abril 14, 2021

Fui un #conejillodeindias, pero #SoyUnGuerrero, un #Samurai, #sobrevivientedecáncer

Fui un #conejillodeindias, pero #SoyUnGuerrero, un #Samurai, #sobrevivientedecáncer

 

Bolívar Hernandez*

Hace muchos años acepté por escrito que sería parte importante de un protocolo de investigación, el cua trataba de experimentar en seres humanos lo que ya se había probado en animales.

 

¿Por qué tuve que firmar ese documento? Porque exculpaba al instituto de investigaciones sobre el cáncer, que en caso que yo muriera por efecto del medicamento, mi familia no podría demandar a esa institución estadounidense.

El riesgo no era solamente morir en el intento, sino que también podría tener daños colaterales en corazón, pulmones, hígado, riñones y páncreas. Y, nadie podría reclamar por esos efectos secundarios graves.

 

Leí el protocolo de la investigación con suma atención y era muy peligroso el procedimiento al que me iba a someter muy pronto.

Y dije: Me la juego, acepto el reto. Lo hago por salvar mi vida.

 

Fui aceptado como candidato

Para ser sujeto de la investigación médica, sin reunir un dato importante que era tener cáncer de próstata en grado 3 de gravedad. Eso fue posible porque mis amigos oncólogos me invitaron a intentar salvar mi vida, sin asegurarme nada absolutamente de éxito.

 

La razón era elemental; Este tipo de investigaciones médicas se realiza con una modalidad denominada Doble ciego.  Que consiste en dividir en dos grupos a los pacientes seleccionados, sin que ni los médicos ni los pacientes saben en qué grupo están situados.

Un grupo si recibiría el nuevo fármaco experimental y el otro grupo solamente recibiría un placebo inocuo.

 

Durante un año completo recibí la quimioterapia cada 20 días, ignorando si era el placebo o la verdadera medicina.

 

En una sala especial de oncología del hospital nos reuníamos los dos grupos de varones de la tercera edad, señores en condiciones físicas lamentables, en su mayoría ya muy graves.

 

Nos acomodábamos en unos sillones de cuero

Previamente éramos pesados y nos extraían sangre, para que los médicos hablaran con el laboratorio de los EU y de allá indicaban las dosis individuales que nos aplicaban, a los 20 pacientes sujetos del experimento.

El suero que contenía el placebo o el medicamento, era un frasco con un litro de líquido conectado por medio de un catéter en el brazo de cada uno de nosotros, y se tardaba 7 horas en vaciarse por completo en nuestros organismos.

 

Tantas horas sentados ahí, en oncología, nos generaba una gran hinchazón de pies y piernas. Lo que motivaba que no pudiéramos ponernos los zapatos, no entraban nuestros pies en ellos, era imposible.

Yo salía descalzo a la calle para abordar un taxi y que me llevara a mi casa ubicada a 15 minutos del hospital.

 

¿LE DUELE?

En cuanto me subía al taxi me soltaba llorando, y el taxista alarmado por ver a un hombre llorando, me preguntaba: ¿Le duele?. ¡Si!, le respondía invariablemente. Lo que me dolía era el alma y el abandono que vivía en esa época.

 

Todos los pacientes eran esperados por sus parientes, esposas, hijos o amigos. Menos yo, que salía apoyado en dos enfermeras de oncología que, bañadas en llanto, me acompañaban hasta la calle.

Y se repetían, No es posible don Bolivar que usted esté solo en la vida.

 

Conclusión de este largo proceso de la investigación es que yo estuve por suerte en el grupo que sí recibió el medicamento y no el placebo. Gracias a eso, pueden ustedes leer este relato, porque los otros pacientes fallecieron uno a uno.

Por eso creo que soy un guerrero, un samurai, porque soporté a muchos médicos, maltrató a mi cuerpo físico, docenas de análisis dolorosos, etcétera.

Tardé varios años en poder desintoxicarme de tantos medicamentos acumulados en mi cuerpo, y hasta la fecha no acepto tomar ni una aspirina. Ya no más, por eso me cuido muchísimo.

*La Vaca Filósofa

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