Inteligencia Artificial: Filosofía y la Amenaza de la Tecnocracia

Jonathan Tennenbaum*

El periodo inicial de la inteligencia artificial, (IA) en los años cincuentas y principios de los sesentas del siglo pasado, se caracterizó por expectativas que, viendo hacia atrás, eran muy exageradas. Esto no tiene que ver tan sólo con las aplicaciones específicas, como la traducción automática de idiomas. Muchos creían entonces, como aún hoy en día, que obtener inteligencia humana, e inclusive sobre humana, de los computadores era tan sólo una cuestión de tiempo, es decir, que estaría “al alcance de la mano”.

 

Yo diría que las expectativas de la IA humana tiene poco que ver con las posibilidades y limitaciones reales de la inteligencia artificial per se. En lugar de esto, reflejan la influencia de un movimiento filosófico radical que se originó en los años veintes, conocido como positivismo lógico.

 

Hoy es difícil encontrar positivistas lógicos profesionales. Sin embargo, se puede detectar con facilidad la influencia del positivismo lógico en prácticamente todos los campos del esfuerzo intelectual. Esto ayuda a explicar por qué hoy tantas personas no consideran rara la idea de que los ordenadores digitales podrían replicar la mente humana.

 

El Círculo de Viena

La historia coloca el iluminismo occidental y la lucha por desarrollar la ciencia moderna en oposición al misticismo, la religión, la superstición y la metafísica. Galileo, Newton y Darwin están entre sus héroes. Con los triunfos de la física teórica, surgieron corrientes de pensamiento radicales que buscaban extender los métodos matemático-formales de las ciencias exactas a los ámbitos de la actividad humana.

 

Para dar una idea del ambiente filosófico radical en el que nació la IA, no hay mejor manera que citar el “Manifiesto del Círculo de Viena” de 1929 –el famoso grupo de filósofos y científicos que se reunían regularmente en la Universidad de Viena, entre 1928 y 1934.

 

Titulado “La concepción científica del mundo: el círculo de Viena” el Manifiesto de 1929 proclama:

“La meta que tenemos ante nosotros es la ciencia unificada… De ahí emerge la búsqueda de un sistema neutro de fórmulas, por medio de un simbolismo libre de la escoria de los lenguajes históricos; también la búsqueda de un sistema total de conceptos. Se busca la nitidez y la claridad, y se rechazan las distancias sombrías y las profundidades insondables. En la ciencia no hay “profundidades”, sino superficie en todas partes: toda experiencia forma una red compleja… La concepción científica del mundo no conoce un enigma insoluble. El esclarecimiento de los problemas filosóficos tradicionales nos lleva, en parte, a desenmascararlos como pseudoproblemas y, en parte, a transformarlos en problemas empíricos y, así, someterlos al juicio de la ciencia experimental.

 

“El objetivo del esfuerzo científico es alcanzar su meta, la ciencia unificada, con la aplicación del análisis lógico al material empírico. Ya que el significado de cada afirmación de la ciencia debe ser declarado, por reducción, en una afirmación sobre lo que es dado, de la misma forma, el significado de cualquier concepto, de cualquier rama de la ciencia a la que pertenezca, debe ser experimentable por una reducción gradual a otros conceptos, hasta los conceptos del grado más bajo que se refieran al dato… Sólo la lógica simbólica moderna (“logística”) puede obtener la precisión necesaria de las definiciones de concepto y de enunciado, y la definición del proceso intuitivo de inferencia del pensamiento común, que es traerlo a una forma controlada automáticamente riguroso por medio de un mecanismo simbólico. (…)

 

“Una descripción científica puede contener tan sólo la estructura (forma de orden) de los objetos, no su “esencia”.

 

Por razones que entiendo tan sólo parcialmente, el llamado positivismo lógico o empirismo lógico expreso en el “Manifiesto del Círculo de Viena no dejó de dominar virtualmente la filosofía académica hasta los años sesentas, sobre todo en Estados Unidos. Su influencia inicial tiene mucho que ver con las crisis culturales y políticas del periodo de entre guerras. El momento era propicio para una ruptura radical con el pasado, que tomaba ya diversos rumbos.

 

La migración de miembros destacados del Círculo, antes y después de la Segunda guerra mundial, ayudó a trasplantar el positivismo lógico en Estados Unidos. Por lo menos uno de esos emigrados asumió una posición muy diferente. Me refiero a Kurt Gödel, que figura de forma prominente en capítulos posteriores de esta primera serie.

 

La caracterización de método científico del “Manifiesto” es extremadamente rígida y estrecha. Para mí, es algo como limitar la investigación médica a la práctica de la disección. Representa una ruptura radical con el espíritu del humanismo renacentista que animó el progreso de la ciencia hasta el paso del siglo XIX al XX.Muchos, sin embargo, experimentaron las ideas del Círculo de Viena como una liberación intelectual, una especie de revolución cultural.

 

Como el término “manifiesto” indica, el positivismo lógico fue un movimiento, no sólo una teoría filosófica. Aunque el Círculo de Viena no expuso ninguna ideología política, algunos participantes, como Otto Neurath, eran socialistas activos. Veían en el positivismo lógico un vehículo para el progreso social, una forma de combatir la irracionalidad y la influencia negativa de la religión, de establecer un lenguaje común entre las culturas y disciplinas intelectuales, y así sucesivamente. Además, era una guía para establecer un nuevo sistema económico racional.

 

Para algunos, el famoso lema del Círculo de Viena, “concepción científica del mundo”, era prácticamente el sinónimo del objetivo de crear una “sociedad científica”, una sociedad fundada en principios científicos.

 

Esta última idea se asocia por lo general al marxismo y a la ideología de la Unión Soviética, pero también tuvo un profundo efecto en el pensamiento de los círculos de élite de Estados Unidos, independientemente de su orientación política.

 

El concepto de “sociedad científica, entonces, encontró precursores en los métodos de “administración científica “ de Frederick Winslow Taylor en la industria manufacturera, así como en el Movimiento de la Tecnocracia, que tuvo gran popularidad en Estados Unidos en los años treinta.

 

Entre paréntesis: Vladimir Lenin elogiaba el taylorismo, con su optimización robótica de los movimientos individuales de los trabajadores, como un método para aumentar la eficiencia industrial soviética. En una sesión del Consejo supremo de Economía Nacional, en 1918, declaró: “Debemos, definitivamente, hablar de la introducción del sistema de trabajo que este sistema promueve”, en su libro de 1953, Fundamentos del leninismo, José Stalin escribió: “La combinación del movimiento revolucionario ruso con la eficiencia estadounidense es la esencia del leninismo en el trabajo del partido y del Estado… La eficiencia estadounidense es esa fuerza indomable que no reconoce obstáculos. (…)

 

El momento del cambio en Estados Unidos vino con la nueva generación de científicos-ingenieros que ascendieron a los altos cargos de gestión del gobierno, de la ciencia y de la industria del país durante o inmediatamente después de la Segunda guerra mundial. Ente ellos estaban muchos individuos brillantes, creativos y altamente productivos con cualidades de liderato. No eran filósofos, sino hombres prácticos. De un modo general, su afinidad con los tipos de ideas expuestas por el Círculo de Viena derivaba más de su formación profesional y de las actividades de la guerra que de la lectura de libros.

 

Esta nueva élite desempeñó un papel decisivo en la construcción de las estructuras de defensa y de seguridad nacional de Estados Unidos y del complejo industrial ligado a ellas –instituciones que nutrirían el desarrollo inicial de la IA, y que siguen haciéndolo todavía hoy.

 

El esfuerzo de guerra de Estados Unidos exigía la gerencia y la coordinación de la producción industrial, de la investigación científica y del desarrollo a gran escala. Era enteramente natural que este proceso, con sus brillantes éxitos, fomentase formas de pensamiento altamente tecnocráticas. Esta mentalidad fue transportada naturalmente al periodo inmediato de la post guerra, en particular con la intensificación de la Guerra fría. También era natural que esa élite de científicos ingenieros pensara en cómo el gobierno, la economía y hasta la sociedad estadounidense en su conjunto deberían ser mejor administradas.

 

El célebre discurso de despedida del presidente Dwight Eisenhower, el 17 de enero de 1961, es más famoso por su alerta “contra la adquisición de influencia injustificada, solicitada o no, por el complejo industrial-militar”. Pero raramente se menciona otra parte de gran trascendencia del discurso:

  • Al respetar los descubrimientos científicos, como debemos, también tenemos que estar alertas del peligro igual y opuesto de que la política pública pueda quedar cautiva de una élite científico-tecnológica.
  • Las expectativas extremadamente exageradas respecto a la IA en los años cincuentas e inicio de los sesenta resaltan la sabiduría de las declaraciones de Eisenhower. Reflejan una mentalidad dentro de la élite científico-tecnológica que se convertiría en una amenaza para la sociedad si su influencia creciese mucho.
  • La creación de las bombas atómicas y de hidrógeno transformó el status de la ciencia en la sociedad, lo que puso a los científicos prominentes casi a la altura de dioses. Esas y otras realizaciones impresionantes de los cuarentas y de los sesentas contribuyeron en gran medida a crear la percepción pública de que la ciencia era virtualmente omnipotente.
  • El ENIAC, el primer computador digital electrónico de uso general, terminado en 1945, tuvo por primera tarea importante realizar los cálculos para el proyecto de la bomba de hidrógeno.

 

Todo esto hubiese sido imposible sin métodos matemáticos sofisticados. Nunca antes los matemáticos desempeñaron un papel tan decisivo en el resultado de una guerra.

 

Los pioneros de la IA como Alan Turing, John von Neumann, Norbert Wiener, Claude Shanon, Minsky y otros –todos profundamente involucrados en trabajos militares- fueron geniales en la aplicación casi a todo de métodos y modelos matemáticos. Su contribución fue esencial para el éxito de los proyectos de la bomba atómica y de otros hitos tecnológicos del periodo de la guerra. Es natural que vieran el mundo desde ese ángulo –que sobre estimasen mucho el poder de los métodos matemáticos.

 

En este punto, el tenor del libro de 1948 de Wiener, Cibernética: o el control y la comunicación en el animal y en la máquina, muestra un estado de espíritu casi megalómano. Estaba convencido de que los principios matemáticos en los que se basaban los dispositivos de control electrónico, que él y otros construyeron para los sistemas de armas, proporcionaban la clave para la comprensión de los organismos, del cerebro humano, de la sociedad, etc. La cibernética –en particular la teoría de la información de Shanon- se convertiría en la ciencia universal única, que abarcaría todo lo demás, expectativa que posteriormente mostraría ser muy exagerada.

 

Antes que las de él, en 1944, ya había grandes expectativas, causadas por la publicación de la Teoría de los juegos y del comportamiento económico, de John von Neuman y Oskar Morgenstern, este último, colaborador cercano del Círculo de Viena. Este trabajo monumental fue visto como el primer paso decisivo para la matematización de la economía y su transformación en una ciencia exacta, de forma semejante a lo que Galileo y Newton hicieron con la física. El trato estadístico matemático de los sistemas de “jugadores” en interacción, cada cual en busca de maximizar sus intereses individuales, ofreció no sólo un modelo para la economía de mercado, sino también para la sociedad en su conjunto.

 

Por último, algunos podrían observar el desarrollo de la lógica matemática y de los lenguajes simbólicos capaces de expresar relaciones lógicas complicadas, como grados en dirección a una futura teoría matemática de la mente humana.

 

John von Neumann y Alan Turing, que hicieron contribuciones de trascendencia en la lógica matemática, parecían compartir esa expectativa.

 

La lógica matemática ofrece el punto de partida para la Inteligencia artificial simbólica.

 

Esto nos trae de vuelta al Círculo de Viena. Para abreviar, la “concepción científica del mundo” el Círculo promete que la mera aplicación del “análisis lógico al material empírico” sería suficiente para la solución de todos los problemas reales. Sería preciso tan sólo limpiar la “escoria de los lenguajes históricos”, establecer claridad y olvidar los “pseudo problemas” que ocuparon las mentes filosóficas por millares de años.

 

¡La humanidad, entonces, se podría sentar a descansar y dejar el resto a la IA!

*MSIA Informa

Imagen: filosofiacamposdenijar.wordpress.com