El dilema de las Elecciones de los EUA

 

Las futuras elecciones de los Estados Unidos de Norte América no tienen paralelo en la historia de esa nación, y, por su singular importancia estratégica, representan también un dilema para el mundo. Cabe aclarar que no es la democracia lo que está en peligro, debido a la crispación que muchos analistas perciben como el indicio de una nueva guerra civil con características raciales o identitarias, ni se trata tampoco del viejo conflicto de conservadores y liberales, aunque el “Establishment” esté profundamente dividido en los más altos escalones del Olimpo.

 

Pudiese haber conflictos de envergadura que remitan el proceso electoral a las instancias de la justicia electoral, pero no reflejan éstos los aspectos que conforman la característica fundamental de la actual  lucha electoral, por más dramática que pueda parecer la situación del país.

 

La realidad es que, en un futuro inmediato, el mundo sufrirá transformaciones históricas en un sentido o en otro. La pandemia de Covid-19 que paralizó el mundo en este fatídico 2020 evidenció y agravó los problemas de inequidad económica y social, por lo cual lo que hoy presenciamos es que una gran parte de la población humana está hundida en niveles de pobreza extrema, mientras que grandes intereses económicos y financieros acumularon riquezas nunca imaginadas en la historia del planeta. El resultado es un aumento tan grande de la injusticia que clama a los cielos.

 

Un momento que podría ser relativamente comparable al actual de Estados Unidos es el del asesinato del presidente John F. Kennedy el 22 de noviembre 1963, un autentico golpe de estado “American style”. Este trágico acontecimiento marcó el ascenso del dominio de la política estadounidense del Complejo Industrial Militar, bautizado así por antecesor de Kennedy, el presidente Dwight D. Eisenhower; su programa extendió la Guerra Fría por casi tres décadas y dejo abierto el camino para la destrucción del sistema de Breton Woods llevada a cabo en agosto de 1971 por el presidente Richard Nixon.

 

Estos acontecimientos crearon las condiciones para inflar una serie de burbujas financieras impuestas no solo a la economía de los EUA, sino prácticamente a las de todo el globo, proceso que culminó con la actual globalización financiera. Esta, a su vez, se encuentra claramente en su último estertor, a causa de la imposibilidad de sustentar los colosales volúmenes de deudas nacionales y privadas, ya sea por la incapacidad física de las economías nacionales o ya por las extravagantes maniobras financieras de inyecciones de dinero “creado de la nada” (las famosas “facilitaciones cualitativas”).

 

Panorama muy semejante al de las operaciones financieras realizadas en 2008 para evitar que la bancarrota del grupo Lehman Brothers arrastrara a Wall Street.  Son mecanismos que funcionan como drogas, al mantener la adicción creciente del sistema financiero a las transacciones especulativas desconectadas de la economía real, meros artificios, posibles gracias a la posición privilegiada del dólar estadounidense como moneda de referencia mundial.

 

En otras condiciones, el poderío militar hegemónico estadounidense – en realidad la garantía de última instancia del dólar – podría imponer a su antojo un orden semejante al de la Alemania de Weimar en la década de 1920, fruto del mandato de las potencias victoriosas de la Primera Guerra Mundial, quienes propiciaron condiciones de austeridad tales que arrastraron a esa nación al régimen Nazi  y a la Segunda guerra mundial.

 

En los círculos más altos del poder mundial, ese tipo de alucinación radical podría ser hasta evaluada. No obstante, es aquí donde entran las peculiaridades del momento actual. En los años por venir Estados Unidos tenderá a perder frente a China el lugar de mayor economía del mundo.  En términos estratégicos y tecnológicos tampoco tendrá la capacidad de imponer su supremacía militar a potencias como Rusia y China.

 

Esto quiere decir que la hegemonía estadounidense tiene los días contados, sin que esto signifique el surgimiento de un nuevo poder hegemónico global, en términos económicos o militares. Y es aquí   donde reside la característica fundamental de la contienda electoral de noviembre próximo: ¿De qué manera los Estados Unidos encararan esta realidad?, ¿De qué manera esta, sin duda, gran nación se insertará en el contexto de un nuevo orden mundial colaborativo, en el cual la igualdad del derecho de las naciones al pleno desarrollo económico y social deberá ser el imperativo de convivencia global?

 

En cuanto a los dos lados de la disputa por la Casa Blanca, el presidente Donald Trump, a pesar de ser un crítico del estado desastroso en que se encuentra la economía norteamericana, de la intervención permanente del país  en conflictos externos, y de aspectos del programa identitario (aborto, ideología de género), está contaminado del “excepcionalismo” estadounidense,  raíz de sus choques crecientes con China, Rusia e Irán.

 

Al mismo tiempo, el ex vicepresidente Joe Biden y la senadora Kamala Harris, con el entusiasta apoyo interno y externo de contingentes que no ven más allá del programa identitario , se han alineado con la visión neomaltusiana  del “Gran reinicio”  propuesto por los poderes oligárquicos mundiales reunidos  en el Foro Económico Mundial, sin que exista ningún otro indicio alentador de que se dispondrían a contrariar  la orientación belicista  favorecida por el “Establishment”. En otras palabras, las diferencias con Trump son más de estilo que de contenido.

 

Y debemos tener claro que esta característica del momento histórico es válida globalmente y abre un interrogante más. ¿Cómo puede aplicarse en la situación actual la “Trampa de Tucídides”?. Como se sabe, el concepto fue formulado en 2015 por el politólogo estadounidense Graham Allison para explicar la dinámica histórica de enfrentamiento entre una potencia hegemónica en descenso y una potencia ascendente, tomando de ejemplo el combate entre Atenas y Esparta en la Guerra del Peloponeso, descrita por Tucídides, historiador griego.

 

Es claro que por el poder militar nuclear, una confrontación de esa naturaleza solo podría conducir a la destrucción de la civilización. Por eso es preferible pensar que la “Trampa de Tucídides” no se aplique más en la historia humana, por lo menos si son humanos los que conducirán este proceso.

*MSIa Informa

Foto: Reuters