En el Sínodo Pan Amazónico los carbonarios de la teología de la liberación atizan el “humo de Satanás” en Roma

 

Pocos días antes de concluir el Sínodo Pan Amazónico, al margen de los compromisos oficiales, el 20 de octubre, un grupo de 40 padres sinodales realizó una simbólica misa en las Catacumbas de Domitila. El mayor y más antiguo cementerio subterráneo de Roma, fue convertido por ese grupo de seguidores de la torcida Teología de la Liberación, obispos, laicos y representantes de otros credos, en un socavón ecuménico para densificar lo que el Papa San Pablo VI afirmaba: “por alguna rendija, el humo de Satanás entró en el templo de Dios.”.

 

Al final fue divulgado un documento denominado “Pacto de las Catacumbas por la Casa Común”, cuyas últimas dos palabras son un tributo a los aspectos ambientales abordados en la encíclica Laudato Si del papa Francisco. El manifiesto, en realidad, encubre un fuerte ataque al Magisterio de la Iglesia Católica y un anticlericalismo de tipo carbonario. Por una ironía, los Carbonarios del siglo 19 (que tenían como lema “Solamente Dios y el pueblo) se nombraban “Sociedad Secreta Masonería Forestal”, un mote afinado con el ideario de las redes de la teología de la liberación presentado ante el Sínodo.

 

La misa fue celebrada por el cardenal Claudio Hummes arzobispo emérito de São Paulo y relator general do Sínodo. La ceremonia transcurrió para rescatar la torcida teología de la liberación, glorificando a algunos de sus “profetas”, los obispos de Brasil, el fallecido Helder Cámara, y Pedro Casaldaliga, obispo emérito de São Felix de Araguaia. Tanto el nombre del Pacto como el lugar escogido fue una copia de un acontecimiento similar ocurrido en 1965 durante el Concilio Vaticano II, en la época se emitió el “Pacto de las Catacumbas, opción preferencial por los pobres”. Hoy en día, los pobres son representados por los pueblos originarios que habitan la cuenca del Amazonas. Tuvo, además, un realce especial el padre brasileño José Oscar Beozzo, famoso historiador que disertó sobre las semejanzas de época de los dos manifiestos y sus repercusiones para la vida de la Iglesia. Parafraseando a uno de sus gurús ideológicos predilectos, la Historia se repite primero como tragedia y, después, como farsa.

 

La conjuración carbonaria fue convocada por un grupo de la jerarquía eclesial que participa en el Sínodo, sobre todo proveniente de Brasil, en una ofensiva de propaganda para que su programa, reflejado en el controvertido documento preparatorio Instrumentum Laboris, se imponga en el documento final y en las posteriores decisiones que el papa Francisco tomara sobre el tema propuesto. No obstante, tal documento ha sido objetado por jerarcas de la Iglesia, debido a que su contenido está plagado de aspectos socioambientales, ignorando casi el propósito central de la misión de la Iglesia Católica: su misión misionera inscrita en la apremiante Nueva Evangelización. Incluso en la ceremonia inaugural del Sínodo el Papa Francisco, pidió someterlo a escrutinio.

 

El “Pacto de las Catacumbas por la Casa Común” contiene 15 compromisos, y es de plano una réplica del Instrumentum Laboris. Desde el primer punto secunda sin ningún apoyo científico los dogmas del ambientalismo-maltusianismo moderno, calentamiento global, escasez de recursos; además de convertir la región amazónica, sobre todo la brasileña, en la arena que definirá si hay justicia, o no, para los pobres. El punto 1 afirma:

 

“Asumir, ante la extrema amenaza del calentamiento global y el agotamiento de los recursos naturales, un compromiso de defender en nuestros territorios y con nuestras actitudes la selva amazónica en pie. De ella provienen las dádivas del agua para gran parte del territorio sudamericano, la contribución al ciclo del carbono y la regulación del clima global, una incalculable biodiversidad y una rica socio diversidad para la humanidad y la Tierra entera”.

 

Sin embargo, no les preocupa para nada el bienestar de los 35 millones de personas que habitan la región Pan Amazónica, sino los pocos grupos indígenas tratados como ejemplares de un zoológico humano, es decir, es el indigenismo puro y llano, ignorando la raíz histórica de la evangelización.

 

“Renovar en nuestras iglesias la opción preferencial por los pobres, especialmente por los pueblos originarios, y junto con ellos garantizar el derecho a ser protagonistas en la sociedad y en la Iglesia. Ayudarlos a preservar sus tierras, culturas, lenguas, historias, identidades y espiritualidades. Crecer en la conciencia de que deben ser respetados local y globalmente y, en consecuencia, alentar, por todos los medios a nuestro alcance, a ser acogidos en pie de igualdad en el concierto mundial de otros pueblos y culturas”.

 

¿Satélite del Consejo Mundial de Iglesias?

Es claro que lo que el grupo se propone es que sea cual fuere el resultado del Sínodo, ellos disputan para ser una especie de Iglesia aparte, que presionará para cambiar el Magisterio y la Doctrina de la Iglesia, mediante la alteración del carácter de los sínodos, hasta llegar a una especie de Senado. El Sínodo, hasta ahora, es una instancia consejera del papa, sin carácter resolutivo en lo que concierne a aspectos fundamentales de la Doctrina de la Iglesia Católica. Sin embargo, en el punto 9 del nuevo Pacto de las Catacumbas, se afirma:

 

“Establecer en nuestras iglesias particulares una forma de vida sinodal, donde los representantes de los pueblos originarios, misioneros, laicos, en razón de su bautismo y en comunión con sus pastores, tengan voz y voto en las asambleas diocesanas, en los consejos pastorales y parroquiales, en resumen, en todo lo que les cabe en el gobierno de las comunidades”.

 

Por su parte, el padre José Oscar Beozzo, presente en la misa de las Catacumbas de Domitila, en una entrevista concedida al sitio Religión Digital publicada el 7 de septiembre de 2019, explica hacia dónde se dirige la querella con relación a las atribuciones de los sínodos:

 

“En el Vaticano II, los Padres Conciliares habían pedido que el Sínodo fuera una especie de senado permanente, un hilo de contacto con todas las Iglesias locales, con la responsabilidad de cuidar, junto con el Papa, de toda la Iglesia. El Sínodo, sin embargo, no nace como un cuerpo permanente, porque la asamblea se disuelve después de cada convocación. Por otro lado, no es un organismo de la Curia romana, sino una instancia del Colegio Episcopal. Él es convocado cada vez. Tampoco es una asamblea deliberativa como los consejos, sino un órgano asesor. Puede volverse deliberativo si el Papa así lo decide”.

 

Y agrega: “Así que ese sueño de consejos permanentes y deliberativos no se ha hecho realidad hasta el día de hoy. Solo que hay un cambio con el Papa Francisco. Él propone una nueva configuración para el Sínodo y recupera en gran medida la intuición inicial de que el Colegio Episcopal está llamado a asumir el “sollicitudo omnium ecclesiarum”, el cuidado de todas las Iglesias, junto con el Obispo de Roma. Con la Constitución Apostólica Episcopalis Communio del 15 de septiembre de 2018, que reemplaza el Motu Proprio Apostolica Sollicitudo de Pablo VI del 15 de septiembre de 1965 y el Ordo de Benedicto XVI de 2006, el Papa Francisco lleva la institución sinodal a un nuevo nivel. Esto ahora se rige por una Constitución Apostólica, el documento más solemne y decisivo que el Papa puede promulgar. El Papa Francisco expresa esto en el preámbulo de la Constitución”

 

El padre Beozzo es autor del libro Pacto das Catacumbas, es un estudioso de la historia de la Iglesia expresidente da Comisión de Estudios de la Historia de la Iglesia en América Latina. Especialista en la historia del Concilio Vaticano II y de las conferencias del CELAM.

 

Pero es algo más. Antiguo militante de la causa del ecumenismo. En 1982 fundó en Sao Paulo el Centro Ecuménico de Servicios a la Evangelización e Educación Popular (CESEEP, entidad miembro de la rama latinoamericana del Consejo Mundial de Iglesias (CMI), el Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI). Muy activo en los círculos intelectuales del Consejo del Consejo Mundial de Iglesias. Por ejemplo, en 2005 la sede del CMI en Ginebra, publicó en inglés algunos de sus ensayos.

 

No sorprende en realidad que el CMI llegue tan lejos en su influencia sobre la Iglesia Católica. Esta poderosa entidad del poder angloamericano fue una de las principales creadoras de la teología de la liberación marxista en Iberoamérica y actualmente coordina mundialmente las acciones de los adeptos a ella.

 

De sus centros de influencia nació el indigenismo axiomático. Además, impulsa la creación de una teología y de una iglesia indígena sin purificar la cultura de los grupos indígenas. Es esto lo que hoy vemos encarnado en el grupo eclesial de Brasil que ha marcado la región amazónica como su guarida.

 

Eventos “fake” en el Vaticano

Al falsear ser los protagonistas auténticos del Sínodo, los grupos de la teología de la liberación se proponen repetir lo que al pasado hicieron con el Concilio Vaticano II. Manipulación que fue lucidamente analizada por el papa Benedicto 16, en la reunión que sostuvo con el clero de Roma 14 de febrero de 2013, al despedirse de su pontificado:

 

“Quisiera ahora añadir todavía un tercer punto: Estaba el Concilio de los Padres —el verdadero Concilio—, pero estaba también el Concilio de los medios de comunicación. Era casi un Concilio aparte, y el mundo percibió el Concilio a través de éstos, a través de los medios. Así pues, el Concilio inmediatamente eficiente que llegó al pueblo fue el de los medios, no el de los Padres. Y mientras el Concilio de los Padres se realizaba dentro de la fe, era un Concilio de la fe que busca el intellectus, que busca comprenderse y comprender los signos de Dios en aquel momento, que busca responder al desafío de Dios en aquel momento y encontrar en la Palabra de Dios la palabra para hoy y para mañana; mientras todo el Concilio —como he dicho—se movía dentro de la fe, como fides quaerens intellectum, el Concilio de los periodistas no se desarrollaba naturalmente dentro de la fe, sino dentro de las categorías de los medios de comunicación de hoy, es decir, fuera de la fe, con una hermenéutica distinta. Era una hermenéutica política. Para los medios de comunicación, el Concilio era una lucha política, una lucha de poder entre diversas corrientes en la Iglesia.

 

“Era obvio que los medios de comunicación tomaran partido por aquella parte que les parecía más conforme con su mundo. Estaban los que buscaban la descentralización de la Iglesia, el poder para los obispos y después, a través de la palabra «Pueblo de Dios», el poder del pueblo, de los laicos. Estaba esta triple cuestión: el poder del Papa, transferido después al poder de los obispos y al poder de todos, soberanía popular. Para ellos, naturalmente, esta era la parte que había que aprobar, que promulgar, que favorecer. Y así también la liturgia: no interesaba la liturgia como acto de la fe, sino como algo en lo que se hacen cosas comprensibles, una actividad de la comunidad, algo profano (…)

 

“Sabemos en qué medida este Concilio de los medios de comunicación fue accesible a todos. Así, esto era lo dominante, lo más eficiente, y ha provocado tantas calamidades, tantos problemas; realmente tantas miserias: seminarios cerrados, conventos cerrados, liturgia banalizada… y el verdadero Concilio ha tenido dificultad para concretizarse, para realizarse; el Concilio virtual era más fuerte que el Concilio real”.

 

Para concluir, recordemos las visionarias palabras de San Pablo VI en una carta de junio de 1972, años después divulgada por el padre Leonardo Sapieza, regente de la Casa Pontificia:

 

“…Diríamos que, por alguna rendija misteriosa – no, no es misteriosa; por alguna rendija, el humo de Satanás entró en el templo de Dios. Hay duda, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación”.

 

“Ya no se confía en la Iglesia. Se confía en el primer profeta pagano que vemos que nos habla en algún periódico, para correr detrás de él y preguntarle si tiene la fórmula para la vida verdadera. Entró, repito, la duda en nuestra conciencia. Y entró por las ventanas que debían estar abiertas a la luz: la ciencia”.

 

 “…Se creía que, tras el Concilio, vendrían días soleados para la historia de la Iglesia. Vinieron, sin embargo, días de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre… Intentamos cavar abismos en lugar de taparlos…”

*MSIa Informa