El terror como estilo de vida; la virtud gubernamental como bandera

 

Mouris Salloum George*

Los mexicanos hemos vivido los últimos tiempos en medio del torbellino del terror seco. En lugar de la convivencia pacífica a que según la Constitución tenemos todo el derecho del mundo, estamos enfrentados a una vorágine de terror fiscal, a manos de las autoridades hacendarias y del SAT de Arturo Herrera y Raquel Buenrostro, y de las suspicacias amenazantes de Santiago Nieto, por parte de la quisquillosa Unidad de Inteligencia Financiera. 

 

Los brazos operativos de la recaudación imposible en temporada de pandemia, se extienden a las barandillas de la policía fiscal y a la expectativa de las bartolinas para todos aquellos que osen apartarse un milímetro de lo políticamente correcto en materia de constreñirse a lo estipulado por los que ya no saben qué cuerda tocar para cumplir las metas del presupuesto ancho y ajeno, quimera pura.

 

El terrorismo hidráulico asoma sus fauces en las riberas del río Grijalva en Villahermosa, azotada por la apertura inopinada de la presa de Peñitas, poniendo a la población de bajo el agua, abajo de varios metros de una inundación ordenada sin avisar con tiempo a los habitantes que no pudieron evitar la hecatombe. Chiapas sufre también sin un Fondo Nacional de Desastres que acuda en su auxiliares; los altos funcionarios de la Federación, actúan como quien ve llover. Han desaparecido los dineros del ramo.

 

El terrorismo político de Donald Trump, que se aferra denodadamente al poder sin querer soltar un ápice, después de que los organismos estatales electorales de los Estados Unidos han señalado a Joe Biden como presidente electo y la falta de reconocimiento, amenaza las estructuras básicas no sólo de la relación diplomática, sino el futuro de las relaciones laborales, energéticas y ambientales México- EEUU; no se sabe qué puede venir.

 

El terror que se cierne sobre las estructuras agrarias productivas de alimentos no es menor. De importancia suprema será adivinar hacia donde vamos a tener que jalar para resolver en el mediano plazo nuestras necesidades de productos básicos de primera necesidad. Es un acertijo que nadie se ha atrevido a explicar; el terror del hambre es una realidad en muchas partes de la República.

 

El terror que se deriva de la máquina de muerte echada a andar por la delincuencia organizada tiene muchas fauces que enseñar todavía, sin autoridad al frente que la detenga. Los índices al alta de los feminicidios tan reprimidos, de los asesinatos en despoblado y de los delitos de alto impacto es verdaderamente de miedo.

 

Durante los años de consolidación de la revolución francesa, Robespierre, -llamado “el incorruptible”—, diputado y presidente de la Convención Nacional, jefe indiscutible de la fracción más radical de los jacobinos y líder del Comité de Salvación Pública, gobernó Francia con mano de hierro durante el periodo del Terror. Así la pagó.

 

Continuas ejecuciones por traición, sedición, conspiración, entre muchos otros crímenes revelaron a Robespierre firme, autoritario y decidido a purificar Francia de cualquier ciudadano opositor. La pena de muerte fue usada con cualquier pretexto; Robespierre era el único puro de la revolución, no compartía sus títulos con nadie.

 

Llegó a decir que actuaba en nombre de “la virtud”, ejercida individual y colectivamente como una de las claves de su pensamiento republicano. “El terror sin virtud es desastroso. La virtud sin terror es impotente” era su credo de guerra en nombre de los valores de la Ilustración.  El infame era demasiado petulante.

 

Su caída política fue ocasionada por la propia inestabilidad que él mismo había generado. Su muerte fue seguida de una reacción termidoriana que desmanteló el régimen del terror e hizo añicos el gobierno revolucionario que fue reemplazado por el Directorio, de carácter más conservador. Sus antiguos seguidores fueron sus peores verdugos.

 

El cuerpo de Robespierre y de veintiún condenados fue enterrado en una fosa común en el cementerio popular de Errancis; en la fosa se vertió cal viva a fin de borrar todo rastro. Su caída, desafortunadamente, acabó con el Terror, al mismo tiempo que con el impulso democrático de la República. ‎La época del Terror es una de las etapas más negras de la historia de las revoluciones y de la humanidad

 

En su conocida “ronda de los animales”, el pensador bilbaíno Miguel de Unamuno, puntal de la Generación del ’98, precisó: “La abeja zumba, la rana croe, muge la vaca, ulula el búho, el pato parpa, rebuzna el burro, el cuervo grazna, aúlla el lobo… y el hombre escucha”. ¿Será cierto que el hombre aún puede escuchar?

 

¿Hasta qué límites puede aplicarse el terror en el seno de una sociedad pacífica?, ¿acaso se requiere?

*Director General del Club de Periodistas de México, A.C.

 

Foto: amqueretaro.com