octubre 25, 2021

Con el arte y la generosidad de los niños, el mundo aún tiene esperanzas

Con el arte y la generosidad de los niños, el mundo aún tiene esperanzas

 

Bolivar Hernandez*
Tengo varias y lindas historias con niños filántropos, esos seres únicos que tratan bien a sus semejantes en forma desinteresada.
La relación que he mantenido a lo largo de mi vida con los niños, ha sido a través del arte, la pintura.
Hace muchos años cuando vivía en la bella ciudad colonial de Querétaro, ofrecía talleres de literatura para adultos, pero algunos niños deseaban tomar mi taller y yo accedí.
Admití a una decena de niños inquietos y creativos para contar historias e ilustrarlas con dibujos propios. Les propuse contar un cuento por escrito y también ilustrarlo con dibujos, el éxito del taller fue espectacular.
Diez años después del taller de Querétaro
Impartí un taller de dibujo y pintura para niños, y esta actividad fue patrocinada por la Delegación Cuauhtémoc, de la Ciudad de México. El taller era los fines de semana en un parque cercano al mercado de San Juan, en el centro histórico.
Mis alumnos curiosamente eran en su mayoría coreanos. Hay una gran migración de orientales a la capital del país para dedicarse a fabricar ropa. Los niños coreanos no hablan español pero disfrutan pintar y dibujar.
Siempre los niños están muy agradecidos conmigo por mis enseñanzas de arte pictórico, y por mi paciencia, que es una virtud muy escasa en mi.
Hace poco tiempo le di clases particulares de dibujo y pintura a una linda niña, Victoria, hija de mi buena amiga Aisa. Hicimos cosas lindas, cuadros hermosos. Mi enseñanza básica a Victoria consistió en enseñarle que debía pintar con absoluta libertad, sin copiar, y que creara sus propios personajes y temas a dibujar y pintar.
En estos casos donde la relación es directa y constante con los niños, se genera una corriente de simpatía mutua.
Lo que voy a narrar a continuación son hechos insólitos
Durante un viaje por Europa durante el cual visité los museos de arte más importantes de la cultura occidental, terminaba los extenuantes recorridos por esos recintos llenos de turistas de todo el mundo, y salía a los parques o jardines cercanos a dibujar en una carpeta y a lápiz solamente, algún motivo arquitectónico o de la naturaleza.
Estaba yo sentado en el suelo dibujando muy entretenido, cuando aparece una niña de unos 12 años con sus padres. Se coloca detrás de mi, y observa los trazos a lápiz, no dice nada.
Yo tenía la mochila a un lado, abierta, y la niña pone dentro de ella, un par de billetes, euros. Me sonríe y se retira con sus padres.
Me quedo perplejo con ese acto de generosidad de la niña, por ser algo inesperado e insólito.
El 9 de mayo del 2021, ocurre algo similar, al acto aquel de la niña parisina.
Voy todos los domingos a desayunar a un restaurante mexicano, llamado los Cebollines, y por lo regular como solo y me entretengo escribiendo historias y dibujando a lápiz también.
Hago abstracción de mi entorno y me concentro en mis tareas creativas. No percibo el exterior, ni los ruidos ni las personas que están ahí.
Llevo horas sentado creando cosas, imágenes y fabulas.
De pronto, un niño de unos 5 o 6 años, se me acerca a conversar conmigo
Esta muy curioso de saber qué hago con ese lápiz de dibujo. Sus padres observan la escena a dos metros de distancia, con una sonrisa en sus rostros.
Le dedico al niño, que dice llamarse Robert Edward, unos minutos de atención, y le explico con mucha paciencia lo que dibujo y le cuento una mini historia para explicarle desde cuándo pinto y escribo.
Me manifiesta el pequeño que me admira por ser artista, usa ese término. Y le prometí regalarle una pintura mía la próxima vez que nos encontremos en ese restaurante mexicano, ¡una acuarela!
A punto de retirarse el chico, luego de un breve diálogo simpático conmigo, ocurre lo siguiente…
El niño Robert Edward extrae de su bolsillo derecho de su pantalón un par de billetes, su domingo, y me los da en la mano. Veo a sus padres con una mirada de interrogación. ¿Qué es esto?, les inquiero con un gesto de sorpresa.
Ellos me expresan con gestos elocuentes que reciba yo ese dinero del niño. La cantidad del obsequio es lo de menos, es insignificante, pero el detalle del pequeño fue conmovedor.
Obviamente no quería admitir ese regalo monetario del chiquillo, yo estaba incrédulo ante ese acto peculiar. Pero sus padres insistieron en que lo aceptara, porque era el deseo del hijo.
Soy un hombre muy afortunado en la vida, sin duda alguna.
*La Vaca Filósofa
Fotos:  yohoprashant/ webandi 

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