El día que los #pavos invadieron mi hogar

 

De entrada debo confesar que detesto comer cualquier tipo de aves. No puedo hacerlo porque es algo superior a mis fuerzas; sin embargo en casos de extrema necesidad, sí tuve que comer carne de gallina de rancho en la selva chiapaneca durante una hambruna en la aldea donde vivía entonces.
En los últimos 76 años de mi existencia habré comido pollo unas tres veces por causas de fuerza mayor, casos como cuando era invitado a un almuerzo y la señora de la casa pensó agradarme con un pollo a la no sé qué…
Y todo comenzó cuando era un niño de unos 5 o 6 años, mi madre compraba los animales vivos y luego los mataba retorciéndole sus cuellos y luego a la olla de inmediato. En cierta ocasión trajo una gallinita a casa y me dijo: “Hijo lindo, tú la cuidas y la alimentas todos los días.” Yo , dije sí mami.
Cuidé con esmero a tal gallinita a la que bauticé como Cuquita. Me encariñe mucho con ella. Mucho tiempo después, una tarde volvía de la escuela y me dirigí a buscar a Cuquita, y no estaba en el patio; pregunté por Cuquita a mi madre y ella guardó silencio. Más tarde descubrí a Cuquita en la cocina metida en una olla con agua hirviendo. ¡Qué horror de esa imagen!, a tal grado que no lo he podido superar hasta el día de hoy. Yo no comí nada esa vez de la carne de Cuquita.
Después de superar un terrible cáncer, los oncólogos que indicaron que no podía comer carne de pollo de producción industrial, de granja avícola, por estar éstos alimentados con hormonas del crecimiento. Contra indicado para pacientes que hubieran tenido cáncer. Esa prohibición era ridícula para mi, e innecesaria.
Muchos años después siendo funcionario del gobierno federal mexicano, ocupé cargos de mucha responsabilidad, y tenía bajo mi cargo a muchos subalternos. Por el nivel que ocupaba en el aparato gubernamental tenía muchos privilegios, viáticos altos al viajar , vales de gasolina y gastos de representación, entre otros rubros.
Por ocupar ese cargo tuve muchos “amigos, seguidores, y adoradores” de mi ego. Y en estas épocas decembrinas llegaban a mi hogar docenas de canastas navideñas muy bien surtidas, arcones navideños les dicen por allá, de parte de esa corte de “amigos “.
En el último año que fui funcionario de altos vuelos, una mañana de diciembre arribaron a mi hogar 14 pavos congelados con un peso individual de 10 kilogramos cada uno . Los remitentes eran otros funcionarios de mismo nivel jerárquico que yo.
Organicé con mi esposa de entonces el reparto inmediato de esa brutal cantidad de carne de pavo entre la familia de ella y mis amigos verdaderos.
El colofón de esta linda historia navideña llena de pavos gordos y desnudos, es que una vez que renuncié al puesto desaparecieron todas esas cortes de sujetos aduladores y lame suelas, de mi vida. Y nunca jamás volví a recibir regalos no solicitados ni exigidos por mi humilde persona. Siendo yo un naturalmente un humilde venadito que habita la serranía.
¡Felices fiestas de pascua a todos!
*La vaca filósofa.

 

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