un nuevo orden mundial hegemónico sobre las ruinas de la antigua zona de influencia de la Unión Soviética, incorporando varios ex integrantes del Pacto de Varsovia y aproximando a las fronteras rusas la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para evidentemente, cercar la Federación Rusa.

 

Con ese proceso iniciado con la Guerra del golfo de 1991 y sostenido por la “globalización” financiera, los mentores del “establishment” oligárquico imaginaban un “siglo americano” de dominio imperial, estructurado intelectualmente por teóricos geopolíticos como Francis Fukuyama, Samuel Huntington, Zbignew Brzezinski y otros. Por fortuna para el mundo, tal impulso comenzó a escaparse con la mega crisis financiera de 2008, en paralelo con la reaparición de Rusia como súper potencia militar y el ascenso de China como súper potencia económica, en especial por su Nueva ruta de la seda para la integración física y económica euroasiática.

 

Ante esta realidad, la “post verdad” que esgrime la Casa Blanca sobre la derrota infligida al régimen de Adolf Hitler descubre la intención mal disfrazada de mantener la orientación de la geopolítica británica en la “amenazada” Eurasia, en contraposición a los esfuerzos pro europeos de Putin y del liderato chino del eje de la Nueva Ruta de la Seda. Debido a esas amenazas al poder hegemónico mundial, veremos, durante la campaña de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, un cambio en los debates, ya no sólo contra Rusia, como en la elección pasada, sino, principalmente, un enfrentamiento con China, acusada de la pandemia del covid-19.

 

Para crear un nuevo orden mundial cooperativo es urgente y fundamental que la verdad histórica se establezca y se neutralicen los juegos geopolíticos inspirados por Gran Bretaña determinantes en las dos guerras mundiales.

 

Fue en este sentido que el veterano periodista estadounidense Martin Sieff, uno de los más agudos estudiosos del escenario geopolítico mundial, escribió un artículo sobre el aniversario de la Batalla de Bielorrusia, junio de 1944, afirmando, “la gran victoria que todavía da forma a la historia del siglo XXI (Strategic Culture Foundation, 17/06/2020 [1]”.

 

Poco conocida fuera de los medios históricos militares, la Batalla de Bielorrusia, u Operación Bagration, se encargó de la destrucción del poderoso Grupo de Ejércitos Centro alemán, con lo que se abrió el camino para la destrucción final del régimen nazi, once meses después.

 

“Treinta años después del colapso del comunismo, ahora es el Internacionalismo Liberal del Mundo Único –el Culto del Libre Comercio y de las Fronteras Abiertas- el que se está colapsando ante nuestros ojos. Pero la dinámica militar establecida en Europa Central, en junio de 1944 –aquel verdadero Mes de Victoria- todavía mueve nuestra realidad y le da forma a nuestro destino mundial”, concluye Sieff.

* MSIa Informa

 

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