Caso Khashoggi: fractura en el orden geopolítico del Medio Oriente

 

MSIA INFORMA

El brutal asesinato del periodista saudita Jamal Khashoggi, dentro del consulado de su país en Estambul, Turquía, tiene puede convertirse la proverbial pulga que le quebró las espaldas al camello, en lo tocante al papel que Arabia Saudita ha representado en Medio Oriente para la geopolítica del eje Washington-Nueva York-Londres.

 

Al contrario de la ignorada masacre que los sauditas han perpetrado sistemáticamente desde hace tres años en Yemen, donde ya asesinaron a más de 10 mil personas en ataques aéreos indiscriminados y llevan a cabo un bloqueo que amenaza a millones de personas por falta de alimentos y de medicamentos, las repercusiones internacionales del asesinato de Khashoggi, marcado por tintes de crueldad y de sadismo, indican que ya se cruzó el límite de tolerancia al reino absolutista.

 

A pesar de la versión de que habría ido al consulado en busca de documentos para su divorcio, todavía son desconocidas las circunstancias exactas que llevaron a Khashoggi, a dirigirse dos veces en tres días a la legación saudí en Estambul. Se sabe que él era un crítico por demás bastante moderado de las arbitrariedades del príncipe heredero regente de hecho del país, Mohammad bin Salman (más conocido por las siglas MBS).

 

El hecho innegable es que fue asesinado allí por un comando de 15 sicarios enviados especialmente de Riad -entre ellos un médico forense- y, según las informaciones difundidas por el eficiente servicio secreto turco, su cuerpo fue desmembrado antes de ser retirado del lugar, para llevar a un destino hasta ahora desconocido (el 24 de octubre la red británica Sky News afirmó que partes del cuerpo habían sido descubiertas en el jardín de la residencia del cónsul saudita, pero la noticia no fue confirmada por otras fuentes).

 

A diferencia de los anónimos yemenitas víctimas de la barbarie saudita, Khashoggi  era una figura muy conocida que vivía autoexiliado en Washington desde 2017, escribía regularmente para el Washington Post y tenía relaciones con círculos de poder de la capital estadounidense. Su homicidio tuvo fuertes repercusiones, en especial en el Congreso, donde ya se ventila la aplicación de sanciones al reino, semejantes a las aplicadas a países como Rusia e Irán, dejando en camisa de once varas al presidente Donald Trump, que tenía negocios en Riad antes de asumir la Casa Blanca y Arabia saudita es un aliado clave para su cruzada contra Irán.

 

En el ámbito internacional, países aliados como el Reino Unido, Francia, Canadá y Alemania están exigiendo el pleno esclarecimiento de los hechos -que- si fueran investigados debidamente, llevarán inevitablemente a MBS, sin cuya orientación o aprobación nada relevante se hace en Riad. A su vez, el presidente Recep Erdogan está tratando de sacar el mayor provecho posible del episodio, en beneficio de su doble plan de disputar con los sauditas el liderato del mundo árabe sunita y la búsqueda de inversiones externas para la golpeada economía turca.

 

Aunque sin presentarlas, Erdogan afirmó públicamente tener las pruebas de que la muerte de Khashoggi fue un acto planeado, y no accidental, como sostuvo el gobierno saudita, luego de dos semanas de afirmar que ignoraba su paradero. Erdogan, claramente, está manejando la situación para chantajear a MBS y obtener la ganancia más grande posible.

 

Arabia Saudita debilitada

Sin considerar los acontecimientos inmediatos, todo parece ser un golpe significativo a la posición saudita como pilar de la estrategia hegemónica estadounidense en Medio Oriente (la cual comparte con Israel). Posición que se debe a los siguientes hechos:

 

  • Arabia Saudita es la fiadora de las estructura de los “petrodólares”, la exclusividad del dólar para el pago de las ventas de petróleo, vigente desde la década de 1970, la cual permite a Estados Unidos emitir dólares en volúmenes ilimitados y preservar su poder de moneda de referencia internacional.
  • La casa Saud, adepta al wahabismo, una rama fundamentalista del Islam, ha sido la principal financiadora del llamado islamismo político, la movilización en masa de militantes yijadistas sunitas dispuestos a combatir “infieles” (comunistas, ateos, cristianos, árabes no sunitas y otros) y gobiernos laicos de países musulmanes puestos en la mira del plan hegemónico de sustituirlos por regímenes fundamentalistas. El esquema, con el financiamiento y logística saudita, y el entrenamiento y equipamiento de los servicios de espionaje de Estados Unidos y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), fue inaugurado con la movilización de los muyahidines para combatir la invasión soviética de Afganistán, en 1979-1988 y se desarrolló con la creación de Al-Qaeda y de las redes yihadistas que han sido fundamentales para la desestabilización de países como Irak, Libia y Siria. El Estado islámico es otro resultado directo de este arreglo. Una de las consecuencias más dolorosas de esa alianza literalmente infernal es la gran reducción de las comunidades cristiana en países como Irak y Siria.
  • Arabia Saudita integra una alianza tripartita con Estados Unidos e Israel contra Irán, que se puso en la mira de los tres países desde la revolución de 1979, que convirtió al país en una república islámica chiita. Teherán ha sido en los últimos años una incómoda piedra en el zapato de los planes estadounidenses-israelíes para dividir el Gran Medio Oriente en franjas controladas, en especial en Irak y Siria (el supuesto apoyo iraní a los rebeldes huties de Yemen ha sido mucho más simbólico que material). Por ese motivo, Trump, que desde la campaña electoral convirtió a Irán en su bestia negra, está pisando arenas movedizas en sus declaraciones sobre el escándalo  Khashoggi.

 

¿Y Rusia?

Al mismo tiempo, mientras enflaquece a los sauditas y a sus aliados protectores, el episodio contribuye a reforzar todavía más la posición de Rusia como principal poder moderador de la región. Moscú, pragmáticamente, se abstuvo de tratar de sacar el mínimo provecho de Riad, al tiempo que actúa en estrecha coordinación con Turquía e Irán para poner fin al largo y sangriento conflicto de Siria -provocado y alimentado, precisamente, por la perversa coalición de intereses arriba mencionado.

 

Al despedazar el cuerpo del infeliz Khashoggi, el desvariado heredero saudita puede haber dejado caer la cimitarra sobre todo el arreglo de poder que ha sustentado el poderío y los abusos de su monarquía pre-feudal, desde el fin de la Segunda guerra mundial.