mayo 14, 2021

Crónica de un estudiante #guatemalteco con figura de #faquir #hindú y su poder mental sobre el refrigerador

Crónica de un estudiante #guatemalteco con figura de #faquir #hindú y su poder mental sobre el refrigerador

 

Bolivar Hernandez*

Mi vida estudiantil fue, como la de la mayoría de los jóvenes universitarios, muy precaria y restringida en aspectos económicos. No es ninguna novedad ni estoy descubriendo el “hilo negro”, es simplemente una anécdota que hoy nos arranca una sonrisa al recordar aquellos tiempos.

Llegué de Guatemala a México con una mano atrás y otra delante, con una maleta, petaca, veliz, valija, y con unos cuantos trapos. Eran los años 60.

 

Como suele suceder lo primero es lo primero

Y es buscar una casa de estudiantes o huéspedes dónde vivir. Yo viví en los cinco años de estudiante en 23 casas estudiantiles. Un promedio de casi 5 casas cada año.

 

Tengo una amplia experiencia en el asunto de vivir en casas de huéspedes, con bastante promiscuidad, en habitaciones compartidas con 4 o 5 chicos, y con un baño común. Nunca una habitación individual, eso no existe en ningún país.

Las casas de estudiantes no cuentan con roperos o closets, luego entonces las pertenencias personales permanecen en las maletas debajo de la cama.

 

Como estudiantes en pleno crecimiento, jóvenes aún todos, el hambre es una constante,  y creciente, si uno hace ejercicio físico, como fue mi caso. Yo caminaba grandes distancias de mis casas de huéspedes a la universidad , a veces 10 kilómetros diarios, por no tener dinero para el transporte, tuve que invertir en buenos zapatos, feos pero duraderos.

 

Las comidas eran infames siempre

Poca y muy insípida, sin ningún chiste. Comida llenona; papas, frijoles, arroz, nunca o casi nunca carne, muchas tortillas o bolillos. Aguas frescas de frutas de temporada, limón, mango, papaya, y melón. Con poca azúcar.

 

Fui desde siempre un joven muy delgado y alto, con figura de faquir hindú. Tenía hambre y no engordaba por la cantidad de ejercicio que realizaba, y por el escaso alimento disponible. Caminar, caminar y caminar por toda la Ciudad de México, era mi rutina semanal.

En las casas de huéspedes, la sopa Juliana, sopa de verduras, consistía en una sopa aguada insípida y con un pedazo de zanahoria flotando a medio plato. La leche era rebajada con agua de la llave.

 

La limpieza era todo un tema difícil, nos lavaban la ropa personal, pero no las sábanas. Yo les enseñé a mis compañeros a poner la fecha del día que nos cambiaban la ropa de cama con una pluma de color negro, y pasaban los meses y el otro cambio de sábanas no ocurría. Lo podíamos corroborar fácilmente con ver la fecha inscrita en las sábanas.

 

Este negocio era, en esa época, un negocio de señoras viudas o divorciadas con hijos. Y eran expertas economistas y administradoras de empresas domésticas, donde el dinero lo hacía rendir al máximo, a costillas de las hambrunas de nosotros sus huéspedes.

 

Los refrigeradores

Estaban encadenados con varias vueltas alrededor de la gran nevera , y con un candado fuerte, enorme. Por las noches, las señoras encadenaban los refrigeradores para que los huéspedes no asaltaran la cocina en búsqueda de comida.

Las señoras traían la llave de los candados colgados al cuello en una especie de collar de hilo grueso.

 

Los jóvenes, en general, lograban abrir los candado forzándolos o con una ganzúa de rateros. Y comían ávidamente lo que encontraban en los refrigeradores…

Al amanecer gran escándalo por lo sucedido en las noches con los refrigeradores.

 

Nunca hice uso de la fuerza bruta o con el ingenio de una ganzúa de rateros para obtener comida. Aprendí a usar la persuasión con esas señoras sufrientes y siempre acongojadas, y las escuchaba atentamente por varias horas sus historias de desamor, y ellas luego me ofrecían una rica cena.

Y mis compañeros me preguntaban porqué yo comía mejor que todos ellos juntos. Y yo les decía:

La verdad es que yo tengo la llave del refrigerador y puedo abrirlo a voluntad.

-Y cómo la conseguiste?, Preguntaban muy curiosos.

Tengo la llave porque las historias que les cuento a las señoras son conmovedoras; no me hago la victima jamás, pero las hago llorar de la emoción. También les contaba historias muy divertidas que les provocaban mucha risa, hasta el dolor de panza.

 

Yo un pobre estudiante extranjero, flaco como un espagueti, daba pena ajena y deseos de ser ayudado con cariño.

Si me mudé de tantas casas de estudiantes no fue por falta de comida o por hambre. La verdadera razón es que a veces no tenia dinero para pagar el alojamiento y huía por las madrugadas, con la única maleta que tenía con unos cuantos trapos viejos.

*La vaca Filósofa

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