Estrategias para la defensa de Latinoamérica ante las amenazas del siglo XXI

 

Lorenzo Carrasco

El autor, presidente del Movimiento de Solidaridad Ibero-americana (MSIA) presentó esta ponencia en el Instituto Militar de Estudios Superiores (IMES) de la República Oriental del Uruguay, en la ciudad de Montevideo, el pasado 20 de junio de 2017.   

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Quiero agradecer la honrosa invitación del General E. Guido Manini Ríos, Comandante en Jefe del Ejército de la República Oriental del Uruguay, para participar de este importante evento sobre el futuro de la defensa de nuestro continente en el contexto de un cambio de época global, la cual cuestiona profundamente los cimientos de la civilización, y por ende introduce una amenaza directa al Estado nacional soberano. De manera que el tema amerita un análisis amplio de la coyuntura histórica que enfrentamos.

El Papa Francisco, en su visita a Río de Janeiro, en junio de 2013, reiteró que vivimos no en una época de cambios, sino en un cambio de época. Una declaración que estimula la reflexión sobre el significado de una transición de una época a otra qué estamos dejando a atrás y, en consecuencia, nos preguntamos cuáles opciones posibles tiene la civilización para el futuro; cuáles son las alternativas para salir de la aguda crisis que enfrenta, no solo en el orden económico, sino también, de forma más aguda, ante la profunda crisis moral.

Hago hincapié en esta última. En el transcurso de los últimos 50 años, bajo la influencia de la llamada “triple revolución” (sexo, drogas y música rock and roll), las concepciones sobre el hombre y la naturaleza fueron separadas violentamente de su dimensión sobrenatural y trascendente, transformando al individuo en un objeto biológico de consumo y a la naturaleza en una reserva de recursos materiales finitos. Si de la realidad retiramos la naturaleza divina del hombre y su filiación a Dios, apagamos, de hecho, la fuente de donde emanan sus derechos inalienables y el bien común que organiza la sociedad con base en la justicia. De ahí nació lógicamente la denominada ideología de género, en la tentativa de cambiar arbitrariamente las leyes de la naturaleza.

En el ámbito de la economía -a partir de la ruptura de los acuerdos de Bretton Woods en 1971- significó cambiar los objetivos finales. Del principio de la “búsqueda de la felicidad”, que enaltece que todo esfuerzo humano, como el económico, estará dedicado a elevar la dignidad humana para alcanzar fronteras superiores y sublimes, se cayó en el abismo oscuro de una desenfrenada búsqueda de la riqueza y del poder. Mero afán de lucro y de dominación.

Sin sus derechos inalienables y sin su dignidad, el hombre pierde su poder creativo y se transforma en un ser inválido incapaz de alterar positivamente su relación con la naturaleza. El ambientalismo y el indigenismo radicales, disfraces del viejo maltusianismo, no sólo son instrumentos de un nuevo colonialismo impuesto a los países subdesarrollados, sino también expresiones de una concepción degenerada del hombre. Y cuando se pone a los animales o a los bosques en el mismo nivel de dignidad del hombre, estamos en realidad equiparando al hombre y a su trabajo con los animales.

Como consecuencia de esta subversión, las mismas elites dominantes perdieron su capacidad de formular ideas nuevas. El famoso historiador británico Arnorld Toynbee afirmaba que eso es uno de los rasgos característicos de las grandes crisis de la civilización. Aquellas pierden su facultad de cautivar al mundo dominado y, por lo tanto, mantener el predominio depende de su habilidad para imponer a la fuerza su autoridad declinante, sobre todo para aplastar a las fuerzas que con ideas frescas rivalizan con los poderes hegemónicos.

Lo cierto es que este es el trasfondo cultural de una travesía del mundo contemporáneo por diversos procesos históricos convergentes; una sincronía que preanuncia grandes cambios en el escenario mundial.

 

La situación estratégica actual

Es evidente que los acontecimientos del Medio Oriente, en Siria, en particular, son la señal del fracaso del Nuevo Orden Mundial, que emergió de los acontecimientos ocurridos luego de la caída del Muro de Berlín en 1989, y el subsecuente derrumbe del Imperio Soviético. Muchos analistas voceros del poder hegemónico consideraban que las consecuencias se restringían a las naciones de la antigua cortina de hierro, y se proclamaban eufóricamente vencedores inefables de la Guerra Fría. Cegados por un capricho proclamaban el “fin de la Historia,” no percibían que, simultáneamente, también se asomaba la crisis del orden occidental; el desorden fue puesto en evidencia en el momento en que las principales naciones de occidente fueron obligadas inmediatamente a sostener, por medio de una amplia desregulación del sistema financiero, una auténtica fábrica de burbujas financieras; todo para sostener un sistema financiero mundial cada vez más separado de la economía física real.

En el año de 1989 se le presentó al mundo la oportunidad de entrar en una nueva época de optimismo y reconstrucción económica, que no tuviese sus cimientos en un orden injusto de hegemonía, sino en un sistema cooperativo, con la superación de los inmensos vacíos de justicia social que caracterizaban, y siguen caracterizando, el escenario mundial; era el momento en el que los denominados “dividendos de la paz” se podían haber destinado al beneficio de toda la Humanidad, es decir, hubiéramos entrado en una época de florecimiento civilizador propio de un nuevo Renacimiento.

Esto no era ni es una utopía. Aunque pocos tengan una noción exacta, por primera vez en la historia, la Humanidad tiene condiciones plenas para solucionar la casi totalidad de los problemas reales de su existencia en un grado elevado: alimentación disponible, atención para la mayoría de las enfermedades, condiciones de habitación, capacidad de ofrecer trabajo digno a virtualmente toda la población adulta y la solución de otras necesidades que le dan sentido a la vida humana engrandecida. Y esto se puede extender a una población mundial mucho mayor que la actual, a pesar de todos los pronósticos alarmistas e infundados sobre los “límites del crecimiento” y de otras expresiones de maltusianismo.

No obstante, si esa perspectiva no está en la mesa de discusión no es por falta de recursos naturales, de límites físicos de la Biosfera o de la supuesta “fragilidad” del ambiente, sino por la falta de voluntad política y por el triunfo de la capacidad de convencimiento que ejercen los centros del poder mundial.

Esos centros de poder oligárquico emprendieron una estrategia diferente para asegurar su hegemonía unipolar, y el mundo, por desgracia, no fue capaz de ofrecer resistencia a ella. De manera que del extenuado “condominio de poder” establecido con la antigua Unión Soviética se saltó al ejercicio de un poder unilateral, el Nuevo Orden Mundial. Su primera manifestación fue la malévola campaña contra la reunificación de Alemania en 1990; para asentar su disgusto, la premier británica, Margaret Thatcher, en un arrebato comparó al canciller alemán Helmut Köhl con el nuevo Führer al frente del Cuarto Reich.

Luego, en enero de 1991, los protagonistas del Nuevo Orden, desencadenaron la operación militar contra Irak, que consiguió juntar la mayor concentración de fuerzas militares desde la Segunda Guerra Mundial. Con un costo de 61 mil millones de dólares y la movilización de 950 mil soldados, la operación Tormenta en el Desierto devastó Irak. En pocos días, sometido a una campaña despiadada de ataques aéreos, -una devastación trasmitida en vivo a todo el mundo por primera vez-, Saddam Hussein capituló; había perdido 20 mil soldados y su país estaba arrasado.

Fue la tarjeta de visita del Nuevo Orden Mundial, mismo que sus propagandistas se ufanaban en presentar como el “Nuevo siglo americano.” Estados Unidos y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) construyeron lo que hoy podemos bien designar el “Club de las bombas”, eufemismo para definir mejor el complejo industrial-militar al que se refiriera el presidente Dwight Eisenhower en 1961. Los presidentes, desde George Bush padre, Bill Clinton, George Bush hijo, hasta Barack Obama (irónicamente galardonado con el Premio Nobel de la Paz), fueron, sin distinción, disciplinados mensajeros del “Club de las bombas” y de Wall Street, dos entidades estrechamente ligadas. A pesar de la truculencia y de la vulgaridad chovinista del presidente, Donald Trump, este no deja de tener razón cuando responsabiliza a las guerras del Medio Oriente, sobre todo la destrucción de Irak, de ser la causa principal del nacimiento del Estado Islámico (EI). Y este es quizás el motivo principal por el que literalmente todo el “establishment” está movilizado para deponerlo, a pesar del halago que les ofreció mandando bombardear Siria acusada falsamente del uso de armas químicas.

Esa combinación de poder desató en los últimos 25 años una secuencia ininterrumpida de agresiones y de guerras abiertas en Irak, los Balcanes, Afganistán, Libia, Somalia, Yemen y varios países más. Irak, hasta ese momento el país de la región con el mayor desarrollo económico fue arrasado económica y políticamente, le siguió Libia arruinado en condiciones semejantes. Desde entonces el caos crece galopante en esa región del mundo; el modus vivendi más esencial ha sido perturbado por la intervención arbitraria de una pinza, que en una carátula tiene a la fuerza militar de los EU y la OTAN, y por la otra a la criatura monstruosa nacida de las filas armadas de los propios invasores, el sanguinario Estado Islámico (EI), que remata el desangramiento.

Irán y Siria también estaban en la fila del “Club de las bombas”, pero las intervenciones cabales de Rusia lograron, primero, el acuerdo nuclear que desactivó la campaña contra Irán y, luego, el cambio de la situación del conflicto en Siria, en el que Estados Unidos y sus aliados apoyaban abiertamente a los yijadistas movilizados contra el gobierno de Damasco.

El ascenso de China y el regreso de Rusia al primer plano de las cuestiones estratégicas mundiales encogió el “Nuevo siglo americano” a 25 años. Síntoma de ese encogimiento es el deseo persistente del establishment norteamericano de poner a Rusia y al presidente Putin en el centro de los enemigos de los Estados Unidos, inclusive por encima del mismo Estado Islámico (EI), de Al Qaeda y de sus sucursales.

Es evidente que las potencias hegemónicas resisten a esa tendencia a la retracción, aunque esto implique poner al mundo en el peligro de un conflicto mundial. El apretón de un cordón sanitario alrededor de Rusia, que Estados Unidos y la OTAN conducen, levantando un muro virtual de miedo e inseguridades, al instalar sofisticados sistemas contra proyectiles en las fronteras de la Federación Rusa, no es otra cosa, sino caminar al borde de un abismo.

La gran interrogante es sí Europa estará dispuesta a embarcarse nuevamente en los juegos geopolíticos angloamericanos que hicieron época en el siglo XX. Es bien sabido que sectores importantes de las élites europeas ven el panorama con mucha preocupación.

Una prueba clara de ello fue la repercusión del reciente viaje del presidente Trump a Europa. Es de tomar en cuenta la renuencia de la canciller alemana Ángela Merkel, que expresó su desagrado con las exigencias del presidente estadounidense. El presidente ruso Vladimir Putin lo captó correctamente indicando que el descontento es el resultado del sistema de soberanía limitada al que ha estado sometida la nación germánica en el orden de la posguerra. En general la posición alemana fue expresada por el ministro de Relaciones Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, en un comentario al periódico Bild del 8 de octubre de 2016: “Por desgracia, es una ilusión creer que eso es la vieja Guerra Fría. Los nuevos tiempos son diferentes, son más peligrosos. Antes el mundo estaba dividido, pero Moscú y Washington conocían las líneas rojas del otro y las respetaban. En un mundo con muchos conflictos regionales y una influencia decreciente de las grandes potencias, el mundo se vuelve más impredecible.”

Otros síntomas nítidos que marcan definitivamente el final de ese orden mundial, fue la victoria del Brexit en el referendo Británico y el triunfo de Donald Trump. En ambos casos, son la reacción al aumento de las desigualdades sociales en todas partes y los crecientes cuestionamientos a la ‘financiarización’ exacerbada de la economía mundial. Pero ni Trump ni el Brexit se presentan como soluciones reales, apenas indican la descomposición del proceso de globalización.

Entonces, sí partimos de la realidad de la erosión de la hegemonía estratégica global de Estados Unidos, podemos anticipar también el declive relativo del papel del dólar como principal moneda mundial de reserva.

Y preguntémonos, qué significa el agotamiento de la hegemonía unipolar de Estados Unidos y del sistema del dólar como moneda de referencia. Si seguimos una lógica histórica lineal, cabría la pregunta de cuál sería la potencia o el grupo de potencias que se constituirían en el nuevo hegemón mundial, de la misma forma en la que Estados Unidos y el dólar sustituyeron al Imperio Británico y a la libra esterlina.

Todo indica que una de las características generales que definen el cambio de época a la que se refirió el Papa Francisco es la inviabilidad de la continuación de la civilización bajo un nuevo centro hegemónico o, inclusive, varios de ellos. Deteniéndonos a pensar que, luego de la Segunda Guerra Mundial hubo una posibilidad de que se erradicasen todas las formas del colonialismo, tal cual era la intención manifiesta del presidente Franklin Roosevelt, la percepción real que queda es que el mundo desperdició siete décadas.

En ese periodo vimos que el viejo colonialismo era sustituido por una variante “post moderna” del mismo juego del yugo de las metrópolis sobre las naciones, se les decía soberanas pero sólo de nombre; la realidad fue que los países supuestamente descolonizados habían sido deliberadamente llevados a la impotencia, incapaces de establecer programas nacionales que beneficiasen a la mayor parte de su población.

Hoy, las iniciativas de China, de Rusia y del grupo BRICS, con nuevos bancos de fomento, un “pool” de reservas cambiarias, grandes proyectos de infraestructura, etc., le presentan al mundo la perspectiva de una estructura opcional para las finanzas mundiales que compite con las instituciones dominadas por occidente -FMI, Banco Mundial, etc.- pero que se diferencia al integrar una alianza cooperativa y productiva con capacidad de reorientar los flujos financiero hacia la economía física real, en lugar de mantenerlos concentrados en la especulación financiera, el cáncer que arruina tanto al mismo sistema financiero como a la economía mundial.

Por ello, a la reacción a ese deterioro se le llama “desglobalización,” y con la profundización de la crisis sistémica que ha caracterizado a las finanzas mundiales, la “opción Euroasiática” podría llegar a ser el proverbial buen ejemplo a imitar. En este tema la participación de América del Sur a través de Brasil en el grupo BRICS, asume un carácter estratégico, así como en su carácter de socio fundador del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura (AIIB), creado por China.

Del denominado Nuevo Orden, lo que más ha afectado directamente a Iberoamérica es la imposición de un sistema de soberanías limitadas, que permite la dominación extranjera de vastas regiones, sobre todo, claro está, de las más ricas en recursos naturales, particularmente energía y minerales. Esto explica la tremenda presión internacional para mantener la cuenca del Amazonas o la Patagonia, como patrimonios de la humanidad. Para arribar al ambicionado control se han utilizado los mecanismos más diversos y sofisticados -la bomba demográfica a punto de estallar, el tráfico de drogas, la destrucción del medio ambiente, la preservación de las culturas autóctonas, etc.

A pesar de que las intervenciones “extrajuridiccionales” de la OTAN comenzaron de hecho en 1982, en la Guerra de las Malvinas, cuyas lecciones, no fueron evaluadas correctamente en su época, el Nuevo Orden no se realizó manu militar. Lejos de ello, en países, como Brasil, cobró la forma de una guerra irregular conducida por otros medios, también denominada por algunos estrategas como “guerra de cuarta generación,” en la que un Estado nacional no se enfrenta directamente con otro Estado, sino con agentes no estatales, que pueden o no estar al servicio de otros estados. De manera más amplia algunos analistas las denominan “guerras hibridas”.

En Brasil, por ejemplo, las fuertes presiones políticas y de propaganda ejercidas directamente por gobiernos (en especial los de Washington y de Londres) o sus agentes de influencia, son protagonizadas por una variada constelación de organizaciones no gubernamentales (ONG) militantes de una plétora de disfrazadas causas nobles, que despiertan gran simpatía social y difusión rápida entre las redes sociales. Entre ellas destacan:

-la protección del ambiente y de los pueblos indígenas (en ambos casos forzando la delimitación de reservas de dimensiones desproporcionadas, y el veto a proyectos de infraestructura fundamentales);

-la defensa de derechos humanos ad hoc (destacándose una virulenta campaña de revanchismo contra las Fuerzas Armadas);

-la campaña de desarme civil;

-la imposición de un verdadero apartheid tecnológico (el desmantelamiento de varios programas técnicos modernos de las Fuerzas Armadas, restricciones a la energía nuclear, etc.);

-la privatización de las grandes y estratégicas empresas públicas.

 

Antecedentes históricos necesarios

En este punto, debemos analizar históricamente el surgimiento de estas nuevas formas de colonialismo en este tiempo de post modernidad y de lo políticamente correcto. El Imperio Británico, luego de la Guerra de los Boers, a finales del siglo XIX y principios del XX, comprendió que era imposible el sostenimiento de su predominio colonial con los métodos tradicionales de ocupación militar. Por ello su élite intelectual concentró esfuerzos en la reorganización del Imperio. La idea central fue la de crear estructuras de un “gobierno mundial,” para lo cual era fundamental la reconquista de Estados Unidos a las ideas coloniales de la madre patria.

Integrada a esos esfuerzos se concibió la estructura política de la Commonwealth y, dentro de ella, en un proyecto de ingeniería social, la creación de las hoy famosas organizaciones no gubernamentales (ONG), por medio de las cuales se podría actuar políticamente dentro de los diversos países, sin que esto se considerase una intervención extranjera, una forma de actuar que más tarde se conocería como el ejercicio del “soft power” (poder suave) para mantener las normas intervencionistas en las antiguas colonias.

Esa reorganización del Imperio caracterizó las primeras dos décadas del siglo XX, pero fue en las Conferencias de Paz de París, al final de la Primera Guerra Mundial, cuando se hicieron explícitos los planes para el establecimiento de un “gobierno mundial,” con la consolidación del “establishment” angloamericano en tres frentes; la creación de dos organizaciones gemelas de coordinación política, el Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York (CFR) y el Real Instituto de Asuntos Internacionales de Londres (RIIA o Chatham House); la creación del Sistema de la Reserva Federal como banco central privado de Estados Unidos para actuar en estrecha colaboración con el Banco de Inglaterra; y la creación de las primeras fundaciones familiares oligarcas -Carnegie, Rockefeller, etc.- para utilizar la filantropía a la manera de un eficiente instrumento de intervención política en los países seleccionados.

Por falta de tiempo para entrar en pormenores, me limitaré a mencionar una organización que fue y ha sido fundamental para ese esfuerzo: el Consejo Mundial de Iglesias (CMI), que fue creado en los años 1930s con el propósito de hacer del ecumenismo un instrumento político de la deseada estructura de “gobierno mundial.”

En el Brasil de hoy, que es el caso que conozco en detalle, en cada obra de infraestructura de cierto porte, sobre todo en la cuenca del río Amazonas, existe una problema indígena, real o inventado, y, detrás de él, la mano del CMI que lo incentiva. Pese a la incredulidad, es cierto, que el CMI ha financiado y promovido diversas iniciativas que resultan contrarias al progreso y a la soberanía del país, en los campos de: cuestiones agrarias, ambientales e indigenistas, además de ser uno de los principales promotores de la campaña de desarme civil. Entre las organizaciones que reciben su apoyo destacan el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra (MST), Vía Campesina, Movimiento de los afectados por las Presas (MAB), Consejo Indigenista Misionero (CIMI), Instituto Socio Ambiental (ISA), Centro de Trabajo Indígena (CTI) y otras más.

Vale la pena recordar aquí que estamos hablando de la continuación de la era de colonialismo que irrumpió a finales del siglo XVII, cuando a la declinación de las potencias ibéricas, se abrió el camino para la consolidación de la oligarquía angloholandesa en torno de la creación del Banco de Inglaterra, matriz de todos los bancos centrales privados del mundo y de uno de los núcleos del futuro Imperio Británico. A principios del siglo XX, el bastón de mando se le pasó al “establishment” angloamericano y a las instituciones que mencioné anteriormente.

Durante esos más de tres siglos, el sistema colonial libró una guerra permanente contra los estados nacionales soberanos, aunque hubo algunos episodios en que fue enfrentado con firmeza.

Este fue el caso de la Revolución Americana y su sistema de economía política nacional, proteccionista (palabra que hoy tiene hasta connotaciones peyorativas), asociado a las figuras de Alexander Hamilton, Friedrich List y Henry Carey, para mencionar tan sólo algunas de las más importantes. Ese Sistema Americano de Economía Nacional no representó una línea más de pensamiento económico, sino una manera diferente de organización de la economía como un vector de civilización. Esto resultó patente en la Guerra civil (1861-65), cuando el presidente Abraham Lincoln libró dos guerras: una contra los confederados del Sur, defensores de la esclavitud; y otra contra los métodos y la alianza informal de los banqueros de Nueva York y de Londres, que ya anticipaban la alianza después formalizada con la creación de la Reserva Federal.

Henry Carey, el asesor económico del presidente Abraham Lincoln, responsable del surgimiento del poderío industrial estadounidense hace más de 150 años, indicaba un camino.

“Para sustituir el deleznable sistema conocido como maltusianismo por el verdadero cristianismo, se requiere que demostremos al mundo que es la población que hace que el alimento surja de los suelos ricos y que el alimento tiende a aumentar más rápidamente que la población, comprobando, de esta manera, el mandato de Dios para el hombre. Establecer dicho imperativo; probar que entre las personas de todo el mundo, sean agricultores, manufactureros o mercaderes, existe una perfecta armonía de intereses, y que la felicidad de los individuos, así como la grandeza de la naciones, surge de la perfecta obediencia al mayor de todos los mandamientos: ‘haz a los otros lo que te gustaría que los otros te hagan’, constituyen el objeto y será el resultado de aquella misión”.

Lo mismo se puede decir de Franklin Roosevelt, cuya muerte prematura, en 1945, permitió la renovación del colonialismo. El último obstáculo al neocolonialismo rampante fue removido con el asesinato del presidente John F. Kennedy, en 1963, lo que consolidó a la nación estadounidense en el baluarte de una visión maniquea del mundo.

Ese maniqueísmo tomó la forma de la predestinación calvinista y sus variantes, el “Destino manifiesto” y el “excepcionalismo,” y ambos parten del supuesto de que existen dos tipos de naciones: unas predestinadas a dominar y otras a someterse (recuérdese la proclamación del presidente George W. Bush: “O están con nosotros o están contra nosotros.”). Ese sistema maniqueo-colonial junto con sus valores filosóficos liberales radicales se instituyeron a partir del rechazo abierto de las concepciones que originaron los fundamentos humanistas del Estado soberano, los cuales fueron sometidos a una verdadera deconstrucción, peyorativamente juzgados de principios oscurantistas y medievales. Así es, los antiguos proyectos mundialistas, como los de la oligarquía de Venecia, y el mundo de las cruzadas, fueron superados, precisamente, con el advenimiento de las concepciones cristianas del Estado soberano, descritas, entre otros, por Santo Tomás de Aquino. En los tres últimos siglos, los verdaderos oscurantistas han sido exactamente las potencias coloniales que hoy luchan por la supervivencia de un sistema de privilegios.

Parte de ese designio de dominación es la distorsión de la colonización Ibérica, divulgada ampliamente por los mismos poderes coloniales, para quienes era inadmisible el fuerte carácter evangelizador, y por eso presentaban la epopeya tan sólo como el “genocidio de los pueblos originarios.” Esta Leyenda Negra, fabricada en sus albores por Holanda, Inglaterra y la Francia hugonote, todavía la repiten académicos y propagandistas vinculados al aparato neocolonial “postmoderno.” Decía el intelectual uruguayo Methol Ferré:

”La Leyenda Negra nos deja con las raíces podridas. Somos hijos de perras. Nuestra historia no vale la pena. Es la mera historia de una infamia. ¿Qué somos? ¿Qué podemos ser con tal nacimiento? Nada, simplemente nada. Quedamos divididos con nosotros mismos, ni indígenas, ni criollos, ni mestizos, nada. Y de la nada ¿qué puede resultar? Solamente un nuevo destino colonial.”

Por ironía, el reconocimiento de la importancia de la colonización Ibérica provino de uno de los grandes apologistas del Imperio Británico, el historiador Arnold Toynbee, cuando dice:

“Los españoles y portugueses cristianos y católicos llevaron a cabo un sentido colonizador peculiar; no solamente comen el pan con los indígenas que civilizaron, sino que también se casan con ellos. Dios los bendiga. Si el género humano llega a unirse en una sola familia, será gracias a ellos, y no a nosotros.”

Fueron aquellos acaudalados intereses, con aquella ideología, los que lanzaron la campaña contra los 500 años del Descubrimiento de América, en 1992, y, después, contra el descubrimiento de Brasil, en 2000. Toda la tropa de ONG de este neocolonialismo se movilizó para atacar las raíces culturales originales de Iberoamérica, una de las mayores hazañas civilizadoras de la historia humana. Atacan la colonización y la evangelización de América; pero esconden las lacras de la colonización efectuada por las demás potencias europeas y ocultan los efectos de sus variantes modernas.

Iberoamérica debe miran con atención a la manera en cómo Rusia se está reconstruyendo a partir de sus bases cristianas y la defensa de sus tradiciones culturales y espirituales. No era apenas reconstruir sus fuerzas armadas para garantizar las fronteras liquidas resultado de la disolución del Imperio soviético, sino, sobre todo, proveer una esperanza de prosperidad a su pueblo. Recordemos que cuando el presidente Vladimir Putin asume el poder, en el inicio de los años 2000, Rusia está dominada por una elite política cleptocrática, muy semejante a las elites políticas de nuestras naciones, que aludiendo al caso brasileño, convirtieron en lavanderías de dinero las campañas electorales.

Para defender su país, el presidente ruso se colocó en oposición abierta a toda la agenda del Nuevo Orden Mundial, especialmente la difusión occidental de un laicismo radical, del secularismo y del hedonismo. Consiguió aislar a Rusia de la decadencia cultural y moral occidental, reforzando su identidad nacional. Disciplinó a las ONG internacionales que procuraban imponer una agenda supranacional.

En suma, Putin se levantó como el defensor del Estado soberano contra las estructuras del gobierno mundial, que son las líneas de la verdadera batalla de las defensas nacionales. Está es una realidad que ha provocado una rabia descomunal en las élites hegemónicas angloamericanas, por la amenaza de contagio de ese mal ejemplo en el ámbito internacional que de plano derrumbaría las ambiciones de erigir un gobierno mundial.

Hablamos de Putin sin tinte ideológico, lo hacemos de la misma manera que hablamos del presidente Franklin D. Roosevelt, de su “New Deal” y su proyecto para destronar el grupo de “banksters” de “Wall Street” responsables de la gran depresión de 1929. La perspectiva prometedora que tenemos hoy día a la vista, en el futuro inmediato, es la constitución de un mecanismo de cooperación de bloques de naciones soberanas, cuyo marco inicial podría ser la integración del eje euroasiático encabezada por China y Rusia: el potencial surgimiento de un “New Deal” global.

Al mismo tiempo tenemos que tener en cuenta que ese cambio de época exigirá como tarea central el restablecimiento de los principios cristianos del Estado nacional soberano: el reconocimiento de la igualdad intrínseca de las Naciones; libertad de culto y formas diversas de autogobierno; el sentido de persona humana y, por lo tanto, de sus derechos inalienables; reconciliación entre fe y razón; y el restablecimiento de la dignidad y del derecho al trabajo. Estos requisitos deben estar presentes en la reconstrucción de la economía mundial, en los esfuerzos educativos y, no menos importante, en el progreso de la ciencia y de la técnica.

En resumen, es necesario que el principio del bien común se consolide como principio central de la formulación de la cosa pública. Atreviéndome a hacer un ejercicio de predicción, más que cualquier revolución tecnológica, tal vez esa vendrá a ser la gran revolución que la sociedad necesitará en el siglo XXI, un orden que contemple el Bien común y la justicia social. Y es en el diálogo de las diferencias, y no en el conflicto, donde se podrá abrir el camino para la edificación de la verdadera comunidad internacional.

 

El proyecto de integración continental

Dentro de esta perspectiva, para las naciones de América del Sur no existe alternativa de defensa y desarrollo económico y social al margen de un intento renovado de integración continental. Es solo bajo esa condición que podemos participar del surgimiento de un nuevo orden cooperativo a nivel mundial. Ni Brasil, como se puede constatar por su crisis presente, puede concebirse como un protagonista aislado al margen de una integración continental.

Todos los intentos, valiosos sin duda, de integración continental se quedaron a mitad del camino. Considero que la falla central ha sido limitar la integración a aspectos comerciales o acuerdos para la construcción de integración física, evidentemente, todo lo cual es necesario; no obstante, estos entendimientos no nos acercan a la fuerte raíz de nuestro denominador común. Al pasar por alto esas raíces, nos debilitamos, y lo peor es que no solo las ignoramos, sino que las repudiamos haciéndonos eco de odiosas calumnias. Esto fue patente en los eventos del V Centenario del Descubrimiento y Evangelización de América, como ya me he referido.

Felipe Herrera hablaba de que “América Latina no es un conjunto de naciones: es una nación deshecha”; esto nos obliga a pensar la integración de manera esencialmente diferente al experimentado, por ejemplo, por la Comunidad Europea, compuesta de naciones de formación histórica diversa. Aun así, Europa enfrenta una crisis que tiende a profundizarse en la medida en que la burocracia de Bruselas se empeña obsesivamente en negar las raíces cristiana europeas imponiendo un liberalismo hedonista a ultranza. No hay materialidad que soporte la disidencia espiritual.

“Latinoamérica es una gran nación deshecha. Es afinidad espontánea en el trato y vivencia profunda en el corazón de sus gentes. Está presente en su plegaria y en su rostro, en su historia e en su canción. Es fruto de tradiciones y culturas comunes, de instituciones y costumbre similares. Hace falta solo que recobre su conciencia de sus intereses y de su destino”.

Esta palabras inspiradoras de Felipe Herrera permítanme complementarlas con el concepto de la soberanía fundamente que presento el Papa Juan Pablo II en el célebre discurso en la Unesco en el año 1980, evocando la lucha de su país natal, Polonia, pero que se aplica como guante a nuestro continente.

“La nación es, en efecto, la gran comunidad de los hombres qué están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente, por la cultura. La nación existe “por” y “para” la cultura, y así es ella la gran educadora de los hombre para que puedan “ser más” en la comunidad. La nación es esta comunidad que posee una historia que supera la historia del individuo y de la familia…Soy hijo de una nación que ha vivido las mayores experiencias de la historia, que ha sido condenada a muerte por sus vecinos en varias ocasiones, pero que ha sobrevivido y que ha seguido siendo ella misma. Ha conservado su identidad y, a pesar de haber sido dividida y ocupada por extranjeros, ha conservado su soberanía nacional, no porque se apoyara en los recursos de la fuerza física, sino apoyándose exclusivamente en su cultura. Esta cultura resultó tener un poder mayor que todas las otras fuerzas. Lo que digo aquí respecto al derecho de la nación a fundamentar su cultura y su porvenir, no es el eco de ningún “nacionalismo”, sino que se trata de un elemento estable de la experiencia humana y de las perspectivas humanistas del desarrollo del hombre. Existe una soberanía fundamental de la sociedad que se manifiesta en la cultura de la nación. Se trata de la soberanía por la que, al mismo tiempo, el hombre es supremamente soberano.

“(…) esta soberanía fundamental que posee cada nación en virtud de su propia cultura. Protéjanla como niña de sus ojos para el futuro de la gran familia humana. ¡Protéjanla! No permitan que esta soberanía fundamental se convierta en presa de cualquier interés político o económico (…) ¿No es éste un punto importante para el futuro de la cultura humana, importante sobre todo en nuestra época cuando tan urgente es eliminar los restos del colonialismo?”.

Resulta obvio que está concepción de “soberanía fundamental” será la clave del proyecto de integración continental, es ese el elemento unificador, salir de los regionalismos castrantes y auto limitantes, para un patriotismo continental trascendente. Solo un sentido de trascendencia que toma nuestra historia y la proyecta en el horizonte puede curar los males que corrompen la vida política actual. No hay ética sin transcendencia y esto vale tanto para los individuos como para las naciones. Solo el horizonte nos permite salir de las tempestades y turbulencias, solo “las lejanías nos curan de las cercanías” escribió el intelectual mexicano Alfonso Reyes.

Igualmente se nos impone generar entre las naciones y dentro de cada una de ellas, un consenso moral de la sociedad, tal cual lo definió el papa Benedicto XVI, en su discurso inaugural en la Conferencia de Aparecida del CELAM, el domingo 13 de mayo de 2007, que aquí citó en extenso:

“Llegados a este punto podemos preguntarnos: ¿Cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria? Los problemas de América Latina y del Caribe, así como del mundo de hoy, son múltiples y complejos, y no se pueden afrontar con programas generales. Sin embargo, la cuestión fundamental sobre el modo como la Iglesia, iluminada por la fe en Cristo, deba reaccionar ante estos desafíos, nos concierne a todos. En este contexto es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia. En realidad, las estructuras justas son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad. Pero, ¿cómo nacen?, ¿cómo funcionan? Tanto el capitalismo como el marxismo prometieron encontrar el camino para la creación de estructuras justas y afirmaron que éstas, una vez establecidas, funcionarían por sí mismas; afirmaron que no sólo no habrían tenido necesidad de una precedente moralidad individual, sino que ellas fomentarían la moralidad común. Y esta promesa ideológica se ha demostrado que es falsa. Los hechos lo ponen de manifiesto. El sistema marxista, donde ha gobernado, no sólo ha dejado una triste herencia de destrucciones económicas y ecológicas, sino también una dolorosa opresión de las almas. Y lo mismo vemos también en Occidente, donde crece constantemente la distancia entre pobres y ricos y se produce una inquietante degradación de la dignidad personal con la droga, el alcohol y los sutiles espejismos de felicidad.

“Las estructuras justas son, como he dicho, una condición indispensable para una sociedad justa, pero no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal (…) ; digo solamente que una sociedad en la que Dios está ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir según la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses.

“Por otro lado, las estructuras justas han de buscarse y elaborarse a la luz de los valores fundamentales, con todo el empeño de la razón política, económica y social. Son una cuestión de la recta ratio y no provienen de ideologías ni de sus promesas. Ciertamente existe un tesoro de experiencias políticas y de conocimientos sobre los problemas sociales y económicos, que evidencian elementos fundamentales de un Estado justo y los caminos que se han de evitar. Pero en situaciones culturales y políticas diversas, y en el cambio progresivo de las tecnologías y de la realidad histórica mundial, se han de buscar de manera racional las respuestas adecuadas y debe crearse —con los compromisos indispensables— el consenso sobre las estructuras que se han de establecer.

“Las estructuras justas jamás serán completas de modo definitivo; por la constante evolución de la historia, han de ser siempre renovadas y actualizadas; han de estar animadas siempre por un ethos político y humano, por cuya presencia y eficiencia se ha de trabajar siempre. Con otras palabras, la presencia de Dios, la amistad con el Hijo de Dios encarnado, la luz de su Palabra, son siempre condiciones fundamentales para la presencia y eficiencia de la justicia y del amor en nuestras sociedades.

“Por tratarse de un continente de bautizados, conviene colmar la notable ausencia, en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas. Los movimientos eclesiales tienen aquí un amplio campo para recordar a los laicos su responsabilidad y su misión de llevar la luz del Evangelio a la vida pública, cultural, económica y política”.

Ante esta realidad descrita y empuñando estos principios de nuestra soberanía fundamental debemos abocarnos plenamente al logro de ese consenso moral de la sociedad para restablecer nuestro gran proyecto integrador y recuperar plenamente nuestro territorio, nuestras fronteras para el pleno desarrollo de nuestras capacidades en beneficio del bien común, del bienestar general de nuestros pueblos. Imagen: bitnote

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