octubre 28, 2021

Cómo el flanco científico-tecnológico está derrotando a la OTAN

Cómo el flanco científico-tecnológico está derrotando a la OTAN

MSIa Informa

Que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) es una súper burocracia armada buscando pretextos para seguir existiendo es algo que salta a la vista. Por ello, incluso después de la desaparición de la Unión Soviética y de su brazo militar, el Pacto de Varsovia, en 1991-92, la alianza atlántica se ha empeñado en cercar, provocar y demonizar a la Federación Rusa como su avatar existencial, el “enemigo” que acecha a las democracias occidentales y amenaza a sus grandilocuentes valores civilizatorios.

 

La realidad, sin embargo, es muy diferente que la que proclaman los atlanticistas de Bruselas y sus señores de Washington. Desde hace dos décadas, bajo el firme liderato de Vladímir Putin y su grupo de nacionalistas, la Rusia de hoy no tiene ningún plan hegemónico o ideológico; muy al contrario de las potencias occidentales enredadas en la guía supremacista de las élites excepcionalistas estadounidenses, incapaces de admitir la realidad de las transformaciones históricas que están redundando en la aparición de un escenario de poder mundial multipolar, cooperativo y no hegemónico.

 

Las facciones predominantes de las élites rusas (sí, allá también hay una facción euroatlántica, aunque minoritaria) están concentradas en fomentar las capacidades productivas de su país para transformarlo en una economía moderna y en una sociedad plenamente sintonizada con las nuevas realidades del siglo XXI. Después de siete décadas de convivencia forzada con el comunismo, las ideologías no han sido predominantes en ese esfuerzo. No obstante, anclada en una larga historia de invasiones extranjeras, Rusia no descuida su capacidad disuasoria en la esfera militar y se ha esmerado, particularmente, en ejercer un inusitado “poder suave” en parte del campo “enemigo”, con el empleo de exportaciones de recursos energéticos y, ahora, vacunas para combatir la pandemia del covid-19.

 

En dos campos Rusia ha sorprendido a los “atlanticistas” con la capacidad de aplicar su vasta capacitación científica-tecnológica en nuevos productos: sus armas hipersónicas y las vacunas para el covid-19.

 

Las primeras fueron presentadas al mundo (y, en especial, a los estrategas occidentales) en el ya histórico discurso de Putin ante el Parlamento Ruso el primero de marzo de 2018. La esencia de su mensaje fue: Señores, el mundo está cambiando rápidamente y ya no hay espacio para hegemonías ni pretensiones de un “excepcionalismo”. Así que dejen de vivir en el pasado y de sacudir al planeta Tierra, el barco en el que todos vivimos, y miremos al futuro en un nuevo orden mundial cooperativo y benéfico para todos los países.

 

El arsenal revelado por Putin incluía varios sistemas de armas ya en operación o en las últimas fases de prueba:

  1. El misil de crucero Burevestnik, propulsado por un motor nuclear y capaz de portar una ojiva convencional o nuclear a prácticamente cualquier lugar del planeta.
  2. El misil hipersónico contra navíos Kinzhal (daga, en ruso), capaz de alcanzar una velocidad de Match 10 (diez veces la velocidad del sonido” y con un alcance de hasta 2 000 kilómetros; el misil se dispara desde cazas MiG-31 modificados y ya está en servicio en el Distrito Militar Sur de la Federación Rusa, cuya jurisdicción incluye el mar Caspio y el mar Negro.
  3. El misil planeador hipersónico Avangard (vanguardia, en ruso), capaz de alcanzar hasta la velocidad de Match 20, lo que le permitiría alcanza la ciudad de Washington en tan sólo quince minutos, si se lanzase desde territorio ruso. Debido a las velocidades a las que opera, la temperatura de su superficie metálica puede alcanzar hasta los 2 000 grados centígrados, lo que ya de por sí muestra progresos técnicos inusitados en materia de compuestos capaces de resistir esa temperatura.
  4. El dron submarino de propulsión nuclear Status-6, capaz de alcanzar velocidades de hasta 56 nudos (85 kilómetros por hora), muy superior a las de cualquier nave o torpedo disponibles en Occidente, y de sumergirse hasta 1 000 metros de profundidad, capacidad que lo hace prácticamente invulnerable a cualquier mecanismo de defensa de la OTAN. Se puede equipar con una ojiva nuclear y tiene un alcance operacional de 10 000 kilómetros.

 

Putin también mencionó la existencia de armas de rayos láser, aunque no dio detalles sobre ellas.

 

Cada una de esas armas constituye una hazaña técnica en sí misma. Todos los proyectiles son maniobrables en tres ejes espaciales, lo que dificulta tremendamente la anticipación de sus trayectorias y de su posterior interceptación por proyectiles contra misiles. El misil de crucero, por su enorme autonomía y capacidad de vuelo bajo, puede evitar fácilmente cualquier sistema de defensa contra misiles y antiaéreo.

 

Por si fuera poco, todas las técnicas involucradas demuestran grandes avances en campos como nuevos materiales, microelectrónica, comunicaciones e inteligencia artificial, con enormes posibilidades de aplicación en la industria civil, lo que permite evitar el talón de Aquiles de la antigua tecnología militar soviética, que fue incapaz de ofrecer esos subproductos.

 

La propulsión nuclear de aeronaves era una tecnología que la misma Unión Soviética y Estados Unidos habían dejado de investigar en los años sesentas. A pesar de la inexistencia de mayores detalles, el grado de miniaturización necesaria para utilizarla en misiles de crucero sugiere una capacidad técnica por lo menos de una generación delante de la competencia, con excepción, tal vez, de los mini reactores de fusión nuclear de la división Skunk Works de Loockheed Martin, anunciados para entrar a servicio a mediados de esta década.

 

Las nuevas súper armas provocaron una comprensible ola de histeria en Occidente, pues pusieron de manifiesto la superioridad técnica rusa sobre cualquier sistema de armas de la OTAN -esto, a pesar de que Rusia cuenta tan sólo con el quinto presupuesto militar más alto del mundo, siendo, en orden de magnitud, inferior al de Estados Unidos, el de Gran Bretaña, y apenas un poco mayor que el de Francia o de Alemania.

 

En aquel momento, el analista militar Arkady Savitsky resaltó la relevancia mayor del anuncio de Putin: “(…) El presidente ruso nos recordó que el objetivo más importante es hacer mejor la vida de las personas, con avances tecnológicos en todos los campos. Para hacerlo es necesario un periodo de calma, durante el cual hay que mantener a distancia las amenazas externas. Es por eso para lo que se crean las armas. No es una carrera armamentista, sino la creación de un ambiente adecuado para hacer florecer una economía de alta tecnología” (Strategic Culture Foundation, 05/03/2018).

 

A lo largo de la historia militar, las potencias militares menores han sido capaces de imponerse a las potencias mucho más grandes, operando por los flancos y con innovaciones, sea en acciones tácticas en el mismo campo de batalla o con innovaciones técnicas decisivas. Para Estados Unidos, el núcleo de la OTAN, en todo periodo de la post guerra, su colosal estructura militar se convirtió en un instrumento de proyección de poder imperial y un fin en sí mismo, cuyos gastos astronómicos (superiores a los de todos los demás países en conjunto) sirven más a los apetitos del” complejo de seguridad nacional” (incluidos ahí los megabancos que lo financian) que a las necesidades reales de defensa del país y de sus aliados. Por el contrario, la Rusia post soviética mostró ser capaz de usar el “flanco científico-tecnológico con gran eficiencia no sólo en la defensa militar, sino también en la guerra sanitaria contra la pandemia del covid-19.

 

La esquizofrenia de la Unión Europea en la “guerra de las vacunas”

La capacidad rusa se mostró más recientemente en el éxito de su vacuna Sputnik V, la primera registrada contra el covid-19 y ya aprobada por más de 50 países, en función de su combinación de eficacia, bajo costo, facilidad de transporte y de almacenamiento y de la disposición rusa de efectuar acuerdos de transferencia de tecnología para su producción local. Ante la emergencia, países de la Unión Europea (UE), que han secundado a Estados Unidos en una secuencia de sanciones a Rusia, ya adquirieron la vacuna o anunciaron su intención de hacerlo, antes inclusive de su aprobación por la Agencia Europea de Medicamentos (EMA), que la está analizando a paso de tortuga.

 

Eslovaquia y Hungría ya comenzaron a usar la Sputnik V, con esta última con una proporción de población vacunada mayor que Alemania. Además de ella, Austria, Dinamarca, República Checa, Eslovaquia y Polonia (uno de los países más refractarios a Rusia) tampoco esperaron el aval de la EMA para hacer acuerdos de compra con Moscú.

 

La misma Alemania, el país más poderoso de la UE, admitió la urgencia de la situación y pidió a la Comisión Europea que iniciara negociaciones con Rusia para la compra de la vacuna. El canciller austriaco, Sebastian Kurz, pidió que se trate con urgencia la aprobación de la vacuna (RT, 25/03/2021).

 

Aun así, la rancia rusofobia es persistente. A pesar de las patentes deficiencias del bloque con los programas de vacunación, el comisario de Mercados Internos, Thierry Breton, encargado del equipo del programa, afirmó sin rebozo que la UE “no tienen ninguna necesidad de la Sputnik V”. Según él, “hoy tenemos claramente la capacidad de entregar de 300 a 350 millones de dosis de ahora a finales de junio y, por lo tanto, para el 14 de julio… tenemos la posibilidad de alcanzar la inmunidad continental (RT, 22/03/2021).

 

En respuesta, el presidente Vladímir Putin, observó tan sólo: “Cuando escuchamos tales declaraciones de funcionarios, surge la pregunta ¿Qué intereses son protegidos y representados por ese tipo de personas? ¿Los intereses de algunas compañías farmacéuticas o de los ciudadanos de países europeos? ¿Qué están haciendo? ¿Lobby?”

 

No por coincidencia Bruselas es la sede tanto de la UE como de la OTAN, organizaciones atrapadas en crisis existenciales motivadas por razones análogas. Ambas dejaron de servir hace tiempo a los intereses mayores de las sociedades que profesan representar, para convertirse en estructuras burocráticas osificadas, centradas en sí mismas e incapaces de entender los vientos de cambio cooperativos y no hegemónicos que soplan por el mundo, con los cuales Rusia va viento en popa. La UE todavía puede reciclarse; la OTAN es un residuo de un tiempo pasado en espera de ser descartado de una buena vez.

Foto: WikiImages

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