septiembre 23, 2021

14 de febrero: La historia de un dramático pacto suicida entre dos enamorados y una abuela desalmada

14 de febrero: La historia de un dramático pacto suicida entre dos enamorados y una abuela desalmada

 

Esta historia verídica ocurrió un día de San Valentín del lejano año del 2001, en la Ciudad de México.

 

En esa época vivía en el barrio bohemio de la Condesa, en un edificio muy alto habitado solamente por judíos, excepto nosotros. Esa colonia alberga a la comunidad judía y ellos dominan el panorama sociocultural. Mi departamento, ubicado en el quinto piso del edificio de Mexicali 20, esquina con Ometusco, fue sacudido por múltiples temblores y terremotos a lo largo de muchos años vividos ahí.

 

Si bien tenía una bicicleta para desplazarme por toda la Ciudad, a veces optaba por caminar hacia mis lugares favoritos, todos ellos situados a menos de cinco cuadras de mi casa.

 

Tenía en ese entonces una fuerte adicción al café expreso

Fuerte, y recargado, sin azúcar. Y apareció en mi barrio una nueva cafetería, La Selva, en la Calle Vicente Suárez, casi esquina con Tamaulipas, frente al mercado, y muy cerca de la zona restaurantera.

Empecé a ir a beber café todos los días por la mañana, y un grupo de intelectuales y artistas hacían lo mismo, y nos hicimos todos buenos amigos.

 

La Selva era un proyecto de una cooperativa indígena de Chiapas, que empezaron a introducir el café orgánico, esos cafetales eran cultivados sin el uso de productos químicos. Y el éxito fue total al inicio del año 2000. Aparecieron muchas sucursales por toda la Ciudad.

 

Veinte años después, el proyecto de los cafeticultores indígenas chiapanecos fracasó rotundamente en unos pocos años a  manos de los administradores belgas. Hoy todavía subsisten un par de cafeterías de La Selva, una en la Condesa y otra en Coyoacán.

 

En La Selva de Vicente Suárez

Nos reuníamos una veintena de pintores, fotógrafos, poetas, periodistas y músicos. Y estréchanos lazos de amistad entre todos. La figura destacada era el pintor hiperrealista Arturo Rivera. En torno a nosotros, a este núcleo, se acercaron otras personas ajenas al mundo del arte, como eran unas fisicoculturistas y algunas pocas amas de casa ociosas.

 

En ese grupo variopinto, estaba también una jovencita, madre soltera, que vivía en la vecindad del café La Selva, con su abuela malvada. Esa chica tenía una niña de cuatro años, y padecía el rechazo de su abuela materna. Sus quejas eran constantes del maltrato intrafamiliar. Su madre se desatendió de esa chica, su hija,  al casarse nuevamente.

Presenciamos y escuchamos cotidianamente el calvario de esa chica sufrida. Jovencita bonita, muy bajita de estatura, y que pese a todo mostraba una dulce sonrisa.

 

Era frecuente el apoyo mutuo entre las mamás de ese grupo de La Selva, sobre todo en el cuidado y resguardo de las criaturas.

 

En cierta ocasión

La chica de la historia llegó al café con un muchacho y lo presentó como su novio. Se veían muy enamorados. Y solo conversaban entre ellos sobre el festejo de San Valentín, que estaba muy próximo ya.

 

Ese 14 de febrero llegó la chica al café, era un día hábil, muy arreglada, bien vestida y maquillada y peinada de salón de belleza. Eufórica, y feliz. Todos supusimos que tendría una velada romántica con su nuevo pretendiente, un chico introvertido y un poco mayor que ella.

 

Al mediodía de ese 14 de febrero, la chica de la historia, le pidió a una amiga madre soltera como ella, que le hiciera el favor de recoger a su hijita en el kínder y que ella más tarde pasaría por su pequeña. -Si, por supuesto-, dijo la amiga.

 

Pasaron las horas y la chica de la historia no aparecía por ninguna parte y no respondía el teléfono. Nos movilízanos todos en su búsqueda, sin éxito alguno.

La chica apareció muerta, en un aparente pacto suicida con su pretendiente, ella al parecer ingirió una porción grande de veneno para ratas, un potente raticida.

 

La conmoción del grupo fue tremenda. No lo podíamos creer.

 

Después supimos que el pretendiente de la chica de la historia, no murió. Solo ella… ¡por un fallido pacto de amor!

Foto: Ulrike Mai en Pixabay

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