Antropoceno: “la era de los humanos” es más política que científica

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Geraldo Luís Lino (MSIA Informa)

El Congreso Geológico Internacional no suele ser un evento que atraiga gran atención de la prensa en general, fuera de las publicaciones especializadas. Esto, a pesar de ser uno de los más antiguos congresos científicos internacionales, remontándose hasta el año de 1876 cuando se celebró el primero en Buffalo, EUA y se viene repitiendo cada tres o cinco años, en diferentes países.

 

Sin embargo, su edición 35 celebrada en Cape Town, África del Sur entre el 27 de agosto al 4 de septiembre del presente año, fue una excepción a la regla, en gran medida, debido a las repercusiones de la propuesta del establecimiento de un nuevo incremento a la nomenclatura del tiempo geológico, el llamado Antropoceno, caracterizado por la influencia determinante de las acciones humanas en el planeta.

 

LA “ERA DE LOS HUMANOS”

El concepto, al que algunos se refieren como la “era de los humanos”, fue creado independientemente por el químico holandés Paul Crutzen, quien recibió el premio Nobel de la categoría en 1995, por sus investigaciones sobre el “hoyo” de la capa de ozono, y por el biólogo estadounidense Eugene F. Stoermer y fue adoptado informalmente por el movimiento ambientalista internacional, como símbolo de los impactos ambientales de la humanidad.

 

En 2009, Crutzen fue uno de los creadores del Grupo de Trabajo del Antropoceno (AWG, siglas en inglés), vinculado a la Comisión Internacional de Estratigrafía (ICS), órgano de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS), responsable por la nomenclatura oficial de la Escala Geológica del Tiempo.

 

Aunque cuente con una mayoría de geocientíficos entre sus 38 miembros, el grupo reúne algunos notorios propagandistas del alarmismo ambientalista, en especial de los alardeados impactos humanos en el clima global, caso del propio Crutzen, del climatólogo brasileño Carlos Nobre, de la historiadora estadounidense Naomi Oreskes y del periodista científico norteamericano Andrew Revkin. Por si sólo, la presencia de estos heraldos del catastrofismo climático en el grupo es indicativa de una motivación más política que científica para la propuesta.

 

La idea es “clausurar” el Holoceno, la época iniciada al final del último período glacial hace cerca de 12 700 años y establecer una fecha específica para el advenimiento del Antropoceno. La mayoría de los miembros del grupo optó por el año de 1950, grosso modo, cuando se inició la larga serie de ensayos nucleares por las grandes potencias, dejando residuos de uranio y plutonio en sedimentos, que algunos sugieren como “indicadores” de la acción humana en el medio geológico.

 

EL BOLETÍN DE PRENSA DIVULGADO POR LA AWG ANTES DEL CONGRESO ASÍ LO JUSTIFICA:

“Los impactos humanos han dejado trazos discernibles en el registro estratigráfico hace miles de años –de hecho, desde antes del Holoceno. Sin embargo, cambios sincrónicos en el Sistema Tierra, sustanciales y de alcance aproximadamente global, se intensificaron con mucha claridad en la ‘Gran Aceleración’ de mediados del siglo XX (…) Así, la mitad del siglo XX, representa el inicio óptimo de una potencial época del Antropoceno (…)

 

“Los cambios en el Sistema Tierra, que caracterizan una potencial época del Antropoceno, incluyen una destacada aceleración en las tasas de erosión y sedimentación, perturbaciones químicas de gran escala en los ciclos de carbono, nitrógeno, fósforo y otros elementos, el inicio de cambios significativos en el clima global y en el nivel del mar, y cambios bióticos, tales como niveles inusitados de especies en toda la Tierra. Muchos de estos cambios son de larga duración, en términos geológico, y algunos son efectivamente irreversibles (cursivas nuestras)”.

 

Desde su surgimiento, es un hecho, la humanidad ha alterado significativamente los ciclos biogeoquímicos, los paisajes, los ciclos de erosión/sedimentación, la distribución de especies animales y vegetales y hasta ha inducido terremotos de baja intensidad (como ya ocurre en el entorno de grandes represas y, más recientemente, en la exploración de los hidrocarburos de esquistos).

 

Pero es sorprendente que un grupo científico integrado mayoritariamente por geocientíficos haya endosado de forma tan cruda la pueril tesis de la influencia humana en los “cambios significativos en el clima global y en el nivel del mar” –por el simple motivo de que no existe ninguna evidencia física de que las oscilaciones de las temperaturas atmosféricas y oceánicas y de los niveles del mar, en los últimos siglos, sean anómalas en relación a los observados anteriormente, a lo largo del Holoceno o antes de él.

 

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LA NATURALEZA PRESCINDE DE LA NATURALEZA HUMANA

Si semejantes anomalías que los alarmistas acostumbran atribuir al uso intensivo de los combustibles fósiles –carbón mineral, petróleo y gas natural-, a partir de la Revolución Industrial del siglo XVIII, no hay ninguna posibilidad de detectar la propalada influencia humana en el clima a escala global. Al contrario, dentro del propio Holoceno, se han observado oscilaciones hasta de un orden de magnitud más rápidas que las verificadas en los últimos siglos.

 

Es decir, la naturaleza prescinde de la naturaleza humana para provocar estas oscilaciones, restando al Homo sapiens, seguir utilizando su creatividad y resilencia para adaptarse a ellas, mientras se empeña en entender mejor la dinámica climática global, para, en un futuro todavía indeterminado, disponer de condiciones para influenciarla con la debida seguridad.

 

De forma emblemática, la campaña pro-Antropoceno ha sido cuestionada por muchos estadígrafos, los geólogos a los cuales cabe determinar, establecer las condiciones de formación y nombrar las sucesiones rocosas de la corteza terrestre (por si las dudas, la ICS agrupa al mayor cuerpo científico dentro de la IUGS).

 

¿CIENCIA O POLÍTICA?

Las críticas son tanto de naturaleza científica, sobre la validez de los “indicadores” sugeridos para demostrar la presencia humana en los estratos geológicos, como políticas.

 

“Los miembros votantes de la Comisión Internacional de Estratigrafía ven estas cosas de forma crítica”, dijo el presidente de la comisión, Stan Finney, profesor de la Universidad Estatal de California en Long Beach. Sin embargo, el mismo observa que los integrantes de la ICS temen que la comisión pudiera ser el blanco de críticas si no se aprueba el nuevo nombre. “Yo me siento como si estuviera en un faro, aproximándose un tsunami”, afirmó (Sciencemag, 24 de agosto de 2016).

 

“Estamos nerviosos con esto”, confirma su colega Phil Gibbard, profesor de la Universidad de Cambridge y uno de los tres miembros de la AWG que votó contra la propuesta del cambio.

 

En un contundente artículo publicado en la edición de julio de 2012 de la revista GSA Today, de la Sociedad Geológica de América, los geólogos Whitney J. Autin y John M. Holbrook, respectivamente del SUNY College de Brockport y de la Universidad Cristiana de Texas, cuestionaron si la discusión sobre el Antropoceno es una cuestión científica o de “cultura popular”. Para ellos:

 

“Aunque reconocemos en el término Antropoceno una fascinación distinta y admitamos que el concepto sea meritorio, la cultura popular no tiene interés en las implicaciones estratigráficas de este debate. Si hubiera un deseo subyacente de hacer comentarios sociales sobre las implicaciones de los cambios ambientales inducidos por el hombre, el Antropoceno, claramente, sería efectivo.

 

Sin embargo, ser provocativo puede tener una importancia mayor en la cultura popular que en la investigación científica seria. Tal vez, uno de los cuestionamientos más relevantes que nosotros, en la comunidad científica tenemos con términos como Antropoceno, es una tendencia para colocar en el mercado expresiones que producen rótulos cuestionables.

 

CATASTROFISMO AMBIENTAL/CLIMÁTICO

El Antropoceno ya apareció en titulares de periódicos, conferencias y propuestas para el financiamiento de investigaciones. Los científicos modernos enfrentan las presiones para desarrollar y sustentar una credibilidad que fomente la producción científica. Podría haber un juego final astuto en mente”.

 

Después de analizar los criterios sugeridos para demarcar los perfiles geológicos que caracterizarían el Antropoceno como una nueva división de la Escala Geológica del Tiempo, los autores concluyen.

 

“(…) En esencia, este describe las perturbaciones generadas por las actividades humanas. Sin embargo, elevar términos que pueden convertirse icónicos en la cultura popular no constituye, por sí sola, evidencia suficiente para que se corrija la práctica estratigráfica formal.

 

“La ciencia y la sociedad tienen mucho que ganar con un claro entendimiento de como los humanos afectan los procesos del Sistema Tierra en lugar de conducir un debate esotérico sobre la nomenclatura estratigráfica. Dejemos que el Antropoceno mantenga su debido lugar como un punto focal en las guerras culturales sobre el reconocimiento y la interpretación de los procesos ambientales”

 

En otras palabras, sugieren que el término sea mantenido al margen de la Ciencia –que ya tiene problemas en exceso con el catastrofismo ambiental/climático.

 

En una próxima edición de esta publicación, discutiremos una síntesis de una más rigurosa formulación científica sobre las interacciones entre las acciones humanas y el mundo físico y los seres vivos en general, esbozada por el geólogo ruso Vladimir I. Vernadski, uno de los mejores científicos de los últimos siglos, cuyo conceptuación de la noosfera constituye una herramienta intelectual incomparablemente superior al Antropoceno, como “idea-fuerza” necesaria para orientar las acciones de la humanidad.